Un extraño sentimiento se apoderó de mí al ver la carne sobre la mesa. Alguien debió haberla sacado del congelador y olvidó meterla de nuevo. ¿Cuánto llevará ahí? ¿Horas? ¿Días? Ya algunas moscas habían depositado sus huevecillos sobre ella y las larvas comenzaban a emerger. Los pequeños gusanos amarillos se movían sin cesar, pululando sobre esa carne suave y roja.
Tal vez días, ya que ni siquiera quedaban indicios del charco de agua que debió producir al descongelarse. Sin embargo, esa carne seguía tan roja como cuando rebanaron a la vaca en cachos. La sangre coagulada parecía reciente. No olía mal.
Decidí arriesgarme. Tomé un cuchillo y corté un fragmento apenas más grande que una nuez. Lo piqué con el cuchillo y me lo llevé a la boca. Lo mastiqué con un poco de asco, pero de inmediato lo escupí. Me dieron arcadas y corrí a vomitar al fregadero. No pude, y mejor me lavé la boca con abundante agua. Sólo hasta que se fue el sabor amargo y rancio de mi boca pude separarme del chorro de agua. Vi la carne sobre la mesa y me di cuenta de que había sangrado un poco de donde corté el fragmento que mastiqué. Escupí por reflejo y me largué de la cocina.
Entré a los dos días a la cocina. La carne seguía ahí, solo que con más moscas y más gusanos sobre ella. Seguía con ese color rojo con el que la vi la primera vez, y aún no olía mal. Me atrajo fuertemente y corté otro cacho. Esta vez fue un poco más grande. Lo volvía masticar y de nuevo ese sabor asqueroso me invadió la boca. Otra vez arcadas, pero tampoco pude vomitar. Me largué de la cocina sin ver la carne.
Volví tres días después. Estaba decidido. Espanté las moscas y retiré unas larvas que se movían a una esquina de la carne aún roja. Corté sin pensar y me lo eché a la boca. Con las primeras masticadas, la carne soltó ese sabor amargo y rancio que me llenó la boca.
Soporté con estoicismo y tragué. El sabor no se iba de mi boca pero intenté imaginarme que esta vez no me había sabido tan feo. Corté otro cacho y lo mastiqué. Fue demasiado para mí. Lo escupí y corrí a vomitar al fregadero. No pude vomitar nada. El cacho que me tragué se quedó en mi estómago. Huí humillado de la cocina.
No pasó ni un día cuando regresé. Tomé la carne y el torbellino de moscas golpeó mi cara. Arrojé la carne al fregadero y lavé cientos de larvas que la devoraban lentamente. La carne quedó roja y limpia. No olía mal. Parecía recién traída del rastro. No me dejé engañar, abrí la boca al máximo y comencé a introducirla. Sólo tragaría, no pensaba masticarla.
Fue difícil llevarla más allá de mi garganta, pero lo logré. Al tragar, sentí como caía estrepitosamente en mi estómago. No pasaron ni treinta segundos cuando ya estaba inclinado sobre el fregadero vomitando una carne putrefacta y verde, llena de gusanos y maloliente.
Distrito Federal, 2001

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