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sábado, 15 de mayo de 2010

Polvo de estrellas



¿Que sucede cuando no tienes cohesión? Claro, sales disparado en todas direcciones, infiltrándote en las más curiosas situaciones. Te despedazas en miles de pequeñas particulas, como polvo cósmico. Pero la supernova para después, aún no es tiempo.
Simplemente viajas en todas direcciones a la vez, y dejas que tus pensamientos sean más grandes que tu, que el magnetismo que te mantenía unido se vuelva una especie de licuadora.
"Así que, estás hecho pedazos, ¿eh?"
Bueno, pues avanzas tan rápido que la teoría de la relatividad se vuelve obsoleta y vuelves por ti, cada vez antes, cada vez más temprano.
"¿Ya cuantos eres?"
Y eres todos pero no coagulas en ninguno. Aquella persona extraviada en el súper, o la que se cayó en plena explanada de la escuela en el recreo, o la otra que se quedó observando la luna de queso después de hacer el amor en el asiento trasero de un Valiant 76. Pero no, tampoco estás ahí. Sigues viajando por días y días.
Y el polvo estelar comienza a aplicar la teoría relativa pero de lugar. Te alejas tanto que tiendes a estar de nuevo en el mismo lugar.
"¿Pero estás lejos, no?"
Te fragmentas como una gigantesca constelación. ¿Que pasa si te ves desde otro lado, de otro planeta? Te vuelves otra constelación. Pasas del gigantesco oso al estúpido idiota parado en la esquina. Y así son millones de años.
Pero cuando ya estás marinado y listo para afrontarlo, comienza la ebullición. Comienzas a perforar termómetros con saña y demencia. Comienzas a botar tapas y matar lagartijas. Tu supernova te espera, lista para darte tu merecido merecido.
La ebullición te presiona los tímpanos y te araña la piel. Te aplasta, te amasa, te anuda. Te mete poco a poco en los espacios que deja el corcho de tu vino tinto a 12 grados. Mayor compresión. Hasta que es casi inevitable el estallido. Pero solo hasta entonces, te voltea a ver con esa mirada burlona y la sonrisa cínica y destructiva en sus labios. Claro, el dolor es insoportable.
Y entonces piensas -¿piensas?- que todo eso para qué. ¿Para qué quieres estar convertido en una masa viscosa y maloliente a mitad de tu mísera existencia? ¿Qué de divertido tiene estar aplastado contra el vidrio, contra el asfalto, contra la lámina caliente y doblada de tu auto recién chocado y con las llantas aún girando, mirando al cielo? ¿No preferirías tomar una piña colada recostado sobre un pasto tan verde que ni sus ojos pudieran compararse? ¿Ser de verdad polvo estelar? ¿Mirarte a ti mismo desde un lugar tan alto que sólo creas que eres tu?
Bue... entonces ajustas bien el nudo a tu cuello y pateas la silla en la que estás parado.



Colima, Col.
15 de Mayo de 2010.

lunes, 22 de junio de 2009

Goya



Se fue enredando más y más hasta que acabó con una 38 en las manos, detrás de una barricada de automóviles, debajo del circuito escolar, cerca de la Facultad de Química en C.U.
¿Cómo llegó hasta ese punto? Fueron cambios tan graduales que apenas en retrospectiva pudo darse cuenta.

El movimiento, al no tener los espacios que buscaba, al verse cercado y en constante peligro, sólo tenía dos opciones: atacar o morir.
Los líderes infiltrados del gobierno, por órdenes superiores, doblaron las manos en discursos terriblemente suicidas en asambleas tensas y presionadas. El movimiento había muerto. ¡Víva el movimiento estudiantil!
Pero nadie tomó en cuenta a aquellos que no tenían que entregar cuentas, facturas ni encabezados de periódicos a algún partido. Eran los únicos que no tenían nada que perder. Y fueron ellos los que utilizaron las manos, para atacar. Con todo y garras.
Ya estaban cansados por todas las que les habían hecho: impuestos elevados, corrupción, ineficiencia en los altos círculos políticos, espectaculares robos a la nación... decidieron cobrarlo peso por peso mientras pudieran. Por eso sus acciones fueron espectacularmente ridiculizadoras.
En 30 segundos, fueron rotos más de 300 mil pesos en cristales y espejos de la fachada de la Bolsa Mexicana de Valores, con canicas de 50 gramos. Fue tanto el ruido y el desconcierto que la BMV dejó de operar durante media hora. Testigos informaron que solo vieron un grupo de maratonistas correr por Reforma y veinte personas de traje subirse a un camión de la extinta ruta 100.
Con una terminal de computadora dentro de la Comisión Federal de Electricidad se lograron desconectar todos los semáforos del Distrito Federal desde las 10:00 hasta las 2:30 PM. El tránsito aún no se regularizaba a las 6 de la tarde.
Amanecieron cerca de 3,500 patos extras en el lago de Chapultepec. Rumores confiaban que fueron criados por alumnos de Veterinaria en la alberca olímpica y en los gigantescos depósitos de tratamiento de aguas en Ciudad Universitaria.
Hacia las 8:00 de la mañana, un reportero vial desde un helicóptero leyó una enorme consigna sobre el lomo de un convoy del metro. Fue retirado de la circulación. Para las 11 y media, no había vagón del metro que no tuviera una consigna del movimiento.
Una manta enorme con la cara de Zapata colgaba del techo de Rectoría. En el otro lado, el puma de la Universidad. Ambas efigies imperturbables, con los ojos fijos, observando el rumbo que tomaban las cosas.
Más de 2,500 patrullas sufrieron desperfectos en sus llantas en todo un día, mientras estaban los oficiales estacionados, levantando infracciones, desayunando, platicando con otros oficiales y/o cambiando manualmente los semáforos. Cerca de cuatro mil pivotes de llantas de las patrullas tuvieron que ser remplazados. Parecían haber sido cortados a navaja, informó la Dirección de Tránsito. Siete periódicos capitalinos dedicaron la gráfica de primera plana a algún uniformado cambiando la llanta de su patrulla.
Durante 30 minutos fueron interrumpidos por una interferencia no identificada todos los servicios y aparatos que funcionan con ondas de radio; desde los teléfonos celulares y bipers, hasta las radiodifusoras y televisoras, pasando por la banda civil y los radios de onda corta. En estos treinta minutos no hubo despegues ni aterrizajes en los aeropuertos de la zona centro del país; no hubo comunicación de ambulancias, camiones de bomberos, patrullas ni taxis desde sus respectivas bases; el Centro Nacional para la Prevención de Desastres no recibió señal desde los sismógrafos instalados en todo lo alto del Popocatépetl.
Los archivos de Teléfonos de México fueron saqueados. Se modificó el historial de todos los clientes dos días antes de expedir los recibos telefónicos. Fueron borradas todas las llamadas locales y de larga distancia de 5 millones de usuarios, principalmente de servicio casero. La empresa dejó de percibir cerca del 15% del ingreso respecto a un promedio de los 4 bimestres anteriores, dijo un portavoz de la empresa. Fuentes extraoficiales y cálculos estadísticos muestran un porcentaje de entre 39 y 52%
Y otras acciones de ese mismo tipo: nunca se descubría de quien era la mano que ejecutaba los delitos. Los pinches pumas (que así comenzó a nominarlos la gente cuando los estudiantes cambiaron el rojo y el negro por el azul y el oro) se adjudicaban las acciones, pero nunca había pruebas que los incriminaran.
Tampoco hubo pruebas de que ellos hubieron sido los que modificaron la configuración de los cajeros Red para que durante 3 días dieran 100 pesos de más en cualquier disposición en efectivo, sin que esto contara en el saldo del cliente.
Mucho menos de aquella transacción bancaria de 800 mil pesos (correspondiente al precio de tres ambulancias con equipo básico) de la Lotería Nacional a la cuenta de donativos de la Cruz Roja Mexicana con el nombre homónimo (¿anónimo?) de Justo Sierra.
Ni la vez que apareció un enorme tigre de Bengala en la estación Pino Suárez del metro a las 12:45 PM, para terror de todos los usuarios. La investigación posterior demostró que ningún policía de ninguna estación vio entrar al tigre. Ningún conductor vio subir o bajar al tigre de ningún vagón. Ningún usuario fue atacado y/o devorado por el tigre. Ningún cuidador vio salir al tigre de su jaula en el zoológico de Chapultepec. La última persona que lo vio el día anterior fue Don Julio, que limpió el pasillo frente a su jaula a las 10:15 PM. El examen médico del tigre una vez se hubo realizado la recaptura indicó que estaba indigesto por exceso de comida. Receta: dos alka–seltzer y a dormir.
O aquella vez, en la mañana del día en que se jugaba el clásico América–Guadalajara en el estadio Azteca, apareció escrito con gigantescos caracteres azules, la palabra “UNAM” a lo largo de todo el pasto de la cancha. Se lavó más de diez veces el pasto y al final se decidió que las cámaras que transmitirían el partido filmaran a nivel de cancha, pues las letras no se habían borrado. El partido terminó cero–cero.
Pero cuando comenzaron a aparecer por la madrugada rocas de 4 toneladas en las principales carreteras de acceso al D.F., el gobierno no esperó pruebas para meter la policía a C.U.
700 judiciales y catorce camiones de granaderos entraron rompiendo una barricada de palos, bancas, puertas y malla ciclónica con un bulldozer. Invadieron toda la Universidad, entraron a todas las escuelas, revisaron todos los salones, saquearon todos los archivos y las hemerotecas del movimiento, mearon en todos los rincones pero no encontraron a nadie. Se habló de 53 detenidos, que tuvieron que ser puestos en libertad una vez que comprobaron ser asistentes a clases extramuros.
Poca cosa podían hacer contra ellos. El simple hecho de que no había manera de integrarse al movimiento y derrumbarlo desde adentro molestaba mucho al gobierno.
No había líderes, no había cabeza que cortar. Solo miles de extremidades que hacían y deshacían. Podían cortarlas, claro, pero siempre habría más. Muchas más. No había lugares fijos de reunión, no había infiltrados, no podía haberlos, les faltaba esa mezcla de incoherencia y profundidad con la que se comunican los jóvenes.
No había planes concretos, no había líneas a seguir. Era un movimiento visceral, casi impulsivo.
Y ese movimiento que antes se rigió por líneas, por corrientes, por políticas y por ideologías, se volvía cada vez más irracional, más irreverente, más incoherente.
Cada día, la ciudad se despertaba con la curiosidad de que iría a suceder esta vez.

Pero tal vez todo eso no fue suficiente. Un volkswagen volteado, con el chasis hacia fuera le cubría del posible fuego de una tanqueta militar antimotines, que había entrado a Ciudad Universitaria después de que la policía había salido y los chavos habían vuelto a tomar las instalaciones.
Por que las armas de fuego se empezaron a utilizar después de que unos judiciales habían acribillado a quemarropa a trece estudiantes que hacían guardia en la puerta principal del CCH Oriente. El gobierno trató de callar la noticia, censurándola de los medios masivos de difusión, pero brincó el cerco de censura y llegó a todos los rincones.
Los de Ingeniería y los tesistas del Instituto de Materiales se quebraban la cabeza tratando de averiguar cómo inutilizar las tanquetas. Lo único que parecía dar resultado era meter vigas de 200 kilos en la oruga de tracción.
Una ráfaga de balas que se estrelló contra la plancha del vocho lo sacó de su mundo, gritó en clave y la tanqueta que estaba como a cien metros recibió tres bombas molotov. La llama se levantó repentinamente y la tanqueta dio marcha atrás. A quinientos metros estaba un pequeño regimiento de soldados que apagaban el fuego de la tanqueta con unas ramas de eucalipto. Pronto llegarían refuerzos.
Un grupo de estudiantes trataban de forzar las puertas de la Facultad de Medicina, para ver si algo podría utilizarse como arma. Helicópteros verde olivo volaban a baja altura en el área que aún no lograba tomar la milicia. Soldados se iban apropiando de las islas, cada vez más cerca.

Los víveres se iban agotando y las salidas exitosas al conflicto de igual forma. Había francotiradores desde la torre de Rectoría, tanquetas por los circuitos y la explanada, soldados por el área del Centro Cultural Universitario y helicópteros en todo el cielo. Sólo esperaban que cayeran por su propio peso. Las bromas no se hacían esperar: estaba aquella que decía que después de matar un sardo, comérselo para no acabarse las provisiones tan rápido, cocinarlo con las bombas molotov y quedarse con su parque.

En un momento de aburrición y falta de paciencia por parte de los milicos, una tanqueta hizo el intento de atravesar la barricada formada con dos vochos, una combi y un cavalier (los vochos eran de Auxilio UNAM, las combis eran peseros y el cavalier se lo encontraron frente a Rectoría y lo arrastraron con uno de los vochos hasta la barricada, bajo Química. El freno de mano terminó por tronarse). Al momento del choque de la tanqueta con la barricada, un vocho salió volando, una combi se hizo yogurth bajo las orugas y el otro vocho se acomodó de tal forma, que atascó a la tanqueta.
Por más que la tanqueta hacía el intento de zafarse, sólo quemaba diesel a lo bruto. Era imposible.
Los estudiantes trataron de apoderarse de ella, pero el regimiento de la retaguardia hacía fuego si intentaban acercarse a la tanqueta. No quedaba de otra, pues aún atascada, tenía muy buen ángulo de tiro. Pero aún no se daban cuenta.
Sacaron un tanque de 5 kilos de óxido nitroso de la Facultad de Medicina, que los pasantes utilizaban para anestesiar a los perros con los que practicaban cirugías, y lo arrojaron hacia la tanqueta, de forma que quedara el tanque bajo la tanqueta. El resto es fácil de imaginar: con una 44 que le habían quitado a un judicial, dispararon hacia el tanque. La explosión fue terrible, la tanqueta se elevó, cayó y no se volvió a mover. Y aunque lo intentara, una oruga se había destruido.
La algarabía reinó entre los estudiantes por unos momentos, después, la pesadilla.
Un helicóptero había visto lo sucedido desde el aire, y con rencor, ordenó avanzar sobre la zona.
La tanqueta que rondaba por los circuitos salió de su escondite y comenzó a disparar sobre lo que se moviera. Hacía un blanco perfecto, pero también poseía buena posición de tiro. Un tanque, del que no tenían conocimiento, salió de entre las islas y comenzó a disparar sobre las barricadas que estaban cerca del CELE. Los helicópteros volaban cada vez más bajo y ya disparaban, con poco acierto. Las tropas comenzaron a avanzar.
El cerco se cerraba cada vez más. El tanque ya había destruido la barricada y un pelotón entró por el hueco. La tanqueta hacía bajas cuantiosas y los helicópteros descubrían escondites.
Al momento de cerrar el cerco, sólo quedó un edificio: el que alguna vez albergó la Facultad de Ciencias.
Parecía vacío, ni siquiera gritos o exclamaciones. Los soldados quedaron un poco perplejos, por la orden era avanzar. Entraron en tropel, a buscar a los chamacos revoltosos. En cinco minutos encontraron la puerta trasera por la que habían escapado: en Ciudad Universitaria existe una red de túneles subterráneos que fueron construidos conjuntamente con los edificios. No aparecen en los planos y si uno no conoce bien el sistema de alcantarillado, podría jurar que no existe nada de túneles.
La despedida estaba disimulada por unos casilleros en una esquina de la bodega en la que estaba la entrada a los túneles. Los soldados jamás supieron que el hidrógeno es altamente explosivo, y que cuatro tanques llenos colocados estratégicamente son suficientes hasta para derribar un edificio tan bien construido como aquel.

De los chavos que se escaparon por los túneles no se ha sabido nada. Nadie conoce toda la red de túneles subterráneos que hay en C.U.
Hay quienes dicen que salieron por el bosque de Tlalpan y aún no llegan a la civilización. Otros afirman que esa red se conecta con la de alcantarillado de la Ciudad de México. Yo creo que aún están abajo, esperando el momento oportuno para salir a la superficie.
Aunque también es posible que hayan perecido en la explosión junto con los 89 soldados.



21 de Noviembre de 1999–2 de Diciembre de 1999.
México, D.F.

domingo, 10 de agosto de 2008

Par de cigarros


El pasto creció más de lo que esperaba. Todo mi pie podía desaparecer debajo de esa alfombra verde, tan llena de grillos por las noches, como de humedad por las mañanas. Intenté podarlo con la máquina, pero ésta se trabó por tanto pasto y tardé más de media hora en destrabar la podadora. Si iba a descomponer la máquina, que fuera por quitarle el motor y tratar de ponérselo a una avalancha.
Pero no era el objetivo hablar de la podadora y un improvisado carro a gasolina de un cuarto de caballo de fuerza, si no de que el pasto había crecido mucho. No era por el fertilizante, la lluvia o mi excelente desempeño como jardinero. Que para que un jardinero haga crecer bastante el pasto, solo es cuestión de no querer podarlo para que crezca más aprisa. Eso, o dejar pasar el tiempo. Y no es que el tiempo se haya dejado pasar... si no que pasó mucho tiempo sin que uno quiera.
Me dijiste que fuiste por cigarros, pero nunca me dijiste hasta dónde irías por ellos. Hay una tienda a tres cuadras de aquí, pero tal vez no querías Marlboro o unos Delicados. La farmacia está más lejos, pero quizás tampoco querías Camel o Viceroy. Te habrás ido a Oaxaca o a Veracruz por unos Gratos. A España por unos Ducados. Te habrás ido al mismísimo infierno para robarle en sus barbas a Satanás un poco de ese aromático tabaco que seguro tiene para su pipa.
Saliste por la puerta de enfrente y no te volví a ver. Saliste tan campante como siempre, sin preocupaciones, sin siquiera amarrarte el pelo. Solo una playera ajustada y unos yins. Gritaste cuando casi se cerraba la puerta y estabas a unos metros más cerca de la esquina. Seguro yo aún estaba todavía dormido, preparando el desayuno o peleándome con las agujetas que en la noche anterior se hicieron nudo por la manía de quitarme los tenis sin desabrochar las agujetas. Cruzabas la calle cuando yo abría la llave del agua y me mojaba el pelo. Salías de la ciudad cuando yo buscaba en el fondo de mis bolsillos un poco de cambio para tomar un micro para ir a la escuela. Extendías el pulgar hacia arriba y el brazo hacia delante al ver pasar una camioneta roja exactamente cuando yo abría el libro de Genética en la página 175 y ver el capítulo 6. Llegabas al siguiente estado, lo cruzabas y continuabas más lejos aún cuando mi insomne persona estaba pensando en cientos de dudas, en miles de personas, en millones de metros o en millones de días, en que esos cigarros se convertirían en meses, y después en años. Y esos años se volverían personas que no hemos visto jamás.
Que después nos encontraríamos en algún antro, en algún bar, como siempre. Tu sonriendo eternamente, con la sangre bailando en tu interior y el cigarro sin fumar entre los dedos, una cerveza a la mitad en la mesa y escuchando sobre los 150 decibeles de la música alguna conversación trivial. De pie, casi a punto de salir corriendo a la pista para bailar lo que dura el resto de la noche, para sonreírle al alba como siempre te ha gustado hacer. Y yo, sentando en el rincón más oscuro del lugar. Con los ojos fijos en algún lugar entre un vaso vacío tirado a diez metros de mí, y las zapatillas negras de una chica con los ojos enrimelados y casi aburridos. Con más ceniza en mi pantalón que tabaco en mi cigarro, y cerca de mi décima cerveza entre pecho y espalda. Pensando en que estaría mejor en otro lado; que podría estar mejor sentado en la defensa de mi coche a veinte kilómetros de ahí, en alguna brecha que lleve a algún rancho perdido entre semana; que podría estar tomando sistemáticamente dosis de tequila medidas en latas de refresco, junto al buró de mi habitación y escuchando canciones a mucho menor volumen y con mucho mayor flujo de lágrimas; que podría estar a mil metros sobre el nivel de la ciudad, observando entre bizcos una de los quince millones de luces que forman la mancha urbana a esas horas de la madrugada. O simplemente, que podría estar caminando hacia ti, viéndote mientras me ves caminar hacia ti sin dejar de platicar, tratando de no sonreír tan obvio y sin perder el hilo de la conversación, desviando la mirada justo segundos antes de que yo llegue hasta ti y tenga que tocarte el hombro para que vuelvas a verme de nuevo, y tenga que gritarte un disculpa a voz en cuello para hacerme escuchar sobre la música del local, lo que hará que todos tus amigas volteen a verme divertidas, y tus amigos volteen a verme molestos, y yo me sienta un completo idiota, en parte por no haberme aguantado la cobardía y esperar a que me rechaces para beberme esas diez cervezas después y no hablar como si tuviera una lengua de kilo y medio; y en parte por tener seis pares de ojos clavados en mi cara esperando que haga el ridículo de pedirte que si quieres bailar conmigo, y obviamente querrán ver mi cara cuando digas que no, gracias, que tal vez otro día.
Pero ni el estar sentado en la defensa de mi coche a 20 kilómetros de ahí, ni el estar ebrio en mi cuarto escuchando canciones que solo me recuerdan a ti, ni estar en un cerro viendo de noche las luces de mi ciudad me podrían haber preparado para una negativa, para que me vieras de arriba a bajo y soltaras la risa mientras te volteas, para que les dijeras a tus amigos que te estoy molestando y que me sacaran a rastras del local después de una severa golpiza, para que me vaciaras la cerveza encima y sonrieras un perdón... pero mucho menos para que me dijeras que sí con una sonrisa, con esa sonrisa que te gusta presumir en todos lados y dejaras la cerveza medio terminar y caminaras rumbo a la pista, casi agarrándome de la mano para que a último momento me fuera a arrepentir y te dejara caminado sola. Y con tu sola presencia abrirás un hueco en la pista de baile ya saturada. Y casi no esperarás a que yo esté a tu lado para que comiences a bailar. Y bailarás como si no existiera otra cosa que hacer en este mundo, como si fuera la única cosa para lo que fuiste creada. Te moverás como no se mueven en las pistas de baile, como no se podrían jamás mover en una película. Bailarás con una música que viene de tu ser, de adentro de tus venas, de lo más profundo de tus huesos. Bailarás como jamás creí posible ver bailar a alguien. Y yo estaré con mi cara de estúpido viéndote bailar. Y será hasta que abras los ojos y me veas que me daré cuenta que estoy de pie, inmóvil frente a la chica que baila con más sentimiento en todo el lugar. Sonreirás de nuevo y yo reaccionaré, comenzaré a bailar torpemente hasta que agarre el ritmo de la canción. Bailaremos. Y los seis pares de ojos de tus amigos nos estarán viendo desde el piso de arriba, ellas sonriendo y sosteniendo su respectivo cigarro entre sus respectivos dedos. Y ellos serios, casi molestos, dejando entre trago y trago de cerveza el tiempo suficiente como para pasar el sorbo de cerveza que tienen en la boca. Y no solo serán seis pares de ojos, habrá otros pares más allá. Tal vez a alguien que le gustes y tenga la mitad de la noche viéndote desde el otro lado del bar, esperando a que sea el momento oportuno de ir a sacarte a bailar. Tal vez un exnovio que aún te recuerde, o tal vez otro que no te recuerda pero que siente esa molestia en la panza que le dice que no deberías estar bailando conmigo, o mejor dicho, que yo no debería estar bailando contigo, que él fue tu novio y que por ese simple hecho tiene el derecho, no, la obligación de decirte qué es lo mejor para ti. Y, claro, no es el bailar conmigo.
Pero ni tu ni yo somos adivinos. Tu estarás bailando y disfrutando de una noche fuera de casa. Y yo estaré bailando y disfrutando de una noche en la que por fin me siento como en casa.
Y el tiempo pasará casi sin sentirlo. Te veré sonreír mientras bailas, como mueves el pelo al compás de la música, cómo choco contra los de atrás y cómo me dan codazos los de los lados. Te siento en una burbuja de cristal en la que nadie te estorba para bailar, los empujas suavemente con tu simple movimiento. Y el sudor correrá por mi espalda y se perlará mi frente con pequeñas gotas. Y mis pies se cansarán de bailar y bailar, pero que no querré dejar de hacerlo. Y la madrugada llegará, haciendo que la música se haga cada vez más lenta, dejando atrás el estroboscopio y dando paso a las luces rojas y tenues. No sabré si tomarte de la cintura y continuar bailando como una pareja. Ante mi indecisión sonreirás y me dirás que ya te has cansado. Te acompañaré hasta tu mesa, para entregarte sana y salva a tus amigos. Te daré las gracias y me iré a mi rincón, a seguir tomando cerveza y a preguntarme que fue lo que falló, porqué no me rechazaste como estaba programado.
Pero no, jalarás mi camisa antes de que logre dar la media vuelta y me preguntarás por mi nombre. Acto reflejo te diré, y entonces, usando mi nombre, me preguntarás si no tengo un cigarro que te regale. Lo dirás sonriendo. Me quedaré pasmado y afortunadamente no se me caerá la baba de mi boca abierta porque estaré poco menos que deshidratado. Buscaré entre mis bolsillos y sacaré una cajetilla a medio terminar. Podría decirte que está medio llena, pero ambos sabremos que eso sería una mentira, además de que sería un comentario fuera de lugar. En vez de eso, solo abriré la cajetilla y te tendré un cigarro. Lo sacará y lo pondrás sobre tu boca. Me preguntaré como es posible que después de tantas horas, el labial aún esté tan brillante como recién puesto, seguro manchará la colilla del cigarro. Sacaré el encendedor y lo encenderás. Soltarás el humo y al final unos pequeños aros de humos, anillos blancos que flotarán un rato sobre la mesa. Me preguntarás si no me quiero sentar, y antes de que pueda decir que sí, ya me estarás presentando a tus amigos. Tus amigos saludarán por cortesía y conversaremos un poco. Cosas triviales. Tu sonreirás.
Hará frío afuera. Tomaré mi saco y lo pondré en tus hombros. Al momento de despedirnos me dirás que la pasaste muy bien. Te preguntaré si quieres que te lleve a tu casa. Dudarás unos momentos, mientras volteas alternativamente hacia tus amigos y hacia mí. Abrirás la boca varias veces para responder pero no dirás nada, hasta que viéndome, sonreirás y me dirás que sí.
Pero en el camino cambiarás de planes. Me dirás que tu casa está muy lejos y que no quieres que me regrese solo a mi casa, que me puede pasar algo, con tanto borracho loco que hay por las calles a estas horas. Te diré que no hay problema, que será un placer llevarte hasta tu casa. Dirás que no, que es muy peligroso, que mejor vayamos a mi casa y que ya mañana por la mañana se irá a su casa. ¿Segura? Claro. Pero sonarás indecisa. No, no indecisa, mas bien temerosa. A la expectativa. Daré la vuelta lentamente para que sea más fácil rectificar en caso de que lo pienses mejor y te decidas en contra. No habrá palabras. Tu sonrisa se desvanece.
En mi casa te ofreceré algo de tomar. Tus ojos me cerrarán la boca y me acercaré a ti despacio, como si no quisiera despertarte. De pie frente a mí, esperarás a que llegue hasta ti y te bese. Y te besaré como lo he deseado toda la noche. Como lo he deseado desde que te vi en la mesa del bar desde mi oscuro rincón. Te besaré como si fuera lo único que habría que hacer en el planeta, como si solo para eso hubiera sido hecho.
Mañana en la mañana no querré que te vayas. Te envolveré entre sábanas y risas. Te colmaré de piel y calor. No te querrás ir. No te iras. Ni ese día ni los que siguen. Seguirás ahí, conmigo por cigarros y cigarros. Hasta que se acaben los cigarros, y tengas que ir por más. Saldrás por la puerta y gritarás que vas por cigarros, pero gritarás casi cuando la puerta se esté cerrando y varios metros más cerca de la esquina.

21 de Febrero de 2006.
México, D.F.