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viernes, 18 de diciembre de 2020

lunes, 30 de enero de 2017

La Batalla

Algo que parece un anillo de temática medieval color plata, que simboliza una batalla en los cuentos para antes de morir














No, hoy no estoy derrotado.
A pesar de que me veas atravesado por esa espada, no estoy derrotado.
A tu lado, estuve en millares de batallas y nunca bajé la bandera.
Nunca me di por perdido. Sigo en pie.
Me podrás ver en este momento, terriblemente herido. Terriblemente desangrado, pero no esto derrotado.
Esas batallas me dejaron tantas cicatrices que ahora no veo el color de mi piel., No veo esta malla de acero que debía protegerme. Se ha caído a jirones. Se ha destrozado, al igual que mis emociones y que mis estúpidas esperanzas. No, su majestad, no estoy derrotado.
Alzo la cara el viento y el frío gélido me recuerda que estoy vivo, que estoy consciente que debo estar presente en esta batalla.
Me levanto una y otra vez, pero son demasiados. Son demasiados. No creo poder.
Y recuerdo cómo inicié esto. Recuerdo que esto no es batalla de una noche. No es permitirme abandonar. No existe esa palabra en su vocabulario, su majestad.
Recuerdo que el juramento no era hasta que viera perdida la batalla. No. El juramento era más allá. El juramento indicaba que era hasta la muerte. Hasta que el cuerpo no resistiera. Hasta que el último miembro de mi exigua humanidad no pudiera dar más de sí.
Y aquí estoy. Entregando esa parte de mí ser. Entregando lo que debo de entregar.
Esto no se acaba hasta que se acaba.
Y sigo, me levanto y ondeo la bandera.
Y escucho el estallido de los tambores y escucho el resonar de las trompetas.
Y la caballería llega.
A hace lo propio. Y me siento satisfecho.
Pero no.
No es momento de abdicar, no es momento de bajar las manos. No es momentos de decir “cumplí”. Claro que no. Por el contrario…
Es  momento de levantarse, de decir aquí estoy. No me crean muerto. No lo estoy aún.
Y con mi muñón amarrado a la bandera, me levanto y agito.
Y agito como si en ello se me fuera la vida. La agito como si de ello dependiera la batalla. La agito como si solo para eso hubiera n acido. Agito la bandera si como solo para ello estuviera hecho. Sí, su majestad, esa es mi labor, y cumplo con creces.
Y la sangre derramada me indica que esto es.
Que aunque no quiera, esto dio de sí.
Es entonces. Hasta entonces, de me derrumbo. Estrepitosamente, hasta el suelo.
Y bebo de mi sangre, que sale a raudales de mis pulmones. Y siento el sabor de la victoria. Lo paladeo
Y es entonces cuando decido morir, su majestad.
Es entonces cuando confirmo que no le he fallado, su majestad.
Lo he hecho por usted.
Por Usted y el reino.

Dios salve a la reina, su majestad.

29 de Enero de 2017
Nuevo Casas Grandes, Chihuahua

martes, 2 de agosto de 2016

Dos de dos

una hermosa chica casi desnuda con atavíos hindúes en un ambiente art nouveau donde dos de dos imágenes pueden ser incluidas en los cuentos antes de morir

Contigo de ciertos mares. Domingos de sol azul. Inaceptables escurrimientos de manchas en alto. Ya ni pensar en hacerlas brincar. Ni siquiera para bien.
Todo ya se ha muerto y ni los arcaicos y eternos gusanos harán que todo vuelva a ser normal.
No pienso deliberar en mi contra. No quiero saltar al vacío dejando atrás el cúmulo de visceras putrefactas que alguna vez fueron mis pensamientos.
Lo quiero todo, lo necesito. No debio dejamr basura tras de mí. La necesidad de crecer hasta reventar en mil pedazos. La visión estereoscópica en fotogramas fijos, mostrando una realidad con dos colores que hacen que brinquen a mis ojos, que llenen mis retinas, que despolaricen en cuadros múltiples mis más nefastos pensamientos.
Velocidades al cuadrado, deformando las figuras a extremos irreconocibles, alturas intangibles donde todo ya se vuelve blanco, conciencias dolorosas y retorcidas cual cuadro de Dalí.

16 de Julio de 2008
Cuernavaca, Morelos

martes, 5 de julio de 2016

Olvidar


afiche art nouveau indicando que se puede y debe olvidar en los cuentos para antes de morir


Divertimentos fiscales, absurdas tonterías. ¿Cuántas veces pasamos dormidos por la luz de la agonía? No tenemos conciencia, y el calendario es el único que nos queda.
Creo que he olvidado dónde quedó aquella canción que relataba la historia de la noche mientras veíamos correr nuestras vidas frente a nuestros ojos. Ni siquiera puedo recordar aquella cerveza fría como laguna, fría como 3 de la mañana, fría como manos aferradas a un volante bajo el hotel de mil estrellas.
He olvidado hasta los acúfenos rondando la habitación mientras sonaba música de literatura, leíamos canciones recién paridas por las bocinas y podíamos observar el planeta entero con los ojos cerrados.
Tampoco recuerdo libros de etanol, canciones a kilómetros por hora, pintura naranja odiándome por manchas blancas, jurando que nunca lo recordarías de nuevo y pidiendo a Baco que siempre hubiera una primera vez, que nunca llegara otra primera vez.
Seguro he olvidado que debí haberte recordado lo que debías olvidar. Seguro habrás olvidado igual que yo. Tanto tiempo y aún sigo olvidando lo que había olvidado olvidar.
Hasta he olvidado que ya había olvidado todo esto. Solo pido que te acuerdes de recordar todos estos recuerdos.

31 de Julio de 2007.
El Terrero, Colima.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El domingo de mis neuronas



chica asiática muy sexy con vestido tradicional de su país, mostrando un escote pronunciado en un domingo de mis neuronas


El domingo de mis neuronas encajetadas solía decirme que nada había como una lluvia a través de las ventanas de ese antiguo hotel. Pero de esas lluvias charcosas, gruesas y blancas, que todo lo empapaban con solo salir un segundo. Nada de vientos que ciscan árboles o enturbian las canaletas de los brazos levantados en torno al cuello. Tampoco truenos y rayos que deslumbran durante las noches de luna grande y láctea, de esa luna de pestañas enormes y senos de bilé. Nada como eso.
Pero también me decía que los juegos de clorofila y grillos cantores eran como estar varados en medio de la nada. Como ver la noche a través de una ventana empañada, entre claroscuros y cuentos de terror. ¿Sientes que te observan? Nada, que no hay como estar desnudos, haciendo el amor entre anécdotas de cereza y recuerdos de papel.
Cada vez desplazaba más y más a otros de mis días. Pronto dejé de saborear ese jueves que también tenía lo suyo. Con jueves en particular de aquel 1999, relleno de deliciosas tazas de café y
pequeños panecillos divertidos y azucarosos. Congelados por enfrente y amargos de este lado. Claro, siempre pensando en la niebla de las nueve de la noche.
Hasta aquel paisaje de dos mil arbustos que cubrían los terciopelos del desierto árabe. Pero con esas playas de petróleo y rubís acalambrados. Todo eso se conjuga para darte el sazón de casa.
Ni siquiera un lunes de adiós y betún. Cómo olvidar las noches húmedas de cigarrillos.
Nada, nada como eso.


20 de Junio 2012 - 11 de Junio 2013.
Villa de Mitla - Soledad Salinas; Oaxaca.
 

domingo, 10 de junio de 2012

borrador uno


Y comienzo a crearte entre aros de humo y las imágenes borrosas de mi añeja imaginación, dándote el nombre sacado de alguna fotografía vieja. O de alguna servilleta, o de algún boleto del metro. Comienzo a armarte poco a poco, y busco aquel cabello largo y lacio, negro como los ojos que te hacen juego.


lunes, 14 de septiembre de 2009

¿En serio?


¿En serio eres tu la de piel suave pero mirada áspera?
¿Eres la de la cabellera lacia y negra que en mí infundía esa sensación de hormigas en las manos por querer peinarlo?
¿Tienes tu la distancia exacta entre tus manos y mis hombros?
¿Eres la de las notas agudas sobre el pentagrama de mi espalda? ¿O son los sonidos graves los que nublan tus pensamientos a mis espaldas?
¿Eres mi plan B? ¿O apareciste cual piedra en mi camino haciéndome tropezar miles de años-luz?
¿Con cuántas estrellas te compro? ¿Con cuántas te prostituyes?
¿Qué de mi, semilla, quieres?
¿Cuál en tu sano juicio es tu palabra perfecta? ¿Cuál tu frase perversa? ¿Quién tu demonio favorito? ¿Cómo tu juego maldito?
¿Eres ella, la que juró nunca dejar de amarme?
¿Eres ella, la que arrojó mi corbata azul al excusado?
¿La que pisoteó mi luna amarilla por un puñado de sexo y lágrimas de cocodrilo?
¿Eres quien sonreía mi sonrisa, alentaba mis asombros, fumaba mis cigarros?
¿Me dijiste si el canto de la noche te hacía sentir en celuloide? ¿Me dijiste si café caliente era mi nombre en taza de cartón? ¿Me dijiste si tenía yo su mirada?
¿Me dijiste cuándo terminar de jugar? ¿Alguna vez me dijiste las reglas del juego? ¿Me dijiste la verdad y no la recuerdo, o fueron todas mentiras, dulces mentiras?
¿Fuiste fiel o le fuiste infiel conmigo?
¿Alguna vez viste mi estrella, mi nombre-estrella unido al tuyo?
¿Fueron mis nubes las que destruyeron tu camino? ¿FUe tu camino el que arrebató mi día nublado y tormentoso? ¿Estabas en esa lluvia de domingo, atrás de la ventana, en ese cuarto de 180?
¿Alguna vez te quedaste sin palabras? ¿Sin aliento? ¿Sin esperanzas?
¿Alguna vez fuiste mía? ¿Alguna vez de alguien? ¿Eras quien creías?
¿Saliste a caminar? ¿Fuiste por cigarros? ¿mirabas desde la negra profundidad de tus ojos a mi insípida realidad de tenis sucios y rotos?
¿Eras siquiera la mitad de lo que decías? ¿Eras mucho más de lo que imaginaba?
¿Eras la sonrisa atrás de la lágrima? ¿Eras la lágrima sencilla, la canción fácil, el sexo de compromiso, la cachetada rencorosa? ¿Eras el notehabloporteléfonohastaquetumehablesprimero? ¿Eras la vida de mi tiempo? ¿El fuego en mi cigarro? ¿El espasmo en mi cerveza?
¿Eras el zapato pequeño, el anillo del pulgar, el arete de perico?
¿Eras la mirada lejana, los labios asfixiantes, las manos viajeras? ¿Eras dios en tacones y labial? ¿Eras siquiera lunas de placer? ¿Eres aún?


Línea 2, STC Metro, México, D.F.
14 de Septiembre de 2009.

domingo, 29 de marzo de 2009

No verbo



Un cigarro entre los dedos y una taza de café entre los labios. Solo en una mesa de un café sobre la avenida de su amor a primera vista.
Los ojos sobre cada uno de los transeúntes. Una señorita, un perro, un hombre en traje, algunos vehículos, un niño. Solamente personas normales. Nada de chica guapa, de ojos negros.
En el reloj, ya las nueve y cuarto. Del cigarro, ahora sólo cenizas, y en la servilleta algunas líneas con tinta negra. La mesa contigua, vacía. La mesa de ella. Otro cigarro entre los dedos. La taza del café, sin café ya.
Las diez y media. De pie entonces y unas monedas sobre la mesa. Enojo y decepción en su mirada, tristeza en su corazón. Pasos rápidos sobre el concreto, y de repente, el silencio.
Silencio en los oídos, silencio en sus ojos, silencio en cada centímetro de su piel. La chica del café, la dama de los ojos bellos, en compañía de un hombre de traje. Juntos por la acera. Risas y caricias.
Media vuelta. Los pasos rápidos con volumen cada vez más bajo. Decepción líquida en sus ojos.


22 de Abril de 1998.
Colima, Col.

domingo, 22 de febrero de 2009

Día de perros



Que a pesar de ir caminando, observaba casi con interés infantil todas las cosas que se le cruzaban en el camino, y otros que no se le cruzaban tanto. Pero además, la cabeza le daba vueltas en todo sentido: escrutiñaba una forma más barata y práctica de sacarle el jugo a la piña, la vía más rápida de ir de Metro Chabacano a Periférico, el hecho de que casi todos los árboles que veía estaban torcidos y raquíticos, el exorbitante número de perros callejeros que había en la colonia San Rafael, a comparación de otras colonias… Aunque aún no sabía a ciencia cierta para qué quería el jugo de la piña, ir de Chabacano al Peri, y los consecutivos etcéteras. Solo la idea de darle vueltas a otras ideas lo mantenían bastante ocupado, sin que por ello dejara de fijarse en las calles, a ver si pasaba o si los coches que se le venían encima iban con la velocidad adecuada para que él pudiera pasar sin problemas. O en los semáforos que, curiosos, se veía un monito caminando en verde, y una cuenta regresiva que le avisaba que faltaban 16 segundos para que se pusiera el alto y dejaran de pasar los peatones… o lo hicieran más de prisa como el señor de gorra azul. Seguro que es de un equipo de futbol, pensó. Pero se equivocó, ya que la gorra era de la cementera Apasco, muy en contrario a su política de no usar el color azul, por la marca competencia que tenía ya mucho tiempo en el país. Eso y que los tenis casi se le estaban derritiendo en el asfalto hirviente de la una de la tarde. Si apenas ayer estaba tan nublado, que no había podido usar sus lentes oscuros, además de que casi todos los negocios estaban con las luces prendidas, como aquel videoclub que atendiendo a la neurosis del gerente, además de prender las luces y apagar el aire acondicionado, había encendido la calefacción. El clima era casi tropical adentro.

Y ahora el clima era casi tropical en todos lados. Pequeñas gotas de sudor comenzaban a formarse en su frente y en la punta de su nariz. Haciendo bizcos podía ver pequeños brillos en la punta de su nariz, pero tenía que dejar de hacerlos para fijarse dónde ponía los pies y no fuera a patear al pequinés de la señora gorda de vestido floreado, que por otra parte, la señora ni se hubiera dado cuenta, y el pequeño perro seguramente habría perecido bajo sus pasos grandes y rápidos. Pero se habría hecho más basura solo por pisar un perro, pensó. Imaginó todo el proceso de desecho y de reciclaje del perro, a sabiendas de que a lo mejor no todo el perro podría ser reciclado. Tal vez la señora lo quiera disecar y tenerlo en la mesita de centro de su sala, para que en esas tardes de cafecito con sus amigas señoras gordas pudieran recordarlo y acariciarlo cada vez que una de ellas se adelantara un poco para agarrar una galletita (de fibra dietética) o su tacita de café (con sacarina).

Por supuesto, siempre había esa posibilidad de que la banqueta contara con un poco de sombra de los raquíticos árboles que momentos antes dudaba de su morfología, o de algún edificio caritativo que tuvo a bien el crecer tanto, sabiendo de antemano que es una zona altamente sísmica y que de un momento a otro, cuando no suene la alarma sísmica y cuando menos uno se lo espere (aunque habría que preguntarse si alguna vez uno estaría al pendiente de algún sismo), caería estrepitosamente, aplastando con varias toneladas de concreto varios coches, transeúntes y algún que otro cantante de rock. Que por otro lado, se volverían leyendas a temprana edad, y siempre que las grandes disqueras que días antes se hubieran reído de ellos y sus propuestas artísticas, ahora estarían ávidos de hincarle el diente a sus grabaciones y a un contrato de cesión de derechos con la viuda, el huérfano, el etcétera que pudiera darles el sí y en consecuencia, una explotación ilimitada de las canciones del que murió bajo los escombros del gran edificio que ahora le está dando sombra.

Lástima. Todo acaba, hasta la sombra de ese viejo edificio, y el rojo del semáforo. Total, que esperar nunca ha matado a nadie, pero mejor era no arriesgarse y seguir caminando, aunque fuera en sentido contrario. Que el chiste era jamás detenerse, proseguir y si un alto le marcaba el ídem, pues girar un poco y seguir por la banqueta en línea paralela, hasta que se detuvieran los nissan y los chevrolet para poder cruzar a la otra acera. ¿Realmente quería cruzar a la otra acera? Nunca entendió por qué la gallina cruzó el camino. Y eso que Gonzo estuvo varios días diciéndoselo desde el tubo de rayos catódicos. Aunque a media caricatura le llamaran a comer, y el cinturón de su papá amenazara con volar presto a sus nalgas en caso de tardarse más de un segundo después del llamado de su madre a la mesa.

Rutinas de rutinas. Pero de todos modos no estaba tan mal. Era un poco predecible (así como el verde después del rojo, y el amarillo después del verde que palpita como corazón enamorado) la hora de la comida. Tortillas por allá, pásame la sal, no quiero verduras, etcétera tampoco, etcétera. Comidas en silencio y sonidos de cuchara golpeando el fondo del plato hondo. Un sonido hasta cierto punto molesto, pero que en casa podría tratarse de un cumplido, por ese afán y la forma tan emotiva e intensa que tenían de producirlo. Pero eso sí, no podían hacer el de sorber la sopita de la cuchara, porque el sacrosanto padre poníase como energúmeno preguntando (aunque por el volumen de voz y la amenazadora mano cerca de la hebilla afirmaba) si es que no tenían buenos modales, que qué se les había enseñado en esa casa si no a ser personas de provecho y la observancia de los buenos modales. Recuerda aún el diente de leche que salió volando hacia las cacerolas cuando un bofetón de su padre le dio a entender que él estaba exento de la ambigua regla de sorber la sopa cuando intentó hacerle ver su falta. Más tarde comprendió que no debía tratar de corregir a su padre, solo que esa vez no hubo pérdida dental, tal vez por la situación de que ya no eran dientes de leche.

Aún así, momentos malos y momentos buenos no se comparaban con el actual. Su caminada consecutiva, pronto lo harían volver al punto de partida, porque ya era dos los semáforos que no le dejaban pasar. Esa camioneta también había hecho lo suyo y mejor ni hablar de los micros, que cada vez estaba más locos y hasta uno creería que pronto serían conducidos por gorilas pequeños que no soltaran mucho pelo y supieran decir buenas tardes. Idea que no estaba del todo descabellada. Habría más empleos para gorilas pequeños. Y los gorilas grandes bien podían descansar e irse a ver todos los partidos en el Azteca. Podría poner su tinglado de plátanos en Huipulco… Seguro se haría rico en poco tiempo, pero eso de lidiar con gente que no entiende razones, no terminaba de agradarle mucho. Pero era eso, o ganarse el Melate un día de estos. Tendría que comparar los últimos cien premios, aunque así ya de entrada, había visto que se daban más los números pares que los impares (¿Será porque la gente tiende a creer que los números cabalísticos o de la suerte son los impares?), y que siempre un número tenía un consecutivo inmediato. Eso era muy extraño en una serie aleatoria de siete números de cuarenta posibles. El cuatro (por G.G.M.), el siete y el ocho le parecían buena idea de números consecutivos, el 16, el 23, el 31, y el adicional 38.
No, no terminaban de convencerlo esos números. Cambiaría el 23 por otro… aunque aún no sabía muy bien por cual. A lo mejor el tira que estaba pitando como desesperado y que realmente los automovilistas no le hacían el menor caso tendría la respuesta. Pasó junto a él, pero el numero de su placa se veía muy borroso y solo alcanzó a ver (creyó que vio) un ocho. Pero ese número ya estaba. Así que mejor lo puso a la mitad, pero el cuatro también ya estaba. Decidió partirlo en otros factores: estaban el cinco y el tres, el seis y el dos, y el siete y el uno. El uno le pareció poco probable, además de que el siete ya estaba. El cinco y el tres daban 53, y el Melate solo manejaba cuarenta números, así que los invirtió. Sertyatneucnic, pensó, pero supuso que ese número no existiría. Lo cambió al 35, pero ese número tenía otros dos de la misma decena: el 31 y el 38. Tomó el seis y el dos, pero eso daba 62. Los cambió de lugar, y el 26 le pareció mejor número. Par. ¡Perfecto! Ahora solo tenía que comprar una boleta, marcar los números y esperar un par de días para ganarse el premio gordo.

Obvió la parte difícil: pagar por la boleta. Quince pesos no era mucho, pero seguro que no traería esa cantidad en el bolsillo. Y para quitarse de dudas metió la mano al bolsillo y buscó su dinero. No le extrañaba ya que no trajera dinero. Lo que sí le extrañó fue la causa de esa tan desafortunada circunstancia. Sus dedos hurgaron un poco más y pudo sentir el calor que desprendía la piel de su pierna. De hecho, pudo sentir su pierna. Un agujero en el bolsillo no sería tan desagradable en otro momento, pero resultaba que precisamente en único dinero que tenía eran las cuatro o cinco monedas que en algún momento se habían escurrido por el agujero, como agüita en la coladera del baño, que se lleva hasta la espuma sucia que recorre y cae del cuerpo cuando se baña. ¿Por qué no sentí cuando se me cayeron?, se preguntó inútilmente. Volvió sobre sus pasos a ver si de casualidad habría alguna moneda aún por ahí, huérfana sobre el asfalto, para protegerla y cuidarla durante su trayecto a casa, que seguramente sería a pie, porque había mucha gente, y alguien ávido de una pequeña fortuna que podría representar una moneda de cinco pesos, ya se le habría adelantado.

¿Qué se podría comprar con cinco pesos? Esa moneda niquelada en esos momentos le podría comprar tranquilidad, satisfacción, alegría y como hora y media de tiempo, que sería lo que tardaría de más, el hacer caminando el recorrido a su casa, en vez de tomar el micro. Tendría que empezar de una vez, para alcanzar a llegar a comer, que luego se levantaba la mesa y si no llegaba a tiempo, era posible que no le alcanzara para un plato. Las hienas de sus hermanos estaban al acecho a toda hora. Habría que ponerles un bozal para que no se atascaran con su comida. En resumen, esos cinco pesos podrían comprarle más de lo que decía el valor nominal al lado de la cara de… Pero no, las monedas de cinco pesos no tenían la cara de nadie. Solo un $ y un cinco. Aburridas las monedas, pues.
Esos cinco pesos podrían comprarle tres cigarros, que ahora por la frustración de haber perdido el dinero, se le antojaba fumar con rabia. Sin embargo, de tener esos cinco pesos para cigarros, seguro los habría aprovechado para irse en micro, ya no se hubiera sentido tan frustrado y no habría necesidad de comprar cigarros que serían fumados rabiosamente. Paradojas nicotínicas. Seguro que de haber sabido, se hubiera comprado esos cigarros antes de perder el dinero. Seguro que de haber sabido, se habría puesto el cambio en la otra bolsa del pantalón. Sus ideas elementales y de sentido común le estaban creando un complejo de estúpido cada vez más grande. Así que decidió no pensar… Pero no era tan sencillo: ¿no pensando se quitaba el complejo de estupidez? ¿No era eso una paradoja? Deseó cinco pesos… O tres cigarros, lo que sucediera primero.

Le daba mucha vergüenza, pero era lo único que podía hacer si quería obtener un poco de dinero. Bueno, también estaba la otra opción de pedir dinero, pero seguro que no le darían nada, porque no estaba tan mal vestido y sus ropas se veían limpias. Esos prejuicios de la gente que cree que la gente pobre a fuerzas tiene que mostrar mugre en sus ropas. ¡Que país!, dijo recordando a un autor leído hace años en la biblioteca pública que estaba a seis cuadras de su casa, y que eran las protectoras de las innumerables pintas que hacía en la secundaria. ¿Qué adolescente en su sano juicio se metía en una biblioteca cuando se iba de pinta? El mismo que ahora estaba vendiendo un par de boletos del metro a los usuarios que llegaban corriendo a las taquillas. Todos lo miraban con desconfianza y preferían ir a hacer cola a las taquillas, que comprarle boletos (tal vez piratas) a un muchacho con esos pelos. Ni modo, tuvo que recurrir a la vieja artimaña: talonear a las chavitas. No era muy guapo, pero seguro que una chica lo miraría a la cara por lo menos una vez, que un cabrón que seguro le diría ahorita no, al tratar de venderle los boletos. Solo tenía dos boletos: el de ida y el de regreso. Cuatro pesos… o menos si tenía que malbaratarlos.
Hizo la lucha solo unos minutos, y una señorita, más de a fuerzas que de ganas y conmovida por la cara de perrito que hizo, accedió a comprarlos. Tenía la vaga sensación de que eran falsos, pero él se quedó con ella hasta que cruzó el torniquete sin problemas. Sonrió y ella le devolvió la sonrisa.

Ahora tenía cuatro pesos. Ahora podría irse caminando, y fumar un par de cigarros en el camino.

24 de Septiembre de 2005.
México, D.F.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Ya hoy es otro día



Ya hoy es otro día. Un día en el que ya no estás. Un día en el que la rutina se ha vuelto una parte importante del sentir cotidiano, algo así como una redundancia. Un redundir muy extraño. Del que pocas veces te escapas y viajas a miles de minutos atrás, miles de kilómetros atrás, pero que sientes que nunca te has movido. Del que te desplazas a grandes velocidades y a grandes velocidades regresas sin cesar. Un desdoblamiento, por así decirlo.
Que cada día te vuelves menos, que cada día sabes menos, a pesar de tus retuércanos que sientes, y que le das a cada momento pisado. Una vida que te gustaría otra, pero que nunca es lo suficiente ajena como para que puedas decir que has descansado. Una vida que corre paralela a ti, a tus hombros, que ves como tu misma caminas a tu lado, como fumas de tu cigarro, como estiras tu misma otra mano para tomar la otra perilla y abres la otra misma puerta. La única pequeña diferencia es que tu misma otra tu es la que está feliz, la que sonríe al tomar, al caminar, al decir. No eres más que un mal reflejo de ti misma.


15 de Enero-28 de Abril de 2006
México, D.F.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Una pequeña historia



Fue cuando estaba parado en alguna calle del centro. Ahí sucedió. Curiosamente esa calle estaba a oscuras. Iba caminando tranquilamente, estaba a punto de encender un cigarro. Me detuve a encenderlo y justo cuando la llama tocó el papel del cigarrillo, vi como se tornaba negro. Como se consumía. Y después, el humo. Cubrió mi cara y la alcé para evitar que ese humo me entrara en los ojos. Entonces sucedió.
Pude observar todas las estrellas. Todas y cada una de ellas. Y viendo el infinito, la totalidad del universo, esa grandeza… Me quedé ahí parado, como un loco, en esa banqueta, con gente pasando, con los autos echándome las altas. Estaba yo extasiado con la vista al cielo, sin parpadear, viendo las estrellas como hablaban, como platicaban sus historias. Y encontré algo que no andaba buscando. Ahí estaba, frente a mis ojos. Algo que quise en muchos años y jamás lo encontré. Y cuando menos lo espero, cuando no estaba pensando en eso, ahí aparece. Sonreí.
Sonreí hasta llenarme la boca. Miré mi cigarro y ya se había consumido. Tiré la colilla y comencé a caminar. Crucé una calle, dos calles, varias calles, varias avenidas. Caminé años y seguía sonriendo. Sonreía con mi soledad.

2 de Junio de 2002
Colima, Col.

domingo, 19 de octubre de 2008

Guitarras



Dijo que no lo volvería a hacer y ahí estaba de nuevo. Sobre el tarimado, de espaldas al público y tocando la guitarra como si estuviera solo en todo el mundo. Ya no pudo seguir el ritmo de los demás, se concentró en las cuerdas de su guitarra, en el movimiento de sus dedos, cerró los ojos y esperó. Esperó largamente.
“No manches, carnal. ¡Otra vez! ¡Media hora! No podemos seguir así. Solo porque pudimos callarnos sin que se notara. Y porque eres bueno, eso no lo discuto. Pero no, Edgar. Ya no.”
Esas fueron las palabras que esperaba desde hace seis semanas, que se dio el primer altercado; pero las mismas que jamás hubiera querido escuchar. Alejandro lo miró esperando la respuesta.
“Disculpa, Alex. No lo volveré a hacer. No volverá a pasar. Te lo juro.”
“Lo juraste hace un mes, lo juraste hace una semana, lo juraste el miércoles, lo juraste ayer. Ya no jures nada… El martes nos pagan, si quieres te das una vuelta por la casa para darte tu parte.”
Y sin más que agregar, el vocal, el baterista, el sax, el bajo y el teclado se dieron media vuelta y enfilaron a la camioneta Ford 79 que compraron con sus dieciséis primeras presentaciones. Él se quedó solo en la calle.
Fue al Café Gazzama y se sentó en una mesa cerca de la esquina, acomodó su guitarra en la otra silla y esperó al mesero.
–Un café.
Sorbió poco a poco su café, no quería quemarse la lengua como hace ocho días. Encendió un kamel y volteó para buscar al mesero y pedir un cenicero. Una muchachita de unos diecisiete, con uniforme del café le llevó un cenicero de herrería, un poco oxidado. Supuso que tal vez así era el cenicero para combinar con la arquitectura vieja del lugar. Le dejó el cenicero en la mesa y antes de irse le sonrió. Edgar no le tomó importancia al hecho, solía suceder cuando cargaba la Fender.
Hizo que el café le rindiera lo que el cigarro, o viceversa, y le pidió la cuenta a la muchacha.
–Te propongo algo. Si tocas algo para mí, cualquier cosa, el café corre a cuenta de la casa.
Edgar la vio un momento directo a los ojos. Ahora su sonrisa le pareció más sincera.
–Mi propuesta es la siguiente: me dejas pagar la cuenta y te espero a la hora que termine tu turno para que me escuches tocar sin problemas.
La chica dudó un poco, pero aceptó. Y cinco minutos después ya estaba a lado del guitarrista.
“¿Tan pronto?” “Mi padre entenderá.”
Y juntos, salieron del lugar y echaron a caminar por la calle, a las 10:47 de la noche. No hablaban, solo caminaban con la vista al piso. Pasaron por un parque.
–Ven –susurró Edgar a la chica del café.
La chica se sentó en una banca y él, de pie, comenzó a tocar una melodía lenta, parsimoniosa, melancólica. El ritmo cambiaba lentamente a uno triste y doloroso, evolucionando después a uno lleno de angustia y preocupación. Los ojos cerrados y los dedos concentrados llamaron la atención de la chica, que aunque era tarde, el sueño aún no la vencía. Casi una hora después y cuando el ritmo de la guitarra era ya solitario y nostálgico, ella se durmió.
Un haz de luz potente la despertó, mas no abrió los ojos y trató de huir de la luz. Una voz metálica e indescifrable gritó algo. ¿Una patrulla? El guitarrista habló largo rato con ellos, sacando credenciales y señalando la guitarra miles de veces.
“Nos tenemos que ir”, dijo.

Edgar bajó del destartalado camión y preguntó al señor bigotón con sombrero raído donde estaban.
El hombre lo miró como el gato mira la lechuga y farfulló un nombre. Pensó un momento y se decidió. Subió de nuevo al camión solo para bajar su mochila casi vacía y su guitarra. Volteó a ambos lados de la terminal de autobuses y echó a caminar como si alguien lo estuviera esperando afuera de la terminal.
Caminaba por una avenida desconocida. Árboles frondosos y verdes en el camellón. Arbustos pequeños en las aceras. Carros a altas velocidades. Camiones urbanos con anuncios de colores estridentes en toda su estructura. Y ahí los taxis eran de otro color. Bueno, ese era un lugar tan bueno como cualquier otro para comenzar lo que dejó pendiente. ¿Pero qué había dejado pendiente? Con apenas doscientos pesos en la cartera decidió parar un taxi y comenzar la búsqueda.
El taxista lo llevó a la zona barroca de la ciudad, o lo que los lugareños conocían como la “Ciudad Vieja”. No estaba demasiado lejos del centro de la ciudad, pero estaba por la parte de atrás, es decir, al lado contrario de los comercios y la zona turística. Era tranquilo, lento y húmedo. Los árboles eran viejos, las casonas de piedra y se podía escuchar a algunas avecillas trinar. Le recordaba a la colonia San Isidro en sus ciudad. Prácticamente idéntica.
Después de disfrutarla un poco, entró a un café que parecía tener bastante afluencia.

–No, chavo. Un chico viene a tocar por las tardes los fines de semana. Ahorita no ha llegado, no sé por qué. Pero entre semana esto está muerto. No te puedo pagar, no me salen las cuentas.
–Bueno, le propongo algo: Si su chico no llega, yo toco en su café de a gratis. Pero si a los clientes le gusta lo que yo toco y el ambiente se anima, Usted me contrata. ¿Le parece? –propone Edgar. El dueño el café lo piensa un poco. Después de pensar cómo despedir al otro mono si se da el caso de que éste chavo sea mejor que el otro, le dice:
–Sale, pues. date una vuelta en media hora, si no ha llegado el otro chavo, la silla es toda tuya por hoy.

Probó suerte en otros cafés de por ahí, en caso de que no se quedara en el primer café, pero en todos recibía una respuesta similar. La media hora se cumplió y regresó al primer café. desde afuera observó el café a través de un ventanal. El dueño servía un café express y sacaba un pay de fresa del refrigerador. Un mesero llevaba varios platos a la mesa de la esquina y la silla del chavo que tocaba la guitarra estaba vacía. Entró como si fuera dueño del lugar, se dirigió directamente a la sillita, se sentó y con una seña, le dijo al dueño que le encendiera el micrófono. El dueño lo miró irónico por un momento, pero al ver la mirada fija del chavo en su guitarra, sonrió y encendió el micro.
–Buenas tardes, estimables clientes. Espero estén disfrutando…

Ese día en el café estaba particularmente solitario, y decidió que no tocaría. Terminó lo que quedaba en la taza de café de un sorbo y se levantó. Esto está muerto, le dijo con voz baja al dueño del lugar mientras caminaba a la salida en forma de excusa por no tocar. Ya afuera, echó a caminar con paso lento. Cargaba la guitarra con la mano derecha, y en la izquierda portaba un Alita sin filtro. En la esquina lo arrojó al asfalto y subió al Torres-Cristo, que lo dejaba a dos cuadras del cuartito que estaba rentando.
Giró la llave y empujó la puerta con el pie. La puerta se destrabó e hizo un ruidero de lámina golpeada. Del cuartito de alado se escuchó un shhhhh prolongado. Edgar hizo una mueca y azotó la puerta una vez que hubo entrado. El shhhh fue apagado por el grosor de las paredes. Dejó la guitarra en una esquina del cuartito y se arrojó al camastro, el cual venía incluido con los 150 pesos de renta. Recordó que no tenía nada para cenar, entonces se levantó, abrió la puerta y cerró con gran estruendo. El shhhh no se hizo esperar.

Sacó los doce pesos que ganó de tocar en el Torres-Cristo y pagó el litro de leche, los Alitas, las dos teleras y aún le alcanzó para el chicle motita de uva. Tomó sus cosas y salió pensando que ya faltaba menos para el jueves, día de paga en el café. La noche ya había caido y el alumbrado público comenzaba a encenderse. Su caminar era lento y rítmico. Alzó un momento la vista, sólo para ver que algunas chicas con ropas cortas y demasiado maquillaje salían de sus casas contentas y riendo entre ellas.
–Hola, guapo. ¿Quieres divertirte un rato? Un varo por ser del rumbo –le dijo una mujer que pasaba los treinta y cinco. Edgar sólo la miro sin dejar de caminar.
–Este… no, ahora no. No tengo dinero. Todavía no me pagan.
–Aquí estamos, papacito. Cuando quieras.

Mientras cerraba la puerta con el pie vio la hora en su reloj. Shhhhh. Encendió el foco de 75, dejó las cosas junto al camastro y sacó de su mochila una libreta francesa. Maltrecha. La abrió en la siguiente hoja en blanco, sacó un bolígrafo negro y tomo su guitarra. Dio unos acordes básicos antes de sacar la leche, las teleras y los Alitas. Sivió leche en una lata de cerveza Corona vacía, cortó un cacho de una telera y volvió a tomar la guitarra. Dio acordes inventados y tocó rolas conocidas hasta las doce y treintaiseis.
El ruido de los coches afuera no lo dejaba concentrar. Dejó la guitarra a un lado, y salió a respirar aire fresco.
–Claro, aire fresco es un decir –pensaba Edgar mientras abría la puerta y miraba la escena. Vivía a una casa de la esquina, y en la encrucijada de las dos calles estaba repleto de automovilistas, motociclistas, peatones y teporochos tratando de regatearle a las chicas de ropas cortas, aunque fueran veinte pesos.
–No, mi macho. Ya te dije que no. Si quieres que te haga eso te va a costar –escuchó que una mujer muy morena le decía a un hombre mayor que viajaba en un Renault morado. Las voces, el ruido de motores, los taconazos en la banqueta y las risas femeninas se fundían para dar lugar a esa particular mezcla de la que era cotidiano ver en esa colonia.
Encendió un Alitas con cerillos. Se estaban acabando y ya no había dinero. Se recargó en el marco de la puerta y procedió a fumar. Sonrió, parecía padrote viendo la fábrica de dinero.
–¿Te sientes padrote o qué? –oyó una voz a sus espaldas. Volteó y observó azorado a la muchacha que le decía eso. Zapatillas de tacón rojas, medias negras, liguero, una minifalda negra tan corta que cualquiera podría decir el color de los calzones sin temor a equivocarse y una blusa rosa con barbitas, las cuales cubrían más que la propia blusa. Maquillaje al extremo y uñas pintadas de un amarillo brillante.
–Este… no, sólo me estoy fumando un cigarro.
–Más te vale. No queremos que nadie venga a padrotearnos. Nosotras podemos solitas, además todos los hombres son igual de pendejos.
–En eso estoy de acuerdo –mencionó Edgar, pero con cautela. Ella lo observó despacio.
–Regálame un cigarro.
–Sabes, serás muy brava y yo seré igual de pendejo que todos los hombres, pero si quieres talonearme un cigarro, tendrás que pedirlo, no exigirlo –replicó Edgar. Ella respingó y ahora lo observó con mayor detenimiento, sin dejar de levantar la ceja izquierda. Después, sonrió.
–Jajaja, me saliste más cabrón que bonito. Y eso que no eres feo. Va pues: ¿me regalarías un cigarro, por favor?
–Claro que sí, guapa.
–Momento, momento. El que te pida un cigarro con educación, no significa que te estoy dando la libertad de tutearme, piropearme o acostarte conmigo. Para eso voy a la esquina y hasta me pagan por eso. Cuatro cincuenta por acostón. Y eso que ya me devalué.
–Sí, disculpa. Creo que estaba agarrando demasiada confianza. ¿Quieres el cigarro?
–Claro. Y por mí puedes agarrarte lo que quieras, mientras no me agarres a mí y te vayas sin pagar.
–Ya vez. Ahora me estás albureando.
–Jajaja, las pescas al vuelo. Soy Laura, pero todos me conocen por… Samanthaaaaaa.
–¿Tu nombre de batalla?
–Exacto. ¿Qué, no te animas? Mira, no estoy tan mal. Y me sé unos trucos que te van a gustar… mmhhhh, vas a gritar y a pedir más. Garantizado.
–Jejeje, no, gracias. No es por que no quiera. Me disculparás, estás muy buena/
–¡Claro!
–…pero el impedimento es el varo. Precisamente en estos Alitas se me fueron los últimos tres pesos que tenía.
–¿Neta? N´hombre, sí estás jodido. Sale, pues. Yo me voy a ganar el salario con el sudor de mi frente… bueno, no precisamente mi frente, pero mi sudor me cuesta de todos modos –y se fue con una carcajada a la esquina. Escuchó a las otras chicas chiflarle, y uno que otro “mamacita” con voz masculina. La vio alejarse, casi de inmediato un tipo la abordó, pactaron precio rápidamente y se metieron a un cuartucho cercano a la esquina. Se apagó la luz. Edgar arrojó la colilla y se metió a su cuarto. Cerró la puerta, se escuchó un shhhhh y se apagó la luz del foco de 75 watts.

–Mira, chavo. No tocaste tres días. ¿Así quieres que te pague?
–Pero eran días en que no había nadie. Aquí estuve el fin de semana. Y no me diga que no estuve todo el día… bueno, desde las cuatro. Desde las cuatro hasta las dos, que cerró el sábado.
–Pues sí, pero también te echabas tus descansos de media hora… y lo que te tragaste.
–Fueron tres descansos. Hora y media en… en diez horas de trabajo. Y lo que me tragué… ya habíamos acordado eso, Don Rodrigo. ¿O ya se está echando para atrás?
–…
–Dígame, me va a pagar o no. Así de fácil.
–Tá bueno, muchacho. Pero por cada día que me faltes la próxima semana, te voy a descontar cincuenta varos. ¿Estamos?
–Estamos.

–¿Quién?
–Soy Laura. Quiero un cigarro –grita desde afuera. Edgar hace una mueca y miente.
–Ya no tengo –la carcajada del exterior brota al instante.
–No seas pendejo. Ábreme –Edgar deja la guitarra sobre el camastro y abre la puerta. El shhhhh y el golpe de luz llegan al mismo tiempo. Laura entra como remolino. Cuando Edgar se da cuenta, ella ya está acostada sobre el camastro, tocando las cuerdas de la guitarra y observando el cuaderno forma francesa. Se ve… diferente. Ahora viste unos yins ajustados, una playera blanca, un poco trasparente, y porta mucho menos maquillaje en el rostro que el otro día. Se ve bien, juzga Edgar.
–¿A poco tocas la lira? ¿O nomás le rascas la panza al gato?
–La toco, no muy bien pero ahí la llevo.
–¿Qué crees? –dice Laura, sin dejar a que termine de hablar Edgar. –Dicen que eres puto, puñal, mariposon, marica, jamaicón, volteado, bateas par/
–Sí, sí, ya entendí.
–…por no querer acostarte conmigo el otro día. Yo les dije que no quisiste por que no tenías varo, ¿edá? Y pues entre todas me eligieron para darte la bienvenida. Así que, aquí estoy.
–No entiendo. ¿Qué bienvenida?
–¡Uta! nomás eso me faltaba. ¿Entonces sí eres maricón? Haberlo dicho ant/
–No soy maricón. Pero no entiendo de lo que hablas.
–¡Ah, vaya! Pues mira, como eres nuevo en el barrio, tienes el “privilegio” de acostarte con una de nosotras hasta que te canses, o hasta que sean las doce, lo que suceda primero. Pero nosotras decidimos a quien te coges. Bueno, las demás me eligieron a mí. Por aquello de que nos vieron platicando la otra noche.
–¿En serio? ¿Eso acostumbran aquí? ¿Y por qué hasta las doce?
–¡Es en serio! Y tanto como acostumbrarlo, pues no. Jejeje, hasta las doce por que es la hora en que empieza la chamba. Pero si no quieres coger, por mí no hay problema. Total, no entra en el kilometraje y me mantengo como la menos peor –explica Laura y comienza a levantarse de la cama.
–No, bueno, no es que no quiera. De hecho ya me aburrí de coger yo solo. Pero, ¿así de frío y maquinal?
–¿Quieres que te traiga flores y te cante serenata para que cojas conmigo? ¿Chocolates? –ironiza Laura mientras se quita la blusa y arroja los tenis a los pies de Edgar. No hay brasier y Edgar cree distinguir unas cicatrices de brasa de cigarro en sus brazos. –Quita tu mugrero, que no vamos a caber en la cama con la guitarra a un lado. ¿Qué? ¿Coges vestido? Me han tocado clientes locos, pero tú…
–N-no, ya voy –tartamudea y pierde más tiempo viendo como Laura se despoja de su pantalón sin el menor pudor, que zafándose los tenis. Laura termina de desnudarse, arroja sus calzones a la cara de Edgar, suelta una carcajada y se mete al camastro. Edgar trata de no evidenciar su erección al quitarse el pantalón, pero la sonrisa pícara y burlona de Laura lo desinhibe. Se desnuda y salta a la cama, pensando: “Caray, está bien buena”. Laura ríe, se acomoda y antes de abrir las piernas le dice:
–Quítate los calcetines.

–Es niña. A ver si no sale igual de puta que su madre.
–¿Y el padre?
–Es un pendejo. Ni siquiera es El Pendejo, es un pendejo cualquiera. Pendejo y mediocre. Hasta para coger era pendejo. Se montaba, se venía a los seis minutos, se daba la vuelta y se quedaba dormido. Ya hasta me da vergüenza decir que es el padre de mi hija.
–¿Y dónde está? ¿No te ayuda con la niña? –pregunta Edgar y Laura suelta la carcajada, junto con todo el humo. Tose y vuelve a fumar.
–Ahora sí que me hiciste reir. En primera, lo mandé a la chingada. Su pendejez me fastidió. ¿Ayudarme? Era tan pendejo que no podía mantener un empleo por más de tres días.
–Y si era tan pendejo, ¿por qué estabas con él?
–¡Ah, bueno! Estaba bien papacito, y tenía unas nalgas… ¡Así! –hace una expresión con las manos antes de soltar otra carcajada. Apaga la colilla en el suelo. –¿Qué? ¿Ya te cansaste?
–Mmmhhh, creo que no. Pero me gusta platicar. ¿A qué edad la tuviste?
–A los diecisiete. Joven y pendeja, veía la vida color de rosa.
–¿A los diecisiete? ¿Pos cuantos tienes? Dices que todavía no camina…
–Dieciocho. Bueno, realmente la tuve a los dieciseis y realmente tengo diecisiete. Pero tuve que falsificar mi acta por si me agarra la tira y me quiere quitar mi permiso de piruja.
–Y dices que “veías la vida de color rosa”. Todavía estás joven y… pendeja.
–Pos no creas, ¿eh? Todas esas cosas que te pasan, te cambian. Hacen que veas todo desde una perspectiva diferente. Como que te hacen madurar.
–Ha de ser dificil criar un hijo tan joven.
–Ni tanto, se acostumbra uno. Ya son las ocho y media. ¿Nos echamos otro?
–Este… pos bueno.

El ruido del exterior no lo dejaba dormir, pero tampoco quería salir a fumarse un cigarro. Decidió fumarlo acostado en la cama y utilizar una lata de refresco como cenicero. Los gritos femeninos desde afuera le taladraban los oídos, y el ruido de los motores embotaban su cerebro. Cerca de las cuatro, y con 11 cigarros menos, le ganó el sueño.
Despertó, pero con una mujer desnuda abrazándolo. Eran las once y media.
–Oye, Laura. ¿Qué haces aquí? Despierta.
–¿Mmh?
–¿Que qué haces en mi cama? Ayer que me dormí no estabas aquí. ¿Cómo entraste?
–Tú me abriste. Déjame dormir un rato –murmuró somnolienta. Edgar trató de recordar si le había abierto la puerta. Tenía una vaga sensación, pero nada seguro. Trató de olvidarlo y se metió a bañar. El agua estaba helada y había una lata de cerveza detrás del inodoro. Vacía. Se vistió, tomó su libreta, su guitarra y salió del cuartito. El shhhh se escuchaba un tanto desvelado.

–¿Ahora si me vas a explicar?
–¿Mmmh? ¿Qué quieres que te explique, guapo? –bostezo.
–¿Cómo entraste a mi casa? ¿Por qué entraste? ¿A qué horas, y qué hace una chela en mi baño?
–Ya te dije que tú me abriste. Eran como las seis, bueno, exactamente no sé, pero aún no amanecía. La chela es mía, me tomé esa y otra… creo. Se me cayó cuando estaba haciendo pipí. Por cierto, dejé un seis en el depósito de la taza. Me sobraron y era para que no se calentaran.
–Bueno, está bien. Pero, ¿por qué mi casa, por qué no te fuiste a la tuya? No está muy lejos, sabes.
–Eso sí, pero es más rico despertar con alguien a lado, que solito.

Tomó sus cosas, las arrojó dentro de la mochila y encendió un cigarro. Fue al baño, y mientras meaba, revisó el depósito de la taza. No encontró las seis cervezas que Laura había dicho, pero encontró cuatro. Tomó una y la abrió. Bebió despacio más de la mitad del contenido de la lata. Fumó de su cigarro y se subió el cierre. Tomó su guitarra, se colgó la mochila en el hombro y salió a la fiesta de todas las noches sobre su calle. No cerró la puerta, sólo la emparejó y echó a caminar en dirección contraria a la fiesta de labial y billetes. Unos ojos castaños lo miraron alejarse desde una esquina, y esperaron un poco a que el muchacho volteara la vista para despedirse. Jamás supo si el muchacho volteó, la luz que iluminaba su espalda era muy escasa y pronto se perdió de vista.

Ya llevaba seis horas sentado en ese camión y apenas comenzaba a amanecer. ¿Cuál era el rumbo? La señorita que le vendió el boleto con cara de fuchi, le había dicho el nombre del lugar hacia donde se dirigía, pero lo había olvidado. El camión llegó a una ciudad a los diez minutos después el amanecer, y todos los pasajeros comenzaron a bajar. Edgar también bajó y antes de echar a andar, tocó el dinero que traía, sin meter la mano en el bolsillo.
–Como veintidos pesos –murmuró para sí mismo. Recordó como la vieja que le vendió el boleto se le quedó viendo cuando le preguntó que a dónde le alcanzaba con 180 pesos. No pudo evitar mostrarle todos los dientes estúpidamente, cuando le entregó el boleto. Viejos recuerdos, buenos recuerdos; pero ahora necesitaba mirar a delante. Preguntó a un chavo que vendía jugos y licuados en la central de camiones para donde quedaba el centro, y enfiló directamente.
Ya llevaba como veinte minutos caminando, cuando una chica, que llevaba la dirección contraria por la misma acera, lo vió con la guitarra en la mano. Sus labios rosas y brillantes se curvaron en una sonrisa. Edgar contestó la sonrisa, y cuando se cruzaron, aspiró el olor de su perfume. Se detuvo y volteó para preguntarle la hora, preguntarle su nombre y platicar un rato, pero sólo la vió alejarse. Se quedó unos segundos parado, viendola doblar la esquina, y siguió caminando rumbo al centro. Ya iban a ser las ocho.

22 de Septiembre 1999 – 26 de Septiembre de 2001.
Colima, Col. – México, D.F.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Solsbury Hill (Hoy quiero caminar)


(cuento para leerse con la canción de Solsbury Hill, de Peter Gabriel)

Saliste un domingo a caminar y respiraste ese aire puro del que te habían vetado desde hace quincenas. Saliste y miraste de nuevo el sol, aquel sol que habías cambiado por unas paupérrimas lámparas de luz lechosa y azulada. Saliste a caminar y usaste las piernas que creíste no tener por sentirlas dormidas, aletargadas.
Caminaste libre y contenta. Con toda la sonrisa que te permitía ese aroma a pasto recién cortado. Hasta olvidaste tu aversión a caminar entre la gente y los perros callejeros. No olvidaste mirar a los dos lados de la calle, ni ver sobre el hombro para no dejar atrás a tu delirio de persecución.
Tus ojos miraron de frente, ya tanto, que te viste seis calles adelante, aún caminando y observando lo que la vida te ponía en el camino. Te observaste sacar un cigarro y encenderlo. Aspirar y dejar que el humo se te escapara de entre los labios. Te viste descansar en una banca del jardín cercano. Te viste sentar y cruzar la pierna imperturbablemente ante ese sol y ese viento que te revoloteaba los cabellos. Te viste mirar a la expectativa el resto del mundo. Cómo las cosas cambiaban ante tus ojos y una sin darse cuenta. Fumar despacio, mientras tu te acercabas cada vez más a ti. Las seis calles caminando ahora solo eran un suspiro y el cigarro se hacía cada vez más pequeño.
¿Cuándo llegarías contigo?
Pensaste que quizá no sería bueno, verte ahí, sentada y descansando de tu mundo ajetreado, de tus horas de trabajo y tus sinfines fines de semana. Te habías ganado ese descanso. Tu recompensa era ese cigarro que te había costado horas de ojos, horas de manos en agua fría, horas de estar parada, hasta horas de sueño.
Aspiraste fuertemente y el olor a pasto recién cortado te entró por cada poro de tu cuerpo. La última fumada de cigarro y te irías. Justo antes de que llegaras contigo a la banca del parque. ¿Te esperarías? ¿Dejarías que te vieras descansando ese día de asueto en que te habías dado espacio para caminar y lo último que querías era verte descansando, fumándote un cigarro en una banquita del parque, con tantas otras cosas que hacer, que comprar, que terminar?
No te ibas a dar ese gusto. Que te hicieras bolas tu sola. Tu ya habías descansado y estabas lista para emprender la marcha de nuevo. Arrojaste el cigarro, acomodaste tu bolsa en el hombro y emprendiste la marcha, justo segundos antes de que llegaras a la banca del parque y estuvieras en la disyuntiva de fumarte un cigarro y descansar un rato, o seguir caminando y hacer lo que tienes que hacer, terminar las cosas, comprar lo que te falta...

Xalapa de Enríquez, Veracruz.
29 de Abril de 2004.

domingo, 10 de agosto de 2008

Par de cigarros


El pasto creció más de lo que esperaba. Todo mi pie podía desaparecer debajo de esa alfombra verde, tan llena de grillos por las noches, como de humedad por las mañanas. Intenté podarlo con la máquina, pero ésta se trabó por tanto pasto y tardé más de media hora en destrabar la podadora. Si iba a descomponer la máquina, que fuera por quitarle el motor y tratar de ponérselo a una avalancha.
Pero no era el objetivo hablar de la podadora y un improvisado carro a gasolina de un cuarto de caballo de fuerza, si no de que el pasto había crecido mucho. No era por el fertilizante, la lluvia o mi excelente desempeño como jardinero. Que para que un jardinero haga crecer bastante el pasto, solo es cuestión de no querer podarlo para que crezca más aprisa. Eso, o dejar pasar el tiempo. Y no es que el tiempo se haya dejado pasar... si no que pasó mucho tiempo sin que uno quiera.
Me dijiste que fuiste por cigarros, pero nunca me dijiste hasta dónde irías por ellos. Hay una tienda a tres cuadras de aquí, pero tal vez no querías Marlboro o unos Delicados. La farmacia está más lejos, pero quizás tampoco querías Camel o Viceroy. Te habrás ido a Oaxaca o a Veracruz por unos Gratos. A España por unos Ducados. Te habrás ido al mismísimo infierno para robarle en sus barbas a Satanás un poco de ese aromático tabaco que seguro tiene para su pipa.
Saliste por la puerta de enfrente y no te volví a ver. Saliste tan campante como siempre, sin preocupaciones, sin siquiera amarrarte el pelo. Solo una playera ajustada y unos yins. Gritaste cuando casi se cerraba la puerta y estabas a unos metros más cerca de la esquina. Seguro yo aún estaba todavía dormido, preparando el desayuno o peleándome con las agujetas que en la noche anterior se hicieron nudo por la manía de quitarme los tenis sin desabrochar las agujetas. Cruzabas la calle cuando yo abría la llave del agua y me mojaba el pelo. Salías de la ciudad cuando yo buscaba en el fondo de mis bolsillos un poco de cambio para tomar un micro para ir a la escuela. Extendías el pulgar hacia arriba y el brazo hacia delante al ver pasar una camioneta roja exactamente cuando yo abría el libro de Genética en la página 175 y ver el capítulo 6. Llegabas al siguiente estado, lo cruzabas y continuabas más lejos aún cuando mi insomne persona estaba pensando en cientos de dudas, en miles de personas, en millones de metros o en millones de días, en que esos cigarros se convertirían en meses, y después en años. Y esos años se volverían personas que no hemos visto jamás.
Que después nos encontraríamos en algún antro, en algún bar, como siempre. Tu sonriendo eternamente, con la sangre bailando en tu interior y el cigarro sin fumar entre los dedos, una cerveza a la mitad en la mesa y escuchando sobre los 150 decibeles de la música alguna conversación trivial. De pie, casi a punto de salir corriendo a la pista para bailar lo que dura el resto de la noche, para sonreírle al alba como siempre te ha gustado hacer. Y yo, sentando en el rincón más oscuro del lugar. Con los ojos fijos en algún lugar entre un vaso vacío tirado a diez metros de mí, y las zapatillas negras de una chica con los ojos enrimelados y casi aburridos. Con más ceniza en mi pantalón que tabaco en mi cigarro, y cerca de mi décima cerveza entre pecho y espalda. Pensando en que estaría mejor en otro lado; que podría estar mejor sentado en la defensa de mi coche a veinte kilómetros de ahí, en alguna brecha que lleve a algún rancho perdido entre semana; que podría estar tomando sistemáticamente dosis de tequila medidas en latas de refresco, junto al buró de mi habitación y escuchando canciones a mucho menor volumen y con mucho mayor flujo de lágrimas; que podría estar a mil metros sobre el nivel de la ciudad, observando entre bizcos una de los quince millones de luces que forman la mancha urbana a esas horas de la madrugada. O simplemente, que podría estar caminando hacia ti, viéndote mientras me ves caminar hacia ti sin dejar de platicar, tratando de no sonreír tan obvio y sin perder el hilo de la conversación, desviando la mirada justo segundos antes de que yo llegue hasta ti y tenga que tocarte el hombro para que vuelvas a verme de nuevo, y tenga que gritarte un disculpa a voz en cuello para hacerme escuchar sobre la música del local, lo que hará que todos tus amigas volteen a verme divertidas, y tus amigos volteen a verme molestos, y yo me sienta un completo idiota, en parte por no haberme aguantado la cobardía y esperar a que me rechaces para beberme esas diez cervezas después y no hablar como si tuviera una lengua de kilo y medio; y en parte por tener seis pares de ojos clavados en mi cara esperando que haga el ridículo de pedirte que si quieres bailar conmigo, y obviamente querrán ver mi cara cuando digas que no, gracias, que tal vez otro día.
Pero ni el estar sentado en la defensa de mi coche a 20 kilómetros de ahí, ni el estar ebrio en mi cuarto escuchando canciones que solo me recuerdan a ti, ni estar en un cerro viendo de noche las luces de mi ciudad me podrían haber preparado para una negativa, para que me vieras de arriba a bajo y soltaras la risa mientras te volteas, para que les dijeras a tus amigos que te estoy molestando y que me sacaran a rastras del local después de una severa golpiza, para que me vaciaras la cerveza encima y sonrieras un perdón... pero mucho menos para que me dijeras que sí con una sonrisa, con esa sonrisa que te gusta presumir en todos lados y dejaras la cerveza medio terminar y caminaras rumbo a la pista, casi agarrándome de la mano para que a último momento me fuera a arrepentir y te dejara caminado sola. Y con tu sola presencia abrirás un hueco en la pista de baile ya saturada. Y casi no esperarás a que yo esté a tu lado para que comiences a bailar. Y bailarás como si no existiera otra cosa que hacer en este mundo, como si fuera la única cosa para lo que fuiste creada. Te moverás como no se mueven en las pistas de baile, como no se podrían jamás mover en una película. Bailarás con una música que viene de tu ser, de adentro de tus venas, de lo más profundo de tus huesos. Bailarás como jamás creí posible ver bailar a alguien. Y yo estaré con mi cara de estúpido viéndote bailar. Y será hasta que abras los ojos y me veas que me daré cuenta que estoy de pie, inmóvil frente a la chica que baila con más sentimiento en todo el lugar. Sonreirás de nuevo y yo reaccionaré, comenzaré a bailar torpemente hasta que agarre el ritmo de la canción. Bailaremos. Y los seis pares de ojos de tus amigos nos estarán viendo desde el piso de arriba, ellas sonriendo y sosteniendo su respectivo cigarro entre sus respectivos dedos. Y ellos serios, casi molestos, dejando entre trago y trago de cerveza el tiempo suficiente como para pasar el sorbo de cerveza que tienen en la boca. Y no solo serán seis pares de ojos, habrá otros pares más allá. Tal vez a alguien que le gustes y tenga la mitad de la noche viéndote desde el otro lado del bar, esperando a que sea el momento oportuno de ir a sacarte a bailar. Tal vez un exnovio que aún te recuerde, o tal vez otro que no te recuerda pero que siente esa molestia en la panza que le dice que no deberías estar bailando conmigo, o mejor dicho, que yo no debería estar bailando contigo, que él fue tu novio y que por ese simple hecho tiene el derecho, no, la obligación de decirte qué es lo mejor para ti. Y, claro, no es el bailar conmigo.
Pero ni tu ni yo somos adivinos. Tu estarás bailando y disfrutando de una noche fuera de casa. Y yo estaré bailando y disfrutando de una noche en la que por fin me siento como en casa.
Y el tiempo pasará casi sin sentirlo. Te veré sonreír mientras bailas, como mueves el pelo al compás de la música, cómo choco contra los de atrás y cómo me dan codazos los de los lados. Te siento en una burbuja de cristal en la que nadie te estorba para bailar, los empujas suavemente con tu simple movimiento. Y el sudor correrá por mi espalda y se perlará mi frente con pequeñas gotas. Y mis pies se cansarán de bailar y bailar, pero que no querré dejar de hacerlo. Y la madrugada llegará, haciendo que la música se haga cada vez más lenta, dejando atrás el estroboscopio y dando paso a las luces rojas y tenues. No sabré si tomarte de la cintura y continuar bailando como una pareja. Ante mi indecisión sonreirás y me dirás que ya te has cansado. Te acompañaré hasta tu mesa, para entregarte sana y salva a tus amigos. Te daré las gracias y me iré a mi rincón, a seguir tomando cerveza y a preguntarme que fue lo que falló, porqué no me rechazaste como estaba programado.
Pero no, jalarás mi camisa antes de que logre dar la media vuelta y me preguntarás por mi nombre. Acto reflejo te diré, y entonces, usando mi nombre, me preguntarás si no tengo un cigarro que te regale. Lo dirás sonriendo. Me quedaré pasmado y afortunadamente no se me caerá la baba de mi boca abierta porque estaré poco menos que deshidratado. Buscaré entre mis bolsillos y sacaré una cajetilla a medio terminar. Podría decirte que está medio llena, pero ambos sabremos que eso sería una mentira, además de que sería un comentario fuera de lugar. En vez de eso, solo abriré la cajetilla y te tendré un cigarro. Lo sacará y lo pondrás sobre tu boca. Me preguntaré como es posible que después de tantas horas, el labial aún esté tan brillante como recién puesto, seguro manchará la colilla del cigarro. Sacaré el encendedor y lo encenderás. Soltarás el humo y al final unos pequeños aros de humos, anillos blancos que flotarán un rato sobre la mesa. Me preguntarás si no me quiero sentar, y antes de que pueda decir que sí, ya me estarás presentando a tus amigos. Tus amigos saludarán por cortesía y conversaremos un poco. Cosas triviales. Tu sonreirás.
Hará frío afuera. Tomaré mi saco y lo pondré en tus hombros. Al momento de despedirnos me dirás que la pasaste muy bien. Te preguntaré si quieres que te lleve a tu casa. Dudarás unos momentos, mientras volteas alternativamente hacia tus amigos y hacia mí. Abrirás la boca varias veces para responder pero no dirás nada, hasta que viéndome, sonreirás y me dirás que sí.
Pero en el camino cambiarás de planes. Me dirás que tu casa está muy lejos y que no quieres que me regrese solo a mi casa, que me puede pasar algo, con tanto borracho loco que hay por las calles a estas horas. Te diré que no hay problema, que será un placer llevarte hasta tu casa. Dirás que no, que es muy peligroso, que mejor vayamos a mi casa y que ya mañana por la mañana se irá a su casa. ¿Segura? Claro. Pero sonarás indecisa. No, no indecisa, mas bien temerosa. A la expectativa. Daré la vuelta lentamente para que sea más fácil rectificar en caso de que lo pienses mejor y te decidas en contra. No habrá palabras. Tu sonrisa se desvanece.
En mi casa te ofreceré algo de tomar. Tus ojos me cerrarán la boca y me acercaré a ti despacio, como si no quisiera despertarte. De pie frente a mí, esperarás a que llegue hasta ti y te bese. Y te besaré como lo he deseado toda la noche. Como lo he deseado desde que te vi en la mesa del bar desde mi oscuro rincón. Te besaré como si fuera lo único que habría que hacer en el planeta, como si solo para eso hubiera sido hecho.
Mañana en la mañana no querré que te vayas. Te envolveré entre sábanas y risas. Te colmaré de piel y calor. No te querrás ir. No te iras. Ni ese día ni los que siguen. Seguirás ahí, conmigo por cigarros y cigarros. Hasta que se acaben los cigarros, y tengas que ir por más. Saldrás por la puerta y gritarás que vas por cigarros, pero gritarás casi cuando la puerta se esté cerrando y varios metros más cerca de la esquina.

21 de Febrero de 2006.
México, D.F.

miércoles, 23 de julio de 2008

En el camino


Patéticamente anormal es ahora, cuando tomamos por este camino en el que no existen desviaciones, ni vueltas, ni retornos. No existe la reversa y a veces dudo que existe un adelante. El asfalto se pega a las llantas como esos chicles frescos y aún húmedos que simplemente aparecen debajo de tu zapato cuando ya no hay modo de saltar, de evitar la goma de mascar; o mejor aún, se pega como la suela de los tenis a la banqueta en esos días en que el calor parece tener rienda suelta y corre como demonio por las calles, mientras que deja atrás el viento que calmaría ese bochornoso día. Pero las llantas del coche siguen trabándose, siguen derritiéndose y cada vez avanza menos, y nos aletargamos más.
Y no solo las llantas son las que se pierden en el paso del tiempo, también las señales, las líneas de la carretera y hasta la visión a través del parabrisas. Ves a los limpiadores funcionar sin nada que limpiar, y eso en un momento porque ahora ya ni siquiera están los limpiadores, ni la palanca que los acciona, ni donde debería estar sujeta la palanquita. Uno mismo ve con asombro cómo deja de avanzar lentamente, como pierde el espejo retrovisor y el marcador de gasolina. Cómo deja atrás medio motor y los faros con las altas puestas siguieron de largo y lo dejaron a uno aquí botado. La palanca de velocidades hace tiempo que dejó de existir y tu asiento prácticamente está siendo comido por termitas que, por supuesto, ya no están. ¿Qué haces contra eso?
A veces pienso que pienso demasiado, pero a veces pienso que realmente no estoy pensando tanto, y lo que pienso son puras tonterías. Pero es difícil pensar cosas coherentes cuando tu auto acaba de desaparecer bajo tus ojos… y bajo tu trasero, porque después de todo, en él ibas sentado. Además, es medianamente estúpido el estar esperando aventón de alguna persona que pase por ahí, cuando lo primero que viste que ya no viste más, fue la propia carretera. ¿Dónde demonios se pide aventón en una carretera que no existe para llegar a un lugar que no va a estar ahí cuando uno llegue?
Es por eso que para evitar pérdida de tiempo (y consecuentemente comenzar a dejar de verse uno mismo) comienzo a caminar rumbo a no sé donde y espero que sea el correcto, porque para estos momentos, creo que el sol ya no me indica para dónde es el oeste y cuál el oriente. Me indica que estoy totalmente perdido y que cualquier cosa que haga de ahora en adelante, será ganancia. ¿Ganancia para quién?
Tal vez debería decir que ganancia para qué, porque a lo lejos parece venir un coche que pueda darme un aventón a cualquier parte que no sea este remolino que me sacó de mis casillas y me devolvió a este imprudente destino que aún no encuentro cómo llegar. Aunque para estos momentos estoy pensando que podría suceder lo que en léxico vulgar se denomina reacción en cadena. Y es que pensándolo prospectivamente, podría suceder que si esa persona viene en esta dirección, entonces vaya rumbo a la dirección que yo tenía en un principio, y a la que es probable que llegue con cierto retraso. Entonces al darme aventón, podría suceder de nuevo lo que sucedió en algún momento, y quedaríamos en el punto de inicio (pero término al fin y al cabo) y no existiría desplazamiento neto desde mi punto de vista.
Ahora, que si sigue de largo y no me da aventón, es probable que también le suceda lo que sucedió, porque el punto de partida es similar y el destino ídem, aunque no tendría porqué desearle mal a alguien. Es probable que él llegue a su destino, aunque para mí el resultado de movimiento seguiría siendo cero.
Y a la postre, pues creo que no sucederá lo que quería que sucediera, y veré a lo lejos el coche que perderá velocidad, intensidad y color. Entonces se transformará en un punto en movimiento que tendrá un inequívoco color gris que poco a poco irá desapareciendo junto con el objeto que lo portaba y quedará una figura humana, que de lejos bien podría ser de una fémina por la falda que porta y el cabello que le revolotea alrededor.
Al verse desamparada y sin la presencia de su automotor que debería de conducir hasta el destino que ella eligió, y no desparecer así nomás, como por arte de magia, caminará unos minutos (que además deduzco que ella no poseía la misma potencia o intensidad que me poseyó a mí, ya que su auto la abandonó varios cientos de metros más atrás, si tomamos en cuenta la dirección origen-destino) y llegará ingenua y despreocupada a mi lado, tratando de aparentar (será muy buena actriz) que nada anormal sucede por estos días y nada podría ya sorprenderle, excepto el que alguien encienda un cigarro de “esa” marca y a pesar de eso, no le haya ofrecido primero, caray, que modales tiene la gente hoy en día. Obviamente soy un estúpido palurdo que no ha leído a Carreño y lo profesa a los cuatro vientos diciendo que tiene ella razón, que desde hace unos momentos estaba yo pidiendo aventón (perdón, ride) y ningún alma se apiadó de esta alma que tan necesitada estaba. Y claro es, que después de haber hecho enésimos ademanes para sugerir que ella también quería fumar, tuvo que rebajarse a pedirme un cigarro, por favor, aunque sea de “esa” marca. Ah, pero como no, si un cigarro no se le niega a nadie, excepto al inepto que te pide cigarros día tras día, como si a uno no le costara sobarse el lomo para sustentar su vicio, ¿verdad? Con el cigarro a escasos dos centímetros de la boca y en espera de una llama que se acerque a inicializar el consumo consecutivo de su tabaco en tubo, omite la respuesta y comienza a asombrarse de cómo es posible que exista alguien en el mundo que sea tan vulgo, tan ordinario y tan falto de tacto y educación. Por supuesto a estas alturas, ya me he dado cuenta de cómo es el juego, y le tiendo el encendedor mientras advierto falsamente que a veces no prende, pero si le sigues, ya jala. El encendedor, obedeciendo a mis mentiras, no quiere prender y ella hace un gesto atenuado por el cigarro y persiste en su intento hasta lograrlo, tenderme el encendedor y no dirigirme la palabra mientras ve hacia el lugar de donde creé que llegó, pero por una extraña razón, yo sé que no es ese el lugar por donde llegó.
Es bella. Zapatos altos, pelo suelto y casi rizado, negro, ojos (imagino, porque los lentes no me dejan verlos bien) grandes y brillantes, boca carmín y una piel que se antoja besar a cada instante. Podría jurar que su desamparo lo oculta tras esa conducta de prepotencia y soberbia, pero aquí entre nosotros, espera que proponga una solución. Y como el buen caballero que soy solo le pregunto que a dónde iba. Alza casi imperceptiblemente un hombro y fuma con delicadeza. Y de dónde venía, si no es indiscreción. El mismo hombro y otra fumada. Bueno, y ahora que hacemos, ya que los dos estamos varados aquí, en medio de algún lugar que no sabemos ni siquiera cuál es. Gira exorcistamente la cabeza, clava su mirada en mis ojos cínicos y divertidos, y vuelve a su posición habitual. Ah claro, su respectiva fumada. Solo alcanzo a pensar que si seguimos así, pronto se acabarán los cigarros.
Con el viento caliente y apenas perceptible, su falda ondea como en película y sus piernas (en efecto) de película se dejan ver más arriba. Supongo que no querrá tener un poco de sexo casual conmigo en la arena, y sólo lo pienso, no vaya a ser que las altas esferas de la sociedad y abolengo hayan desarrollado prodigiosamente el oído así como lo hicieron con sus glándulas venenosas.
Bueno, exactamente no sé de dónde vengo ni a dónde voy, pero iba hacia allá, y hacia allá voy a ir, aunque llegue un poco tarde, el tiempo nunca ha sido alguna de mis prioridades, ¿gusta? Y sin esperar respuesta me echo a caminar lentamente, para darle tiempo de réplica o seguir mis pasos entre esa arena tan parecida al talco en consistencia. Lamentablemente, no se le ocurre ningún sarcasmo a tiempo para que lo pueda oír, y sus pasos me siguen solo hasta que estoy lo suficientemente lejos como para sentirse realmente desamparada y casi gritar que ella también iba para allá, y no le importaría que la acompañe. Sonrío.

México, D. F.
21 de Junio de 2004.