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lunes, 30 de enero de 2017

La Batalla

Algo que parece un anillo de temática medieval color plata, que simboliza una batalla en los cuentos para antes de morir














No, hoy no estoy derrotado.
A pesar de que me veas atravesado por esa espada, no estoy derrotado.
A tu lado, estuve en millares de batallas y nunca bajé la bandera.
Nunca me di por perdido. Sigo en pie.
Me podrás ver en este momento, terriblemente herido. Terriblemente desangrado, pero no esto derrotado.
Esas batallas me dejaron tantas cicatrices que ahora no veo el color de mi piel., No veo esta malla de acero que debía protegerme. Se ha caído a jirones. Se ha destrozado, al igual que mis emociones y que mis estúpidas esperanzas. No, su majestad, no estoy derrotado.
Alzo la cara el viento y el frío gélido me recuerda que estoy vivo, que estoy consciente que debo estar presente en esta batalla.
Me levanto una y otra vez, pero son demasiados. Son demasiados. No creo poder.
Y recuerdo cómo inicié esto. Recuerdo que esto no es batalla de una noche. No es permitirme abandonar. No existe esa palabra en su vocabulario, su majestad.
Recuerdo que el juramento no era hasta que viera perdida la batalla. No. El juramento era más allá. El juramento indicaba que era hasta la muerte. Hasta que el cuerpo no resistiera. Hasta que el último miembro de mi exigua humanidad no pudiera dar más de sí.
Y aquí estoy. Entregando esa parte de mí ser. Entregando lo que debo de entregar.
Esto no se acaba hasta que se acaba.
Y sigo, me levanto y ondeo la bandera.
Y escucho el estallido de los tambores y escucho el resonar de las trompetas.
Y la caballería llega.
A hace lo propio. Y me siento satisfecho.
Pero no.
No es momento de abdicar, no es momento de bajar las manos. No es momentos de decir “cumplí”. Claro que no. Por el contrario…
Es  momento de levantarse, de decir aquí estoy. No me crean muerto. No lo estoy aún.
Y con mi muñón amarrado a la bandera, me levanto y agito.
Y agito como si en ello se me fuera la vida. La agito como si de ello dependiera la batalla. La agito como si solo para eso hubiera n acido. Agito la bandera si como solo para ello estuviera hecho. Sí, su majestad, esa es mi labor, y cumplo con creces.
Y la sangre derramada me indica que esto es.
Que aunque no quiera, esto dio de sí.
Es entonces. Hasta entonces, de me derrumbo. Estrepitosamente, hasta el suelo.
Y bebo de mi sangre, que sale a raudales de mis pulmones. Y siento el sabor de la victoria. Lo paladeo
Y es entonces cuando decido morir, su majestad.
Es entonces cuando confirmo que no le he fallado, su majestad.
Lo he hecho por usted.
Por Usted y el reino.

Dios salve a la reina, su majestad.

29 de Enero de 2017
Nuevo Casas Grandes, Chihuahua

domingo, 3 de junio de 2012

Con tus pies en mi camino

La imaginación corre por mi cuenta. Contigo viajando entre mantas de lentejuelas y doscientos kilos de arena d emar. Tomados de las manos y observando luces nocturnas de la vieja ciudad perdida entre lo barroco y esas enormes puertas de roble rojo. Tu sonrisa dibujada en cientos de alebrijes, con cientos de memorias en cientos de negativos. Tus pies deslizándose por las antiguas pirámides, entre el juego de pelota y la serpiente emplumada.
Siempre tus ojos más allá del oro reluciente de un sábado sin sentido, sin dirección, sin retorno. Cuando el remolino te haya alcanzado, ¿hacia dónde irás? Siempre viajando como hoja al viento y contra la corriente. Como el salmón, nadando hacia la cresta solar, hacia la aurora boreal...
No tienes más que pedirlo, solo estirar la mano y tocar mis cabellos crespos y despeinados. Solo una mirada tuya, techando mis pestañas y la risa viva contra todos mis pronósticos.

1 de Junio de 2012
San Pablo Villa de Mitla, Oaxaca

domingo, 1 de marzo de 2009

Polos opuestos



Como el silencio entre los árboles,
como el agua manantial,
como el aire de montaña,
y como la nieve de volcán.

Como la lluvia de Noviembre,
como la golondrina viajera,
como el huracán nocturno,
como el perro vagabundo.

Como el violento invierno,
como la luna menguante,
como el día sofocante,
como beso de amor.

Como cada uno de ellos,
como todos sin excepción,
regresarás, seguro lo harás
pero como todos ellos
me habré ido también.

¿Es este el destino?
La ley de la vida.
No existe el amor,
sólo coincidencias.

Como los imanes,
unidos primero.
Luego un giro se dá,
y todo es distinto.

Pues este imán se irá,
lo diré sólo una vez,
cuando otro giro des
mi polo opuesto verás.


29 de Abril de 1998.
Colima, Col.

domingo, 1 de febrero de 2009

La isla



Despiértame cuando todo esto acabe. Déjame dormir este sueño. Déjame soñar este sentir que tengo por ti. Déjame sentir esta maravillosa aventura que recorre entre brincos los poros de mi piel. Déjame brincar sobre tus cabellos de ríos muertos. Los mismos ríos que alguna vez arrojaron mi navío contra tus escolleras, contra tus costas llenas de bancos y asesinas de barcos esperanzados con llegar a la costa sanos y salvos, y poder poner un pie en aquella tierra indómita que espera con ansia, pero también con depredación, aquel que habrá de llevarte al otro lado del infierno que disfrutas a cada momento de tu vida.
Déjame flotar por entre tus piernas, volar sobre tus carnes de color canela y admirar la vista desde mi aeroplano que desvive por vivirte, que se destruye al sentirte cerca, al igual que el fénix, resurgiendo de entre el dolor y del sufrimiento, de entre tu sudor y humo de cigarrillo. Volaré por los vapores de tu aroma y esquivaré tus ideas que disparadas saldrán de lo más profundo de tu incipiente e ingenuo orgasmo.
Déjame viajarte a pie. Déjame contratar al explorador que sobrevive en tu mente retorcida, que viaja mientras lo hagas viajar, que explora tu céntrico armazón, que camina en reversa y de cabeza, que solo mira hacia atrás y con los ojos del tiempo cerrados a más no poder. Déjame intentar el mapa. Intentar que intento una ruta que nadie conoce, que los sentimientos imponen y que la creatividad dispone. Que nadie sabe para quien trabaja, y el trabajo nunca mató a nadie. No quiero dejarte ver mis ideas que brotan a cada paso, pero sí quiero dejarte que me dejes dejarte.
Déjame ser alguien que piense que te quiere. Déjame salir de aquí y te prometo que nunca regresaré con las manos vacías. Déjame encerrado y contaré tu historia una y otra vez. Te haré (tu) historia y serás lo que siempre has querido ser. Seremos y seré lo que nunca soñamos, seres de ensueño, soñado y añorado, reptante y crepitante, seres sin ojos y con más piel, para darnos cuenta que seremos seres hechos para sentir, para dejar de ver, para volvernos eternos y morir hoy mismo. Hoy que ya ha pasado. Hoy que nada tenemos que hacer aquí. Hoy, que no fue nuestro día.

3 de Febrero de 2006.
México, D.F.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Vos en la carretera



Solemos viajar a distancias constantes, en tiempos relativos. Kilómetros de carretera, negro asfalto que llena mi pensamiento, que invade mis sentimientos.
Devorando distancias de líneas continuas, de números progresivos y flechas en curva.
Con tus incógnitas miradas, tan negras como el asfalto que pisamos, descifrándome en pedazos. Fumándome entre estertores ambiguos y tan llenos de dolor y olvido.
Atravesamos la idea verde que cubre tus parajes, que cubre tus ideas, que cubre de infamia tu rebelde osadía.
Y canciones que recuerdan los momentos prohibidos de antaño. Y se tornan canciones prohibidas por ende.
La caída sigue y sigue. Jamás a tocar fondo. La vida en caída libre. Con mis gritos llenando esta inmensa soledad. Rebozando mi negra soledad.
Y aunque cada vez falta menos para tocar el fondo que no habrá de llegar, aún me siento perdido en esta galaxia de manos fatuas y dioses tangibles.
Y bosques perdidos entre marañas de recuerdos y polvo de memorias destrozadas por tus irreprochables manos. Por tus inconcebibles manos que mancillan mi cara, destruyen mis brazos, perforan mi pecho.

10 de Abril de 2002.
Carretera 130 Federal. Tulancingo - Huachinango - Poza Rica -Tuxpan.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Veneno


¡Cuál sería su sorpresa al descubrir que, ni su pericia adquirida a través de 12 largos años en esos lugares pantanosos, ni sus botas de cuero grueso “garantizadas” contra cualquier colmillo de víbora, ni siquiera ese gran salto que pegó cuando se dio cuenta que había transgredido notoriamente el territorio de una de esas “rayadas calientes”, lo salvarían de su primer, terrible y súbita mordedura de víbora en medio del pantano “Azcatl”!
¿Cómo sucedió eso? Todo normal cuando paseaba por ahí. Caminando lentamente, moviendo primero toda clase de ramas para cerciorarse de que no hubiera víboras escondidas, los ojos bien abiertos. Después, un movimiento rápido: volteó y al instante vio la víbora abriendo las quijadas amenazadoramente, demasiado tarde para quedarse quieto y retiró velozmente el pié, dando un salto. Claro que había sido demasiado tarde, y los colmillos de la víbora de metro y medio se habían clavado en el tobillo de las botas, perforándolas y penetrando en la piel del pié.

Con el corazón a mil por hora trató de reacomodar la situación a su favor: había sido mordido por una víbora que, sino se equivocaba estaba entre las diez más venenosas de la localidad (45 minutos antes de las convulsiones, una hora antes de la muerte total. No era un pronóstico alentador), su jeep estaba a unos dos kilómetros de donde se encontraba (media hora de camino en el estado en que estaba), en el cual se encontraba un inhibidor de veneno (efectivo en un 75 por ciento de los casos, retardaba los efectos ponzoñosos hasta en media hora), 50 kilómetros desde el jeep hasta el lugar más cercano donde podían atenderlo (35, 40 minutos a 80 kilómetros por hora en un camino realmente malo.). Los cálculos y probabilidades estaban más o menos parejos, pero mientras no subiera su presión drásticamente y llegara el veneno más pronto al cerebro, mientras no tardara más de media hora arrastrándose entre la selva pantanosa mas bien tupida, mientras el inhibidor de veneno fuera efectivo en su caso y retardara por lo menos de 20 a 25 minutos, mientras el jeep subiera los 80 por hora, y mientras se apurara por que ya habían pasado tres minutos y el tiempo no iba a tener compasión de él…
Se imagino en un rally, o un acertijo contra tiempo. “¿Sería esto trampa?”, pensó mientras apretaba fuertemente las agujetas de sus botas “garantizadas” a modo de torniquete rápido. “Tendré que ir a reclamar a la tienda de que estas botas no impiden el paso de los colmillos de víbora… si salgo con vida”.
Comenzó a caminar cojeando un poco. Su velocidad era buena, de hecho, a esa velocidad podría alcanzar el jeep antes de los veinte minutos. Caminaba mientras veía lo mismo que había visto cuando llegó: El tronco gruesísimo de aquel árbol, la bolsa de papitas que algún turistilla había tirado por ahí, la planta rara media azulosa de la izquierda, el zapato de cuero negro sin tacón…
Comenzó a actuar el veneno en el pié. Primero era una especie de adormecimiento, luego evolucionó a una molestia local, después ya no tenía control del pie y al final comenzaba a dolerle. Una punzada potente, cada vez más fuerte. El veneno había entrado a torrente sanguíneo y comenzaba a afectarle el sistema nervioso. Comenzó a desesperarse. Aún le faltaba la mitad del camino y ya llevaba 10 minutos. A ese nuevo paso tendría que recuperar un poco de astucia que había perdido en la paranoia del veneno.
El adormecimiento avanzaba a la rodilla y el dolor crecía en intensidad. Se arrancó la playera y la hizo jirones. Se puso un torniquete –o algo parecido a un torniquete- un poco arriba de la rodilla. Con todo el dolor de su pie siguió avanzando, sus tropiezos eran cada vez más frecuentes y dolorosos. 15 minutos. Aún no había avanzado 500 metros cuando volvió a tropezar, pero esta vez fue definitivo. Su pie, ya sin control, se atoró en una raíz salida y al caer, creyó que se lo había roto al oir un débil crac. Lanzó un grito de dolor e impotencia.
Observó su pie con lágrimas en los ojos. Estaba doblado en extraña forma, por cierto no muy normal. Se lo había roto. “Bueno, por lo menos el dolor del veneno es mayor que el dolor de la fractura”, pensó lastimeramente. Entonces, requería más astucia. Tenía un miembro menos, llevaba 17 minutos y aún faltaba como tres cuartos de kilómetro. Tenía que pensar en algo rápido.
Recordó sus juegos de niño. ¿Eran las carretillas? Quien sabe, pero se puso a caminar con brazos y pies, de espalda al piso, con las manos por delante y con el tobillo roto doblado, para no irlo arrastrando. Se imaginó que la sangre comenzaría a correr más rápido, por el esfuerzo que implicaba el caminar así. El dolor comenzaba a desvanecerce del tobillo. Quizá ya se estaba entumiendo. Pero ahora el dolor había caminado a casi abajo de la rodilla. Metió la mano en sin fín de charcos y espinose inumerable veces. “Ya mero llego, ya mero llego”. Trataba de darse ánimos, pero estaba casi convencido de que no lo lograría. 24 minutos.
Por su posición no podía ver a dónde iba, y mucho menos podía esperar que su cabeza chocara contra la salpicadera del jeep. Suspiró aliviado. Estaba un poco mareado, y el dolor había emigrado al muslo. Rápidamente se paró, buscó en su maletín, sacó una ampolleta, y una jeringa. Vació el contenido de la ampolleta en la jeringa, se subió la manga, buscó la vena y se inyectó todo el líquido, prácticamente de un jalón. Se le formó una pequeña bola en el brazo, esperó un poco con el alma en un hilo, a que el antídoto se dispersara por todo el cuerpo, y a ver si haría efecto…
Pues el dolor había comenzado a ceder, se había calmado un poco, pero seguía lentamente escalando en su cuerpo. Oquei, aproximádamente tenía treinta minutos más de vida.
“¡Puta madre!”, gritó con todos sus pulmones. Las llaves, seguramente se le habían caído de la bolsa cuando caminaba con las manos en reversa. Buscó de nuevo, vació sus bolsillos a un lado del jeep y no encontró nada. Se calmó y trató de pensar fríamente. No podía regresar a buscarlas. Entonces encenderlo directo… ¿pero cómo? Habría que… ¡Pero que estúpido! Tenía llaves de repuesto por si las perdia, se las robaban o cualquier percance. Estaban sujetas al chasis con cinta aislante. Las arrancó y saltó al asiento, como alguien con un pie roto podría hacerlo. Ahora venía la parte interesante.
Desconectó la doble tracción: necesitaba velocidad y no potencia. Y tenía que aprender a manejar un estándar de tres pedales con un solo pie, en menos de seis segundos. Sobre la marcha. Encendió el vehículo, empujó su pie izquierdo a un lugar donde casi no estorbara y presionó el embrague con el derecho, mientras metía primera. Pero al soltar el pedal para empezar a acelerar, el jeep brincó para adelante y se apagó. No importa, ni había tiempo que perder. Repitió la operación y al querer acelerar, el carro brincaba y se apagaba. Bueno, esa no era la solución. Había que pensar en algo rápido. Ya iban seis minutos. No había bajadita como para arrancarlo en segunda y no podía empujarlo en esas condiciones.


“Vamos inventando algo”, se dijo con una sonrisa en la boca. Metió la la primera, puso el pie en el acelerador y se preparó a punto de darle la ignición al auto. “Solo espero que la marcha del jeep no sea tan chiquita”. Le dió la vuelta a la llave y el carro arrancó. Pero con primera puesta, el carro brincó hacia adelante y cayó, brincó de nuevo y cayó, brincó una vez más y fue entonces cuando hundió el pedal del acelerador. El chorro de gasolina en el carburador lo hizo reaccionar y el motor rugió, al momento de derraparse las llantas y salir disparado hacia adelante. Rápidamente soltó la llave y tomó el volante, metió segunda y rió a carcajadas. El viento que se sentía sobre el parabrisas, y el hecho de que había podido arrancar el auto, lo relajó lo suficiente como para olvidarse un segundo de su precaria sutuación. Botó la tercera, metió el clutch y también cuarta. Aceleró a fondo. Adelante se encontraba la parte mala del camino. Y apenas iba a setenta.
Forzó el motor y al entrar en la terracería, había alcanzado los ochenta y cinco. El carro brincó de un lado para otro bruscamente. Rebotaba en exceso y había veces en que parecía que había perdido el control del auto. Siguió avanzando, pero en un reojo, vio que la aguja marcaba apenas arriba de sesenta. Tanto brinco y rebote no le daban la velocidad requerida. Además, todo ese nerviosismo y stress, le habían aumentado la presión, y el dolor, aún leve, comenzaba a invadirle la pelvis, con cierto cosquilleo en el área abdominal. El reloj ya marcaba quince minutos y si había recorrido diez kilómetros a ese momento, era mucho.
Entre desesperación y tensión, sólo alcanzaba a pensar “Le voy a chingar toda la suspensión, y apenas le había cambiado amortiguadores la quincena pasada”. El velocímetro apenas por arriba de los sesenta por hora.
“Otro truco, a ver si funciona”, pensó y cargó un poco el jeep hacia su izquierda. Las llantas del lado izquierdo se subieron a la maleza que crecía a la orilla del camino y comenzaron a lanzar al aire miles de hojitas y bolitas con espinas. La estabilidad del todoterreno mejoró solo un poco. Las otras llantas aún rebotaban y brincaban en los charcos y baches. Probó acelerar un poco más y subió a setenta, poco antes de que comenzara a rebotar demasiado y la vibración lo sacase del camino. Tenía los brazos tensos y rígidos, no podía perder concentración en el camino y mucho menos el control del volante. Veintitres minutos y cruzaron la marca de los veinte kilómetros. Respiró aliviado. No quiso sacar cuentas de cuánto tiempo le iba a faltar.
El dolor ya había subido a la boca el estómago, y el cosquilleo estaba un su pecho. “Nomás falta que tenga el tiempo suficiente, pero que esta madre me provoque un paro cardiaco. O respiratorio.” Esperó un momento y no pasó nada. El dolor seguía, el cosquilleo también. No, no sentía nada anormal. De hecho, extrañamente nada. Observó sus pies, uno doblado extrañamente y el otro presionando el pedal del acelerador. La vista al frente, setenta por hora, veinticinco minutos, sus pies…
Tenía la duda rebotando en su cabeza. Y no se iba a quedar a gusto si no la despejaba. Como no quería dejar de acelerar, tuvo que hacer un sacrificio. Se hizo a la idea de que iba a arrojar su pie contra el pedal del clutch. Y le iba a doler bastante. Lo pensó y repasó, mientras seguía acelerando, las manos al volante y viendo la terracería. “Bueno, sin agua va. Unadostres…”
No pasó nada. No sintió dolor. Entonces era el veneno, que actuaba de anestésico. Pero no quedó conforme con la prueba. No lo había visto porque no podía despejar los ojos del camino. Tomó una decisión precipitada. Soltó el acelerador… Solo que tampoco sucedió nada. El jeep seguía avanzando a setenta por hora, y su pie seguía sobre el acelerador. Aterrado, comprendió todo de golpe. El veneno ya estaba atacando el sistema nervioso y le había inmovilizado de la cintura para abajo. El dolor ya estaba en el pecho y el cosquilleo entraba en sus brazos y hombros. Treinta y dos minutos y la marca de los treinta kilómetros. “Más adelante está la carretera”, pensó aliviado. Y efectivamente, allá se veía la cinta asfáltica. No había tiempo que perder. A los treinta y tres minutos tocó el asfalto, pero casi a sesenta por hora. El giro del volante fue brusco, las llantas chillaron horriblemente y el vehículo se sacudió por unos segundos, antes de tomar bien su carril.
Tenía ganas de vomitar. No había podido frenar porque sus piernas no le respondieron. Con una mano se empujó la pierna derecha y aceleró al máximo. Retomó el volante y se dio cuenta de que también sus manos comenzaban a sufrir el mismo efecto. Sus movimientos comenzaban a ser lentos, casi sin fuerza. Pensó una vez más. Sólo que ahora dependía del auto, ya que la carretera estaba desierta y aún faltaban quince kilómetros para llegar a la ciudad más próxima. Bueno, quizá a noventa y cinco por hora llegaba en menos de diez minutos. La ventaja es que la carretera no tenía curvas cerradas, si no my estilizadas y abiertas. No tenía la necesidad de bajar la velocidad. Aún cuando el todoterreno se inclinara estremecedoramente.
Los brazos se hacían más lentos, y con menos fuerza. El cosquilleo había alcanzado la punta de los dedos y comenzaba a subir por el cuello. El dolor avanzaba a los hombros. El manejar se volvía más difícil, tenía que tomar ambos carriles para dar las vueltas. Pero aún así, la carretera permanecía desierta. Hasta sus pensamientos se volvieron un poco lentos. Como que se adormecía.
Un claxonazo lo sacó de sus cavilaciones, y volteó para todos lados. Nada. Un destello en el retrovisor lo hizo mirar por el espejo. Un automovilista en un carro deportivo, rojo y descapotable le gritaba de cosas. Al parecer enfadado por la poca consideración que tenía al manejar. “Pendejo, manejo así porque me mordió una serpiente”, pensó mientras el convertible se deshacía en bocinazos y mentadas de madre. En una recta, en la que más o menos tomó un solo carril, lo rebasó, haciendo rugir los ocho cilindros de su deportivo y mostrando el dedo medio de la mano derecha. Solo hasta entonces se le ocurrió que el automovilista pudo haberle ayudado. Y el pretérito es correcto, porque el auto se perdía a lo lejos.
Las manos ya no le respondían, los ojos se le cerraban y el dolor ya había alcanzado la cabeza, pero ya era mínima la molestia. Su mente viajaba lentamente, pero por otros mares que no eran los de asfalto. Comenzó a pensar en incoherencias y estupideces. Comenzó a observar el paisaje, manejando el jeep a noventa por hora. Comenzó a cerrar más tiempo los ojos. Se le embotó la cabeza, se olvidó del hecho de que fuera manejando. Los brazos resbalaron del volante y cayeron en el asiento. Las llantas anchas del jeep comenzaron a devorar las líneas continuas de la división de carriles. El motor forzado a noventa por hora. La carretera desierta. Los ojos cada vez más cerrados. Una curva suave lo deja correr por la mitad de la carretera. Solitario. Pero él no se da cuenta de eso, sus ojos se han cerrado ya.



1997-2002
Colima, Col. - Cd. de México.

domingo, 19 de octubre de 2008

Guitarras



Dijo que no lo volvería a hacer y ahí estaba de nuevo. Sobre el tarimado, de espaldas al público y tocando la guitarra como si estuviera solo en todo el mundo. Ya no pudo seguir el ritmo de los demás, se concentró en las cuerdas de su guitarra, en el movimiento de sus dedos, cerró los ojos y esperó. Esperó largamente.
“No manches, carnal. ¡Otra vez! ¡Media hora! No podemos seguir así. Solo porque pudimos callarnos sin que se notara. Y porque eres bueno, eso no lo discuto. Pero no, Edgar. Ya no.”
Esas fueron las palabras que esperaba desde hace seis semanas, que se dio el primer altercado; pero las mismas que jamás hubiera querido escuchar. Alejandro lo miró esperando la respuesta.
“Disculpa, Alex. No lo volveré a hacer. No volverá a pasar. Te lo juro.”
“Lo juraste hace un mes, lo juraste hace una semana, lo juraste el miércoles, lo juraste ayer. Ya no jures nada… El martes nos pagan, si quieres te das una vuelta por la casa para darte tu parte.”
Y sin más que agregar, el vocal, el baterista, el sax, el bajo y el teclado se dieron media vuelta y enfilaron a la camioneta Ford 79 que compraron con sus dieciséis primeras presentaciones. Él se quedó solo en la calle.
Fue al Café Gazzama y se sentó en una mesa cerca de la esquina, acomodó su guitarra en la otra silla y esperó al mesero.
–Un café.
Sorbió poco a poco su café, no quería quemarse la lengua como hace ocho días. Encendió un kamel y volteó para buscar al mesero y pedir un cenicero. Una muchachita de unos diecisiete, con uniforme del café le llevó un cenicero de herrería, un poco oxidado. Supuso que tal vez así era el cenicero para combinar con la arquitectura vieja del lugar. Le dejó el cenicero en la mesa y antes de irse le sonrió. Edgar no le tomó importancia al hecho, solía suceder cuando cargaba la Fender.
Hizo que el café le rindiera lo que el cigarro, o viceversa, y le pidió la cuenta a la muchacha.
–Te propongo algo. Si tocas algo para mí, cualquier cosa, el café corre a cuenta de la casa.
Edgar la vio un momento directo a los ojos. Ahora su sonrisa le pareció más sincera.
–Mi propuesta es la siguiente: me dejas pagar la cuenta y te espero a la hora que termine tu turno para que me escuches tocar sin problemas.
La chica dudó un poco, pero aceptó. Y cinco minutos después ya estaba a lado del guitarrista.
“¿Tan pronto?” “Mi padre entenderá.”
Y juntos, salieron del lugar y echaron a caminar por la calle, a las 10:47 de la noche. No hablaban, solo caminaban con la vista al piso. Pasaron por un parque.
–Ven –susurró Edgar a la chica del café.
La chica se sentó en una banca y él, de pie, comenzó a tocar una melodía lenta, parsimoniosa, melancólica. El ritmo cambiaba lentamente a uno triste y doloroso, evolucionando después a uno lleno de angustia y preocupación. Los ojos cerrados y los dedos concentrados llamaron la atención de la chica, que aunque era tarde, el sueño aún no la vencía. Casi una hora después y cuando el ritmo de la guitarra era ya solitario y nostálgico, ella se durmió.
Un haz de luz potente la despertó, mas no abrió los ojos y trató de huir de la luz. Una voz metálica e indescifrable gritó algo. ¿Una patrulla? El guitarrista habló largo rato con ellos, sacando credenciales y señalando la guitarra miles de veces.
“Nos tenemos que ir”, dijo.

Edgar bajó del destartalado camión y preguntó al señor bigotón con sombrero raído donde estaban.
El hombre lo miró como el gato mira la lechuga y farfulló un nombre. Pensó un momento y se decidió. Subió de nuevo al camión solo para bajar su mochila casi vacía y su guitarra. Volteó a ambos lados de la terminal de autobuses y echó a caminar como si alguien lo estuviera esperando afuera de la terminal.
Caminaba por una avenida desconocida. Árboles frondosos y verdes en el camellón. Arbustos pequeños en las aceras. Carros a altas velocidades. Camiones urbanos con anuncios de colores estridentes en toda su estructura. Y ahí los taxis eran de otro color. Bueno, ese era un lugar tan bueno como cualquier otro para comenzar lo que dejó pendiente. ¿Pero qué había dejado pendiente? Con apenas doscientos pesos en la cartera decidió parar un taxi y comenzar la búsqueda.
El taxista lo llevó a la zona barroca de la ciudad, o lo que los lugareños conocían como la “Ciudad Vieja”. No estaba demasiado lejos del centro de la ciudad, pero estaba por la parte de atrás, es decir, al lado contrario de los comercios y la zona turística. Era tranquilo, lento y húmedo. Los árboles eran viejos, las casonas de piedra y se podía escuchar a algunas avecillas trinar. Le recordaba a la colonia San Isidro en sus ciudad. Prácticamente idéntica.
Después de disfrutarla un poco, entró a un café que parecía tener bastante afluencia.

–No, chavo. Un chico viene a tocar por las tardes los fines de semana. Ahorita no ha llegado, no sé por qué. Pero entre semana esto está muerto. No te puedo pagar, no me salen las cuentas.
–Bueno, le propongo algo: Si su chico no llega, yo toco en su café de a gratis. Pero si a los clientes le gusta lo que yo toco y el ambiente se anima, Usted me contrata. ¿Le parece? –propone Edgar. El dueño el café lo piensa un poco. Después de pensar cómo despedir al otro mono si se da el caso de que éste chavo sea mejor que el otro, le dice:
–Sale, pues. date una vuelta en media hora, si no ha llegado el otro chavo, la silla es toda tuya por hoy.

Probó suerte en otros cafés de por ahí, en caso de que no se quedara en el primer café, pero en todos recibía una respuesta similar. La media hora se cumplió y regresó al primer café. desde afuera observó el café a través de un ventanal. El dueño servía un café express y sacaba un pay de fresa del refrigerador. Un mesero llevaba varios platos a la mesa de la esquina y la silla del chavo que tocaba la guitarra estaba vacía. Entró como si fuera dueño del lugar, se dirigió directamente a la sillita, se sentó y con una seña, le dijo al dueño que le encendiera el micrófono. El dueño lo miró irónico por un momento, pero al ver la mirada fija del chavo en su guitarra, sonrió y encendió el micro.
–Buenas tardes, estimables clientes. Espero estén disfrutando…

Ese día en el café estaba particularmente solitario, y decidió que no tocaría. Terminó lo que quedaba en la taza de café de un sorbo y se levantó. Esto está muerto, le dijo con voz baja al dueño del lugar mientras caminaba a la salida en forma de excusa por no tocar. Ya afuera, echó a caminar con paso lento. Cargaba la guitarra con la mano derecha, y en la izquierda portaba un Alita sin filtro. En la esquina lo arrojó al asfalto y subió al Torres-Cristo, que lo dejaba a dos cuadras del cuartito que estaba rentando.
Giró la llave y empujó la puerta con el pie. La puerta se destrabó e hizo un ruidero de lámina golpeada. Del cuartito de alado se escuchó un shhhhh prolongado. Edgar hizo una mueca y azotó la puerta una vez que hubo entrado. El shhhh fue apagado por el grosor de las paredes. Dejó la guitarra en una esquina del cuartito y se arrojó al camastro, el cual venía incluido con los 150 pesos de renta. Recordó que no tenía nada para cenar, entonces se levantó, abrió la puerta y cerró con gran estruendo. El shhhh no se hizo esperar.

Sacó los doce pesos que ganó de tocar en el Torres-Cristo y pagó el litro de leche, los Alitas, las dos teleras y aún le alcanzó para el chicle motita de uva. Tomó sus cosas y salió pensando que ya faltaba menos para el jueves, día de paga en el café. La noche ya había caido y el alumbrado público comenzaba a encenderse. Su caminar era lento y rítmico. Alzó un momento la vista, sólo para ver que algunas chicas con ropas cortas y demasiado maquillaje salían de sus casas contentas y riendo entre ellas.
–Hola, guapo. ¿Quieres divertirte un rato? Un varo por ser del rumbo –le dijo una mujer que pasaba los treinta y cinco. Edgar sólo la miro sin dejar de caminar.
–Este… no, ahora no. No tengo dinero. Todavía no me pagan.
–Aquí estamos, papacito. Cuando quieras.

Mientras cerraba la puerta con el pie vio la hora en su reloj. Shhhhh. Encendió el foco de 75, dejó las cosas junto al camastro y sacó de su mochila una libreta francesa. Maltrecha. La abrió en la siguiente hoja en blanco, sacó un bolígrafo negro y tomo su guitarra. Dio unos acordes básicos antes de sacar la leche, las teleras y los Alitas. Sivió leche en una lata de cerveza Corona vacía, cortó un cacho de una telera y volvió a tomar la guitarra. Dio acordes inventados y tocó rolas conocidas hasta las doce y treintaiseis.
El ruido de los coches afuera no lo dejaba concentrar. Dejó la guitarra a un lado, y salió a respirar aire fresco.
–Claro, aire fresco es un decir –pensaba Edgar mientras abría la puerta y miraba la escena. Vivía a una casa de la esquina, y en la encrucijada de las dos calles estaba repleto de automovilistas, motociclistas, peatones y teporochos tratando de regatearle a las chicas de ropas cortas, aunque fueran veinte pesos.
–No, mi macho. Ya te dije que no. Si quieres que te haga eso te va a costar –escuchó que una mujer muy morena le decía a un hombre mayor que viajaba en un Renault morado. Las voces, el ruido de motores, los taconazos en la banqueta y las risas femeninas se fundían para dar lugar a esa particular mezcla de la que era cotidiano ver en esa colonia.
Encendió un Alitas con cerillos. Se estaban acabando y ya no había dinero. Se recargó en el marco de la puerta y procedió a fumar. Sonrió, parecía padrote viendo la fábrica de dinero.
–¿Te sientes padrote o qué? –oyó una voz a sus espaldas. Volteó y observó azorado a la muchacha que le decía eso. Zapatillas de tacón rojas, medias negras, liguero, una minifalda negra tan corta que cualquiera podría decir el color de los calzones sin temor a equivocarse y una blusa rosa con barbitas, las cuales cubrían más que la propia blusa. Maquillaje al extremo y uñas pintadas de un amarillo brillante.
–Este… no, sólo me estoy fumando un cigarro.
–Más te vale. No queremos que nadie venga a padrotearnos. Nosotras podemos solitas, además todos los hombres son igual de pendejos.
–En eso estoy de acuerdo –mencionó Edgar, pero con cautela. Ella lo observó despacio.
–Regálame un cigarro.
–Sabes, serás muy brava y yo seré igual de pendejo que todos los hombres, pero si quieres talonearme un cigarro, tendrás que pedirlo, no exigirlo –replicó Edgar. Ella respingó y ahora lo observó con mayor detenimiento, sin dejar de levantar la ceja izquierda. Después, sonrió.
–Jajaja, me saliste más cabrón que bonito. Y eso que no eres feo. Va pues: ¿me regalarías un cigarro, por favor?
–Claro que sí, guapa.
–Momento, momento. El que te pida un cigarro con educación, no significa que te estoy dando la libertad de tutearme, piropearme o acostarte conmigo. Para eso voy a la esquina y hasta me pagan por eso. Cuatro cincuenta por acostón. Y eso que ya me devalué.
–Sí, disculpa. Creo que estaba agarrando demasiada confianza. ¿Quieres el cigarro?
–Claro. Y por mí puedes agarrarte lo que quieras, mientras no me agarres a mí y te vayas sin pagar.
–Ya vez. Ahora me estás albureando.
–Jajaja, las pescas al vuelo. Soy Laura, pero todos me conocen por… Samanthaaaaaa.
–¿Tu nombre de batalla?
–Exacto. ¿Qué, no te animas? Mira, no estoy tan mal. Y me sé unos trucos que te van a gustar… mmhhhh, vas a gritar y a pedir más. Garantizado.
–Jejeje, no, gracias. No es por que no quiera. Me disculparás, estás muy buena/
–¡Claro!
–…pero el impedimento es el varo. Precisamente en estos Alitas se me fueron los últimos tres pesos que tenía.
–¿Neta? N´hombre, sí estás jodido. Sale, pues. Yo me voy a ganar el salario con el sudor de mi frente… bueno, no precisamente mi frente, pero mi sudor me cuesta de todos modos –y se fue con una carcajada a la esquina. Escuchó a las otras chicas chiflarle, y uno que otro “mamacita” con voz masculina. La vio alejarse, casi de inmediato un tipo la abordó, pactaron precio rápidamente y se metieron a un cuartucho cercano a la esquina. Se apagó la luz. Edgar arrojó la colilla y se metió a su cuarto. Cerró la puerta, se escuchó un shhhhh y se apagó la luz del foco de 75 watts.

–Mira, chavo. No tocaste tres días. ¿Así quieres que te pague?
–Pero eran días en que no había nadie. Aquí estuve el fin de semana. Y no me diga que no estuve todo el día… bueno, desde las cuatro. Desde las cuatro hasta las dos, que cerró el sábado.
–Pues sí, pero también te echabas tus descansos de media hora… y lo que te tragaste.
–Fueron tres descansos. Hora y media en… en diez horas de trabajo. Y lo que me tragué… ya habíamos acordado eso, Don Rodrigo. ¿O ya se está echando para atrás?
–…
–Dígame, me va a pagar o no. Así de fácil.
–Tá bueno, muchacho. Pero por cada día que me faltes la próxima semana, te voy a descontar cincuenta varos. ¿Estamos?
–Estamos.

–¿Quién?
–Soy Laura. Quiero un cigarro –grita desde afuera. Edgar hace una mueca y miente.
–Ya no tengo –la carcajada del exterior brota al instante.
–No seas pendejo. Ábreme –Edgar deja la guitarra sobre el camastro y abre la puerta. El shhhhh y el golpe de luz llegan al mismo tiempo. Laura entra como remolino. Cuando Edgar se da cuenta, ella ya está acostada sobre el camastro, tocando las cuerdas de la guitarra y observando el cuaderno forma francesa. Se ve… diferente. Ahora viste unos yins ajustados, una playera blanca, un poco trasparente, y porta mucho menos maquillaje en el rostro que el otro día. Se ve bien, juzga Edgar.
–¿A poco tocas la lira? ¿O nomás le rascas la panza al gato?
–La toco, no muy bien pero ahí la llevo.
–¿Qué crees? –dice Laura, sin dejar a que termine de hablar Edgar. –Dicen que eres puto, puñal, mariposon, marica, jamaicón, volteado, bateas par/
–Sí, sí, ya entendí.
–…por no querer acostarte conmigo el otro día. Yo les dije que no quisiste por que no tenías varo, ¿edá? Y pues entre todas me eligieron para darte la bienvenida. Así que, aquí estoy.
–No entiendo. ¿Qué bienvenida?
–¡Uta! nomás eso me faltaba. ¿Entonces sí eres maricón? Haberlo dicho ant/
–No soy maricón. Pero no entiendo de lo que hablas.
–¡Ah, vaya! Pues mira, como eres nuevo en el barrio, tienes el “privilegio” de acostarte con una de nosotras hasta que te canses, o hasta que sean las doce, lo que suceda primero. Pero nosotras decidimos a quien te coges. Bueno, las demás me eligieron a mí. Por aquello de que nos vieron platicando la otra noche.
–¿En serio? ¿Eso acostumbran aquí? ¿Y por qué hasta las doce?
–¡Es en serio! Y tanto como acostumbrarlo, pues no. Jejeje, hasta las doce por que es la hora en que empieza la chamba. Pero si no quieres coger, por mí no hay problema. Total, no entra en el kilometraje y me mantengo como la menos peor –explica Laura y comienza a levantarse de la cama.
–No, bueno, no es que no quiera. De hecho ya me aburrí de coger yo solo. Pero, ¿así de frío y maquinal?
–¿Quieres que te traiga flores y te cante serenata para que cojas conmigo? ¿Chocolates? –ironiza Laura mientras se quita la blusa y arroja los tenis a los pies de Edgar. No hay brasier y Edgar cree distinguir unas cicatrices de brasa de cigarro en sus brazos. –Quita tu mugrero, que no vamos a caber en la cama con la guitarra a un lado. ¿Qué? ¿Coges vestido? Me han tocado clientes locos, pero tú…
–N-no, ya voy –tartamudea y pierde más tiempo viendo como Laura se despoja de su pantalón sin el menor pudor, que zafándose los tenis. Laura termina de desnudarse, arroja sus calzones a la cara de Edgar, suelta una carcajada y se mete al camastro. Edgar trata de no evidenciar su erección al quitarse el pantalón, pero la sonrisa pícara y burlona de Laura lo desinhibe. Se desnuda y salta a la cama, pensando: “Caray, está bien buena”. Laura ríe, se acomoda y antes de abrir las piernas le dice:
–Quítate los calcetines.

–Es niña. A ver si no sale igual de puta que su madre.
–¿Y el padre?
–Es un pendejo. Ni siquiera es El Pendejo, es un pendejo cualquiera. Pendejo y mediocre. Hasta para coger era pendejo. Se montaba, se venía a los seis minutos, se daba la vuelta y se quedaba dormido. Ya hasta me da vergüenza decir que es el padre de mi hija.
–¿Y dónde está? ¿No te ayuda con la niña? –pregunta Edgar y Laura suelta la carcajada, junto con todo el humo. Tose y vuelve a fumar.
–Ahora sí que me hiciste reir. En primera, lo mandé a la chingada. Su pendejez me fastidió. ¿Ayudarme? Era tan pendejo que no podía mantener un empleo por más de tres días.
–Y si era tan pendejo, ¿por qué estabas con él?
–¡Ah, bueno! Estaba bien papacito, y tenía unas nalgas… ¡Así! –hace una expresión con las manos antes de soltar otra carcajada. Apaga la colilla en el suelo. –¿Qué? ¿Ya te cansaste?
–Mmmhhh, creo que no. Pero me gusta platicar. ¿A qué edad la tuviste?
–A los diecisiete. Joven y pendeja, veía la vida color de rosa.
–¿A los diecisiete? ¿Pos cuantos tienes? Dices que todavía no camina…
–Dieciocho. Bueno, realmente la tuve a los dieciseis y realmente tengo diecisiete. Pero tuve que falsificar mi acta por si me agarra la tira y me quiere quitar mi permiso de piruja.
–Y dices que “veías la vida de color rosa”. Todavía estás joven y… pendeja.
–Pos no creas, ¿eh? Todas esas cosas que te pasan, te cambian. Hacen que veas todo desde una perspectiva diferente. Como que te hacen madurar.
–Ha de ser dificil criar un hijo tan joven.
–Ni tanto, se acostumbra uno. Ya son las ocho y media. ¿Nos echamos otro?
–Este… pos bueno.

El ruido del exterior no lo dejaba dormir, pero tampoco quería salir a fumarse un cigarro. Decidió fumarlo acostado en la cama y utilizar una lata de refresco como cenicero. Los gritos femeninos desde afuera le taladraban los oídos, y el ruido de los motores embotaban su cerebro. Cerca de las cuatro, y con 11 cigarros menos, le ganó el sueño.
Despertó, pero con una mujer desnuda abrazándolo. Eran las once y media.
–Oye, Laura. ¿Qué haces aquí? Despierta.
–¿Mmh?
–¿Que qué haces en mi cama? Ayer que me dormí no estabas aquí. ¿Cómo entraste?
–Tú me abriste. Déjame dormir un rato –murmuró somnolienta. Edgar trató de recordar si le había abierto la puerta. Tenía una vaga sensación, pero nada seguro. Trató de olvidarlo y se metió a bañar. El agua estaba helada y había una lata de cerveza detrás del inodoro. Vacía. Se vistió, tomó su libreta, su guitarra y salió del cuartito. El shhhh se escuchaba un tanto desvelado.

–¿Ahora si me vas a explicar?
–¿Mmmh? ¿Qué quieres que te explique, guapo? –bostezo.
–¿Cómo entraste a mi casa? ¿Por qué entraste? ¿A qué horas, y qué hace una chela en mi baño?
–Ya te dije que tú me abriste. Eran como las seis, bueno, exactamente no sé, pero aún no amanecía. La chela es mía, me tomé esa y otra… creo. Se me cayó cuando estaba haciendo pipí. Por cierto, dejé un seis en el depósito de la taza. Me sobraron y era para que no se calentaran.
–Bueno, está bien. Pero, ¿por qué mi casa, por qué no te fuiste a la tuya? No está muy lejos, sabes.
–Eso sí, pero es más rico despertar con alguien a lado, que solito.

Tomó sus cosas, las arrojó dentro de la mochila y encendió un cigarro. Fue al baño, y mientras meaba, revisó el depósito de la taza. No encontró las seis cervezas que Laura había dicho, pero encontró cuatro. Tomó una y la abrió. Bebió despacio más de la mitad del contenido de la lata. Fumó de su cigarro y se subió el cierre. Tomó su guitarra, se colgó la mochila en el hombro y salió a la fiesta de todas las noches sobre su calle. No cerró la puerta, sólo la emparejó y echó a caminar en dirección contraria a la fiesta de labial y billetes. Unos ojos castaños lo miraron alejarse desde una esquina, y esperaron un poco a que el muchacho volteara la vista para despedirse. Jamás supo si el muchacho volteó, la luz que iluminaba su espalda era muy escasa y pronto se perdió de vista.

Ya llevaba seis horas sentado en ese camión y apenas comenzaba a amanecer. ¿Cuál era el rumbo? La señorita que le vendió el boleto con cara de fuchi, le había dicho el nombre del lugar hacia donde se dirigía, pero lo había olvidado. El camión llegó a una ciudad a los diez minutos después el amanecer, y todos los pasajeros comenzaron a bajar. Edgar también bajó y antes de echar a andar, tocó el dinero que traía, sin meter la mano en el bolsillo.
–Como veintidos pesos –murmuró para sí mismo. Recordó como la vieja que le vendió el boleto se le quedó viendo cuando le preguntó que a dónde le alcanzaba con 180 pesos. No pudo evitar mostrarle todos los dientes estúpidamente, cuando le entregó el boleto. Viejos recuerdos, buenos recuerdos; pero ahora necesitaba mirar a delante. Preguntó a un chavo que vendía jugos y licuados en la central de camiones para donde quedaba el centro, y enfiló directamente.
Ya llevaba como veinte minutos caminando, cuando una chica, que llevaba la dirección contraria por la misma acera, lo vió con la guitarra en la mano. Sus labios rosas y brillantes se curvaron en una sonrisa. Edgar contestó la sonrisa, y cuando se cruzaron, aspiró el olor de su perfume. Se detuvo y volteó para preguntarle la hora, preguntarle su nombre y platicar un rato, pero sólo la vió alejarse. Se quedó unos segundos parado, viendola doblar la esquina, y siguió caminando rumbo al centro. Ya iban a ser las ocho.

22 de Septiembre 1999 – 26 de Septiembre de 2001.
Colima, Col. – México, D.F.

domingo, 5 de octubre de 2008

Espejo retrovisor


Y cuando menos pienso en ti, cuando evito recordarte, me doy cuenta de que estás cada vez más cerca. Estás casi a mi espalda. Estás casi leyendo sobre mi hombro estas líneas sobre ti. Y me doy cuenta. Siento esta respiración en mi oído, casi puedo escuchar lo que estas pensando.

Pero estoy solo. Casi no te escucho. Casi puedo jurar que estás a kilómetros de distancia. A miles de sucesos de donde me encuentro. Los objetos en el espejo retrovisor están más cerca de lo que aparentan.

Pero siempre será el espejo retrovisor. Cada vez que mire hacia atrás. Cada vez que tenga un camino por delante, una vuelta, una bifurcación. Y no quiero verte por el espejo, no quiero verte en el asiento de atrás. Ni mucho menos al lado del camino, con tu silueta haciéndose cada vez más pequeña, hasta volverse un punto difícil de distinguir en mi espejo.

Quiero verte a mi lado. No importa que no vea el camino, no importa que tenga que voltear para verte en el asiento de a lado, y deje de mirar la línea continua que descansa sobre el asfalto. Quiero respirar tu aroma, quiero que tu cabello descanse sobre el asiento, quiero que me digas, que me exijas que baje la velocidad, que me cuentes historias, que extiendas el mapa y me expliques que carretera tomar, que pongas esa música que te gusta y me hace soñar...

Y si no sigues mi camino, si no haces mis pasos, entonces camina los tuyos pero que los míos jamás interfieran con los tuyos, que no metan ruido, dejen a fuera la interferencia, y jamás levanten polvo. Que yo sabré que estás bien. 
Estoy seguro de ello.


Colima, Col.
2 de Junio de 2002.

miércoles, 23 de julio de 2008

En el camino


Patéticamente anormal es ahora, cuando tomamos por este camino en el que no existen desviaciones, ni vueltas, ni retornos. No existe la reversa y a veces dudo que existe un adelante. El asfalto se pega a las llantas como esos chicles frescos y aún húmedos que simplemente aparecen debajo de tu zapato cuando ya no hay modo de saltar, de evitar la goma de mascar; o mejor aún, se pega como la suela de los tenis a la banqueta en esos días en que el calor parece tener rienda suelta y corre como demonio por las calles, mientras que deja atrás el viento que calmaría ese bochornoso día. Pero las llantas del coche siguen trabándose, siguen derritiéndose y cada vez avanza menos, y nos aletargamos más.
Y no solo las llantas son las que se pierden en el paso del tiempo, también las señales, las líneas de la carretera y hasta la visión a través del parabrisas. Ves a los limpiadores funcionar sin nada que limpiar, y eso en un momento porque ahora ya ni siquiera están los limpiadores, ni la palanca que los acciona, ni donde debería estar sujeta la palanquita. Uno mismo ve con asombro cómo deja de avanzar lentamente, como pierde el espejo retrovisor y el marcador de gasolina. Cómo deja atrás medio motor y los faros con las altas puestas siguieron de largo y lo dejaron a uno aquí botado. La palanca de velocidades hace tiempo que dejó de existir y tu asiento prácticamente está siendo comido por termitas que, por supuesto, ya no están. ¿Qué haces contra eso?
A veces pienso que pienso demasiado, pero a veces pienso que realmente no estoy pensando tanto, y lo que pienso son puras tonterías. Pero es difícil pensar cosas coherentes cuando tu auto acaba de desaparecer bajo tus ojos… y bajo tu trasero, porque después de todo, en él ibas sentado. Además, es medianamente estúpido el estar esperando aventón de alguna persona que pase por ahí, cuando lo primero que viste que ya no viste más, fue la propia carretera. ¿Dónde demonios se pide aventón en una carretera que no existe para llegar a un lugar que no va a estar ahí cuando uno llegue?
Es por eso que para evitar pérdida de tiempo (y consecuentemente comenzar a dejar de verse uno mismo) comienzo a caminar rumbo a no sé donde y espero que sea el correcto, porque para estos momentos, creo que el sol ya no me indica para dónde es el oeste y cuál el oriente. Me indica que estoy totalmente perdido y que cualquier cosa que haga de ahora en adelante, será ganancia. ¿Ganancia para quién?
Tal vez debería decir que ganancia para qué, porque a lo lejos parece venir un coche que pueda darme un aventón a cualquier parte que no sea este remolino que me sacó de mis casillas y me devolvió a este imprudente destino que aún no encuentro cómo llegar. Aunque para estos momentos estoy pensando que podría suceder lo que en léxico vulgar se denomina reacción en cadena. Y es que pensándolo prospectivamente, podría suceder que si esa persona viene en esta dirección, entonces vaya rumbo a la dirección que yo tenía en un principio, y a la que es probable que llegue con cierto retraso. Entonces al darme aventón, podría suceder de nuevo lo que sucedió en algún momento, y quedaríamos en el punto de inicio (pero término al fin y al cabo) y no existiría desplazamiento neto desde mi punto de vista.
Ahora, que si sigue de largo y no me da aventón, es probable que también le suceda lo que sucedió, porque el punto de partida es similar y el destino ídem, aunque no tendría porqué desearle mal a alguien. Es probable que él llegue a su destino, aunque para mí el resultado de movimiento seguiría siendo cero.
Y a la postre, pues creo que no sucederá lo que quería que sucediera, y veré a lo lejos el coche que perderá velocidad, intensidad y color. Entonces se transformará en un punto en movimiento que tendrá un inequívoco color gris que poco a poco irá desapareciendo junto con el objeto que lo portaba y quedará una figura humana, que de lejos bien podría ser de una fémina por la falda que porta y el cabello que le revolotea alrededor.
Al verse desamparada y sin la presencia de su automotor que debería de conducir hasta el destino que ella eligió, y no desparecer así nomás, como por arte de magia, caminará unos minutos (que además deduzco que ella no poseía la misma potencia o intensidad que me poseyó a mí, ya que su auto la abandonó varios cientos de metros más atrás, si tomamos en cuenta la dirección origen-destino) y llegará ingenua y despreocupada a mi lado, tratando de aparentar (será muy buena actriz) que nada anormal sucede por estos días y nada podría ya sorprenderle, excepto el que alguien encienda un cigarro de “esa” marca y a pesar de eso, no le haya ofrecido primero, caray, que modales tiene la gente hoy en día. Obviamente soy un estúpido palurdo que no ha leído a Carreño y lo profesa a los cuatro vientos diciendo que tiene ella razón, que desde hace unos momentos estaba yo pidiendo aventón (perdón, ride) y ningún alma se apiadó de esta alma que tan necesitada estaba. Y claro es, que después de haber hecho enésimos ademanes para sugerir que ella también quería fumar, tuvo que rebajarse a pedirme un cigarro, por favor, aunque sea de “esa” marca. Ah, pero como no, si un cigarro no se le niega a nadie, excepto al inepto que te pide cigarros día tras día, como si a uno no le costara sobarse el lomo para sustentar su vicio, ¿verdad? Con el cigarro a escasos dos centímetros de la boca y en espera de una llama que se acerque a inicializar el consumo consecutivo de su tabaco en tubo, omite la respuesta y comienza a asombrarse de cómo es posible que exista alguien en el mundo que sea tan vulgo, tan ordinario y tan falto de tacto y educación. Por supuesto a estas alturas, ya me he dado cuenta de cómo es el juego, y le tiendo el encendedor mientras advierto falsamente que a veces no prende, pero si le sigues, ya jala. El encendedor, obedeciendo a mis mentiras, no quiere prender y ella hace un gesto atenuado por el cigarro y persiste en su intento hasta lograrlo, tenderme el encendedor y no dirigirme la palabra mientras ve hacia el lugar de donde creé que llegó, pero por una extraña razón, yo sé que no es ese el lugar por donde llegó.
Es bella. Zapatos altos, pelo suelto y casi rizado, negro, ojos (imagino, porque los lentes no me dejan verlos bien) grandes y brillantes, boca carmín y una piel que se antoja besar a cada instante. Podría jurar que su desamparo lo oculta tras esa conducta de prepotencia y soberbia, pero aquí entre nosotros, espera que proponga una solución. Y como el buen caballero que soy solo le pregunto que a dónde iba. Alza casi imperceptiblemente un hombro y fuma con delicadeza. Y de dónde venía, si no es indiscreción. El mismo hombro y otra fumada. Bueno, y ahora que hacemos, ya que los dos estamos varados aquí, en medio de algún lugar que no sabemos ni siquiera cuál es. Gira exorcistamente la cabeza, clava su mirada en mis ojos cínicos y divertidos, y vuelve a su posición habitual. Ah claro, su respectiva fumada. Solo alcanzo a pensar que si seguimos así, pronto se acabarán los cigarros.
Con el viento caliente y apenas perceptible, su falda ondea como en película y sus piernas (en efecto) de película se dejan ver más arriba. Supongo que no querrá tener un poco de sexo casual conmigo en la arena, y sólo lo pienso, no vaya a ser que las altas esferas de la sociedad y abolengo hayan desarrollado prodigiosamente el oído así como lo hicieron con sus glándulas venenosas.
Bueno, exactamente no sé de dónde vengo ni a dónde voy, pero iba hacia allá, y hacia allá voy a ir, aunque llegue un poco tarde, el tiempo nunca ha sido alguna de mis prioridades, ¿gusta? Y sin esperar respuesta me echo a caminar lentamente, para darle tiempo de réplica o seguir mis pasos entre esa arena tan parecida al talco en consistencia. Lamentablemente, no se le ocurre ningún sarcasmo a tiempo para que lo pueda oír, y sus pasos me siguen solo hasta que estoy lo suficientemente lejos como para sentirse realmente desamparada y casi gritar que ella también iba para allá, y no le importaría que la acompañe. Sonrío.

México, D. F.
21 de Junio de 2004.