Mostrando las entradas con la etiqueta futuro. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta futuro. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de diciembre de 2025

Donde aquí es ningún lugar

 

Chica atractiva sosteniendo un vaso de bebida embriagante, desnuda bajo un vestido muy ligero, al estilo art nouveau, como si estuviera en un cuento para antes de morir

El color rojo de la luz a través de las comisuras de la puerta la indicaban que atardecía y pensó en poner un poco de música. The Cure estaría ideal para el momento y su love song terminaría de llenar el cuarto. Abrió la cajita donde estaba el disco compacto y un rayo de luz proveniente de su foco de 60 watts en el techo le mostró una gama completa de colores en la cara posterior del disco. Lo puso y escuchó.
También le dio hambre. Abrió el tercer cajón y sacó un plato con sopa de pasta y tortitas de atún, y lo cerró. Lo abrió otra vez para tomar su cocacola bien fría. Sentose en la cama y comenzó a comer.

Whenever I'm along with you
You make me feel like I'm home again

Cortó un poco de tortita de atún con el tenedor y se la llevó a la boca, masticando dos veces para después tragar. Un trago de refresco. Otro cacho de atún, masticar dos veces y tragar. Al tercer bocado, ya lo iba a tragar pero esperó. Miró a su alrededor, las paredes de ladrillo y no vio nada fuera de lo normal. Masticó más veces. Muchas. Sí, le gustaba el sabor a atún y la cocacola, también le gustaba ese refresco. Quiso probar de la sopa de pasta, pero de la comida solo quedaban migajas. Resopló y bebió otro poco de refresco, pero ... Nada, tampoco había refresco.
Enojado, arrojó con fuerza los trastes a la pared y el ruido de los pedazos hechos añicos opacaron por un momento la música.

Whenever I'm done with it was with you
You make me feel like I'm young again.

Miró con odio a la grabadora que tocaba el disco, tomándola con ambas manos, la alzó sobre su cabeza y la estrelló al suelo. Después saltó a la cama y comenzó a llover amargamente.
Cuando despertó en la noche (¿madrugada?), no se veía luz por las comisuras de la puerta y hacía un poco de frío. Ya no tenía sueño. Abrió el segundo cajón y sacó un libro de pastas blancas. Le aburrió y sacó otro. También aburrido, algo sobre la vida migratoria de las langostas africanas. Los dos libros juntos fueron a dar al rincón de la habitación. Abrió el tercer cajón y sacó un vaso de agua, lo bebió sin respirar y arrojó el vaso bien al rincón, haciéndose añicos.

¿Música? Suspiró y sacó el disco de los Counting Crows y lo puso en la grabadora que estaba donde había estado la anterior grabadora.

Step out the front door like a ghost
into the fog where no one notices
the contrast of white on white

Suspiró, y del primer cajón sacó una pelota. La rebotaba en la puerta sin ganas. Un tuc tuc sonaba en todo el cuarto, insistentemente.

And in between the moon and you
the angels get a better view
of the crumbling difference
between wrong and right

Comenzó a arrojar la pelota con más fuerza. TUC TUC en todo el cuarto. Camina hasta la puerta sin agarrar el rebote, que le pega a la pierna izquierda. Toma la perilla de la puerta justo cuando una lágrima le resbala por la cara y golpea el suelo sin hacer ruido. No gira la perilla.

I walk in the air between the rain,
through myself and back again
Where?
I don't know.

-          ¿Estás seguro? - Oye una voz detrás de él

-          ¿Otra vez tú? ¿No tienes algo mejor que hacer que venir a molestarme? - le contesta enojado

-          La verdad no. Además, tú me llamaste. ¿Cómo irme si me llamas?

-          Yo no te llamé, estás pendejo. - se voltea, dándole la espalda a la puerta, solo para ver lo que ya conoce: su cara, su cuerpo, hablando con él. Ya no es sorpresa.

-          Claro que sí. Pero si quieres me voy.

-          Lárgate.

-          …

-          …

-          Adiós, entonces - dice resignado

-          ¡Espera!

-          ¿Si? - irónico

-          Jamás me has dicho quién eres, por qué te pareces a mí y eso

-          ¿Volvemos a lo mismo? Ya sabes quién soy. El espejo de tu vida, tu hermano oculto, tu polo opuesto. Soy la persona qué más te conoce y me tratos como a un ladrón

-          ¿Por qué carajos hablas con metáforas?

-          ¿Por qué carajos rompiste la grabadora?

-          No te metes en mi vida.

-          Soy tu vida. No puedo no meterme. Talvez algún día lo entiendas.

-          ¡Jamás lo haré!

-          ¡No seas pendejo! -grita llenando todo el cuarto- ¿Por qué crees qué no tienes ventanas? ¿Por qué tus pinches cajones no aparecen un periódico? ¿Por qué no puedes oír las noticias por la radio? Estás en una cárcel, y lo más irónico es qué tú tienes la llave ... Pero no tienes valor

-          No necesito nada del exterior. Aquí tengo todo lo que deseo. Y hasta más de lo que pudiera querer.

-          ¿Quién carajos te lava el cerebro? -susurra, y después, con volumen normal- ¿Cuántas veces ye he visto llorar? ¿Cuántas veces te he visto caminar de un lado a otro, viendo la puerta de reojo y apretando el puño para que el instinto no te traicione? ¿Cuántas veces haz hecho pedazos los platos que aparecen del cajón? ¿Cuántas veces?

-         No tengo porqué darte explicaciones -dice en voz baja, mientras se sienta en la cama.

Maria says she’s dying
through the door, I hear her crying
Why? I don’t know

-          No es necesario, yo las sé. ¿Qué conoces afuera de este cuarto?

-          Todo el mundo. Lo conozco todo.

-          Mentira. “Sabes” lo que es el sol, a qué distancia está, para qué es útil afuera, pero no lo conoces. No sabes cómo lastima al verlo de frente, no sabes que se siente una comezón en la cara al levantarla, no sabes a qué huelen los pastos después de una lluvia, no sabes que textura tiene el pelambre de un perro, no sabes qué se siente que te golpee el viento de otoño. No conoces algo más que la soledad. No sabes lo bien que huelen las mujeres, no conoces lo bello de sus ojos, sus curvas tan intensas, sus caricias tan finas…

-          Conozco a las mujeres, sé todo sobre ellas… -tartamudea indeciso.

-          ¡No sabes un carajo! ¡Ver un dibujo de una mujer mostrando sus genitales en una enciclopedia y masturbarse con esa imagen no es conocer a una mujer! ¡Es mucho más complejo que eso! ¡Hay cosas que jamás comprenderías en una mujer!

-          ¿Por qué me dices todo esto?

-          ¡Para que salgas! Allá afuera está todo lo que tienes curiosidad por ver en realidad. Una pinche foto no te muestra cuan impresionante puede ser un edificio de 200 metros de alto. Tampoco te muestra cómo pasa un carro de carreras a 300 kilómetros por hora frente a ti. Tampoco te dice qué se siente la lluvia fría, ni lo bello de un amanecer. No te dice cómo suena el mar, cómo quema la nieve, cómo huele una flor. ¿Qué pasa con las flores que salen del cajón? Las tocas, las ves, pero si las hules se van, desaparecen. ¿Y aquella vez que deseaste un perrito? ¿Cómo apareció? En una plancha de corcho, muerto y listo para ser diseccionado. ¡Muerto! ¿Y qué si esos pinches libros están mal? ¿No tienes dudas por comprobar si realmente detrás de esa puerta están las cosas que dice la enciclopedia? ¿De qué tienes miedo? ¿A la frustración? ¿A que no sea el paraíso prometido? Es el riesgo que tienes que correr.

Round here, we always stand up straight
Round here, somethings radiates

-          Aquí vivo bien… No me hace falta nada… Estoy bien…

-          Tienes razón, si no quieres cambiar, si no has querido cambiar en 17 años, no voy hacerte cambiar hoy. Solo te voy a preguntar una cosa. ¿Cuánto mide tu habitación?

-          Tres por cuatro, tal vez más -responde un poco desconcertado.

-          Como 12 metros cuadrados. ¿Te imaginas? Doce metros cuadrados. El planeta en el que vives ha de tener unos… Tu debes saber, has leído tanto.

-          Como unos 500 millones de kilómetros cuadrados.

-          ¡Quinientos millones! ¡Híjoles, no has de terminar de conocerlo en toda la vida! Es asombroso. Y pensar que tu tienes 17 años de vida y solo conoces 12 metros cuadrados de los 500 millones de kilómetros cuadrados. Ha de ser deprimente. Y frustrante.

Round here, we’re carving out our names
Round here, we all look the same
Round here we talk just like lions
But we sacrifice like lambs
Round here she’s slipping through my hands

-          No estoy de humor para tus ironías.

-          ¡Claro que no! Con esa música hasta dan ganas de suicidarse. Es tan divertida como un funeral en domingo. En fin, diviértete en tus doce metros cuadrados, porque creo que ya nada tengo que hacer aquí.

-          ¿Ya te vas?

-          Así es.

-          ¿Quieres que cambie de música? Puedo poner algo como…

-          ¡Adiós!

-          ¡Espera! ¡Regresa! -y el eco de las paredes de ladrillo le devuelven el grito.

Decepcionado y triste calla la música y se queda parado frente a la grabadora, viendo de reojo la perilla dorada de la puerta. Una lágrima silenciosa resbala por su cara y golpea uno de sus zapatos. La música inicia de nuevo con una melodía suave, antigua, tal vez hasta triste. Suspira y se limpia la nariz con la manga. Abre el tercer cajón y saca un plato de sopa de lentejas. Ríe y lo cierra de una patada.


Distrito Federal, México; 06 de septiembre 1998

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Perhaps a noise

 

The machine, by Tom Morello

La máquina puede ser cualquier cosa, desde la policía de Los Ángeles, que pueden sacar a la gente de sus coches, golpearlos fuertemente y salirse con la suya; la maquinaria del estado capitalista que trata de hacerte un "lavado de cerebro" para que te comportes de forma estúpida y nunca te enfrentes al sistema y solamente pienses en esperar el fin de semana para tener otro six pack de cerveza.

Thomas Baptiste Morello

miércoles, 22 de junio de 2016

Estás cuando no estás.

Chica sexy y delgada con vestido vaporoso y de vuelo, con fondo lunar al estilo japonés en un atardecer en el que parece que está cuando no está, como si fuera un cuento antes de morir.
( https://www.flickr.com/photos/69734457@N06/16625462633 )


A escasos tres metros de distancia es cuando la niebla ya no me deja ver tus ojos. Te diluyes en el tiempo, con grandes tragos de mi garganta.
Esa nata espesa te oculta de mi camino y viajas a otros mundos donde yo no te conozco. Me fuiste conocida en el alba de este día, y para esta fecha, eres una gota de mi mar. Al fin y al cabo mi gota.
Soberbios caminos que te llevan de regreso. Al derecho dice amor. Pero nada de que te vas.
Estás solo detrás de esta cortina blanca que se mete en los ojos y dejas de respirar.
No eres tu, ni soy yo. Ya no somos lo que algún día creímos que seríamos. No me existo.
Y entonces todo converge de nuevo. Fíjate que cuando buscas una cosa, jamás la encuentras.
Buscando con ahínco te veré del otro lado del espejo, pero de aquel lado de color aluminio, plomizo. Como aquel día de agosto que reventaba la lluvia en las ventanas de nuestro amor. Tan lejos aquel destino que a la larga vuelve a ser el mismo. Al revés dice roma.


02 de Julio de 2007
El Terrero, Colima.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El domingo de mis neuronas



chica asiática muy sexy con vestido tradicional de su país, mostrando un escote pronunciado en un domingo de mis neuronas


El domingo de mis neuronas encajetadas solía decirme que nada había como una lluvia a través de las ventanas de ese antiguo hotel. Pero de esas lluvias charcosas, gruesas y blancas, que todo lo empapaban con solo salir un segundo. Nada de vientos que ciscan árboles o enturbian las canaletas de los brazos levantados en torno al cuello. Tampoco truenos y rayos que deslumbran durante las noches de luna grande y láctea, de esa luna de pestañas enormes y senos de bilé. Nada como eso.
Pero también me decía que los juegos de clorofila y grillos cantores eran como estar varados en medio de la nada. Como ver la noche a través de una ventana empañada, entre claroscuros y cuentos de terror. ¿Sientes que te observan? Nada, que no hay como estar desnudos, haciendo el amor entre anécdotas de cereza y recuerdos de papel.
Cada vez desplazaba más y más a otros de mis días. Pronto dejé de saborear ese jueves que también tenía lo suyo. Con jueves en particular de aquel 1999, relleno de deliciosas tazas de café y
pequeños panecillos divertidos y azucarosos. Congelados por enfrente y amargos de este lado. Claro, siempre pensando en la niebla de las nueve de la noche.
Hasta aquel paisaje de dos mil arbustos que cubrían los terciopelos del desierto árabe. Pero con esas playas de petróleo y rubís acalambrados. Todo eso se conjuga para darte el sazón de casa.
Ni siquiera un lunes de adiós y betún. Cómo olvidar las noches húmedas de cigarrillos.
Nada, nada como eso.


20 de Junio 2012 - 11 de Junio 2013.
Villa de Mitla - Soledad Salinas; Oaxaca.
 

domingo, 4 de marzo de 2012

Televisor

(Colaboración de Tonatiuh Álvarez etc)



Cuando tenía 8 o 9 años vi a mis padres mientras miraban la televisión, noté consternación y agravio en sus ojos, veían con tristeza como fanáticos del futbol se molían a golpes en las tribunas y en el ca
mpo del estadio. Veían con dolor como un deporte se convertía en catalizador de las emociones más negativas de los seres humanos. Me acerqué a ver el televisor y las imágenes me impactaron, personas sobre el campo peleando con oficiales de policía, quienes portaban enormes uniformes, escudos y macanas con las que "intentaban recuperar el orden". En mi infantil mente fui incapaz de concebir cómo se podría recuperar el orden a través de la violencia, fue un ilógico enorme que marcó mi vida para siempre pues entendí que la policía buscaba restaurar el orden mediante la violencia extrema.


Hasta ese momento había tenido una imagen impoluta de un oficial de policía, concibiéndolo como la representación máxima del altruismo al ceder su vida por el orden público; por supuesto que no había tal complejidad en mis palabras, simplemente ideas se agolpaban en mi mente, imágenes, formas, colores... una mente infantil intentando entender un golpe de realidad que llegaba con la velocidad de una bala. Súbitamente mi lógica idealización del universo había sido destruida con tales imágenes de violencia imparable, fuerzas opuestas intentando destrozarse, teniendo como pretexto un insípido encuentro deportivo.

Entendí que el futbol es un deporte que enciende pasiones, que obliga al desenfreno emocional; mientras te encuentres en un grupo de personas igualmente apasionados puedes permitir el goce de la intensidad, ya sea un buen pase, un jugador esquivando épicamente a dos contrincantes, el furor de un ansiado gol; es en ese punto cuando se desbordan las emociones como una marejada, la porra enloquece y saboreas el grito tanto de tus compañeros de localidad como del eco reverberante del coloso de cemento.-

El noticiero que mis padres veían no permitió que se perdiera la oportunidad de mostrar los momentos más relevantes del partido, grandes jugadas que tristemente no culminaron en la obtención de un gol pero le habían inyectado vigor a un partido ciertamente mediocre; sin embargo hubo algo que capturó mi atención, un sonido de fondo parecido a un coro; miles de voces agolpándose al mismo tiempo. Recuerdo que había escuchado algo similar pero más acompazado en una visita que hicimos los alumnos de mi escuela en un concierto de coros en el Conservatorio Nacional, pero esto se mostraba totalmente diferente, delicioso, invitador a la pasión, al delirio, al gusto de encontrarte en un grupo y vitorear cualquier idiotez que alguien actuara sobre el campo.

De inmediato las imágenes se agolparon en mi mente, me veía en las tribunas con muchos años más, cantando con un grupo de amigos desconocidos que alababan las proezas físicas de esos héroes deportivos medianos; no importaban los motivos de la pasión, lo genial era vivir esa pasión sin límites, coreando y vitoreando para finalmente enfrentarme a un oficial de policía que golpeaba a mis igualmente apasionados camaradas.
La perversidad de dicho pensamiento fue inaudita, como una roca cayendo desde 5 pisos arriba me golpeó en la frente la noción de mi gusto por la violencia; el erguirte frente a las figuras de autoridad y acabar con sus deseos de imponer el orden mediante la furia de tus puños y piernas. Gocé con la idea de golpear, patear, morder, hacer sangrar, incendiar; multicolores imágenes de ferocidad que transgreden lo establecido y provocan miedo, dolor y tristeza en otros.

Allí reconocí que era yo un apasionado de la violencia, quería destruir meramente por propósitos recreativos, sin remordimientos o tristezas, simplemente por el placer de ver arder algo bueno. Como niño aún no reconocía las implicaciones de esta pasión por la furia desbordada e inclemente pero algo dentro de mí despertó al ver esas imágenes y escuchar los coros invitando a la profanación. Reí desaforadamente de gusto, como si hubiese encontrado un regalo valiosísismo hace mucho tiempo perdido; mi madre me cuestionó con dureza y como buena ciudadana respetuosa de la legalidad, mi risa durante la emisión de imágenes tan dolorosas; no alcancé a articular palabra y acepté la reprimenda con abnegación pero ese júbilo por encontrarme en un sitio lleno de felicidad que constituía mi reciente descubrimiento no ha tenido igual en mi vida.

¡Amo la violencia!


18 de Diciembre de 2011
Irapuato, Guanajuato

martes, 17 de agosto de 2010

Noches blancas



Desgarras esta noche blanca con tus uñas de doble filo. Simplemente deslizas la mano y destruyes las quinientas noches que con tanto trabajo se han construido. Las cortas como al papel periódico,
Decides no seguir con esa farsa y decides matar al pequeño cerdo que habías estado alimentando con tanta devoción cada domingo. No hay problema, esas cuchilladas en la garganta estaban bien merecidas. Te vengaste con guante blanco.
Y caminas con las manos manchadas de sangre, repleto tu vestido de noche y el olor a sexo en la noche. No quieres voltear atrás. Te jactas, te burlas y sonríes con esos labios que tantas veces dijeron que jamás terminaría esa noche blanca. Te vas, te vas para no volver. Ahora sí es la tercera.
Y caminas con esas zapatillas, con el cabello al viento, con tus ojos en el horizonte de aquella ciudad. Sin voltear atrás. Pero tu mente en otros sitios, mares de arena y sal. Noches blancas de luna de queso, tan lácteas ellas. Con tus recuerdos en la ciudad. Sonriente de caminar pero triste de dejar atrás la vida de domingo.
Ya te fuiste y sigues aquí. Ya estás de aquel lado, pero las noches blancas han regresado a la ciudad, se quedaron para mostrarte lo equivocada que estabas. Toda esta magia, todas tus estrellas, toda tu historia se quedó en papel de servilleta del café de la ciudad. Tus ojos se fueron contigo, pero tu mirada se quedó en el coche, reflejada para siempre en el espejo retrovisor, con tu sonrisa de nostalgia y tristeza. Sabías lo que se avecinaba, sabías lo que iba a suceder. Y aún así te sumergiste en esta absurda aventura conmigo.

9 de Agosto de 2010.
Culiacán Rosales, Sinaloa.

viernes, 19 de marzo de 2010

La vida en un hilo.




Nació un dieciséis de mayo de algún año en el sexenio de López Portillo. Su familia (es decir, la familia del padre y la madre) no estaba muy contenta con ese nuevo retoño, que venía a arruinarles la vida a Ella, una prometedora periodista y reportera que aún no terminaba la carrera de Ciencias de la Comunicación (sic) en la Ibero y ya tenía trabajo en la revista Marie Claire como enviada especial en México, y que además tocaba espléndidamente el saxofón; y a Él, un muchacho trabajador, honesto y bastante observador, lo que hizo que lo ascendieran de mecánico a Jefe de Taller, en la agencia Volkswagen de Insurgentes, pero que al mismo tiempo le costó veinticinco mil pesos (de aquellos), que fue el préstamo que tuvo que pedir para construir una casita en un terreno allá por Satélite, que le heredó su papá antes de morir, que a su vez lo ganó en una apuesta con su compadre en el póker de los sábados en la cantina “La Preferida”, que el compadre, dolido en el orgullo porque no contaba con la flor imperial de corazones de su contrincante, fue, se acostó con la esposa del compadre, que enteróse, le vació el tambor de la treintaiocho en los huevos, con un progresivo estado de depresión alcohólica consecuente y finalmente la muerte; porque necesitaba llevarse a Martita (que así se llama la mamá) a vivir con él para que la ley la cobijara como concubina y poderla internar en la clínica 14 del IMSS con el seguro de Miguel (que así se llama el papá) que le daba la Volkswagen Insurgentes y poder ver el bebé a través del cristal frente a las cunas e incubadoras, y dejar para después el asunto del matrimonio que tanto incomodaba a las familias.
Todo fue cuestión de la casualidad y el azar (¿acaso no lo es todo?).
El día anterior a conocerse, Miguel y un amigo del trabajo salieron temprano de la chamba y decidieron ir por unos alcoholes a la cantina de por el centro, que después de muchos traspasos, clausuras y caídas de hacienda, resultó que era la misma donde el padre de Miguel había ganado el terreno por Satélite con aquella baraja extra que se escondió bajo la manga antes de salir de su casa y que después, trágicamente, había acabado la amistad de ambos compadres al recibir el sancho, en sus partes nobles, las ocho balas que su compadre traía en la fusca.
Miguel y su amigo tenían para rato, contando anécdotas de borracho y de no tan borracho; pero como al amigo se le había muerto una tía por ahí media ricachona, comenzó a gastar el dinero de la herencia de antemano. Viendo que la llevaba para largo, Miguel se fue cuando el amigo apenas le estaba quitando el sello a la tercera botella de ron.
Al día siguiente, en el trabajo, se dio cuenta de que su amigo no había asistido, pero nunca se enteraría de que después de la tercera botella hubo una cuarta, y una quinta ya con la cantina cerrada y el cantinero platicando incoherencias y cayéndose de pedo. Tampoco se enteraría que una vez que hubo despertado, y con una cruda inclemente, fue a ver al notario, que le dio el cheque de su herencia y en cuanto lo cambió salió a recorrer el mundo, que aquí entre nosotros, alcanzaba para recorrerlo como seis veces. Y mucho menos se enteró de que cuando iba por Brasil, unos gángsters lo confundieron con uno de su banda que los había traicionado y le pusieron tanto plomo entre pecho y espalda, que los policías de forense llamaron al servicio de limpia para que lo levantaran con palas y carretilla.
Total que llegó un Atlantic con la portezuela y el guardafango derechos hechos yogurt. El de relaciones públicas de la empresa lo mandó llamar y le pidió que el carro estuviera como salido de agencia (sic) en menos de dos horas. Para su mala suerte, el amigo pedo–rico–gángster era el laminero. Él sólo entendía de bujías, carburador y cuatro tiempos. Y ya no pudo objetar nada, porque el güey de relaciones ya le estaba diciendo al dueño del carro que lo metiera al taller, que ahorita mismo comenzaban a repararlo. Ese fue el momento.
El dueño del Atlantic chocado era Marta, Martita pa’ los cuates. Miguel la vio con la vista fija y la sangre fría al manejar el carro, y se enamoró. Pero sólo era una ilusión óptica, porque realmente, ella estaba tratando de fijar la vista para no manejar chueco, y trataba de mantener la calma por que si en la agencia descubrían que estaba borracha, no le harían válida la garantía. Y precisamente por eso estaba hecho chicharrón el carro. Las niñas (ella y otras compañeras de la escuela) habían “salido temprano” de clases, y aprovechando que Marta traía el carro de su mamá, todas fueron a dar una vuelta a Coyoacán antes de llegar a sus respectivas casas. La idea de los helados y las vueltas alrededor de la fuente de los coyotes las hacían sentir niñas, según sus propias palabras después, cuando se descubrió el secreto. A una de ellas, Yésica, se le ocurrió la brillante idea de ir por una botella de coñac a la casa de su padre, que por cierto estaba en Texas ajustando unos problemas finales en una fusión de empresas que harían que la empresa gringa invadiera el mercado con mercancía barata de las maquiladoras de la frontera y tuviera un monopolio en el país, y para que no hubiera problemas, a nombre de un mexicano (exacto, el papá de Yesiquita). Pero ya entrando en gastos, las niñas decidieron que una no bastaba; por lo menos dos de coñac y una de brandy. Y así se fueron al Desierto de los Leones.
Habiendo vaciado las botellas, las muchachitas dispusieron que ya era hora de irse, pero no sin antes la meada para antes del viaje de regreso. Eso les costó otra hora, porque al momento de mear, formaron un círculo viéndose las caras y antes de terminar, reventó la carcajada general, que a algunas las hizo irse de espaldas, a otras de frente y una más tuvo la osadía de ponerse de pié y mear parada. Fue el paroxismo hilarante: todas riendo hasta el límite de sus pulmones.
El ruido de los cristales estrellándose, el golpe de la lámina y los gritos de sus compañeras la despertaron del plácido sueño que estaba teniendo sobre el volante del automóvil, pero no por eso dejó de apretar el acelerador y derrapando mientras maniobraba vertiginosamente el volante logró salir del Desierto de los Leones dejando el faro y medio metro cuadrado de pintura en uno de los árboles del camino, que tenía la inscripción con navaja de “Ángela y Mariano” y que después moriría irremediablemente con la caída de la lluvia ácida.
Antes del suceso, todas las muchachas estaban preocupadas por la apariencia de sus ropas, ya que se habían estado revolcando en la tierra húmeda por sus orines. Pero después, ni siquiera lo olían. Estaban todas preocupadas por lo del carro, sacaron todo el dinero que tenían para ver si con eso podían arreglar el carro para antes de la hora en que se suponía salían de la escuela. No, Marta decidió que enfrentaría el regaño como lo que era: una travesura. Repartió a sus amigas en sus casas y ya con un poco menos de alcohol en la sangre, una de ellas dijo: “Pero es casi nuevo, ¿no te lo pueden reparar en la agencia?”. Sonaron las fanfarrias y los aleluyas mientras Marta aceleraba de nuevo para que lo tuvieran listo a tiempo. Fue cuando llegó, entró al taller y vio a Miguel en su overol azul, manchado de grasa y con una matraca con el dado de catorce en la mano.
Ella no distinguía entre lámina y motor, así que no pudo juzgar como le hizo Miguel para poner una puerta, un salpicadero, un faro, una parrilla y el espejo retrovisor nuevo en una hora con cincuenta minutos, y además enderezar la defensa hasta quedar como nueva. Miguel no opinaba lo mismo: creía todo un logro para apenas un equipo de seis personas (todo el personal de taller en ese momento, y la mayoría crudos) hacer todo lo que hicieron en menos de dos horas. Claro que no contó con la mirada fija de Marta que se posó en él desde que llegó, y que lo ponía nervioso aún cuando estaba bajo el auto apretando unos tornillos que se suponía debían estar fijando el salpicadero pero que realmente sólo estaban volando. Pero a la inversa, Marta tampoco contaba que Miguel la estaría observando, viendo a través de sus ojos, sintiendo en su piel, respirando de su aliento, y no como ella creía que él ya había visto que estaba borracha y que en cuanto terminara el trabajo iría y le diría a su patrón que le cobrara la reparada porque eso no lo cubría la póliza. Pero que importaba, estaban a mano... de no ser por lo que sucedió después.
No le cobraron, el carro tenía un año de seguro según la agencia. Ella creyó que el mecánico se había apiadado de ella y no le había dicho a su superior. Quedó muy agradecida porque no la descubrieron en su casa y tuvo un sueño tranquilo que sus padres interpretaron como el cansancio del estudio. No dudaron que su hija llegaría a ser algo grande.
Días después, cuando las risas entre sus amigas se habían agotado y los remordimientos de conciencia se habían pasado al archivero de los recuerdos, a Marta le quedaba un expediente abierto. Tenía la certeza de que debía regresar con el mecánico y agradecerle lo que hizo por ella, pero si iba así, despertaría sospechas y el gerente podía preguntar, echando abajo toda la puesta en escena. Sólo podía hacer algo: chocar de nuevo.
La noche del Atlantic golpeado, Miguel tuvo un sueño erótico y una pesadilla después. Cuando despertó, hizo como que analizaba sus sueños y concluyó que el sueño erótico era por la mirada fija de la chica y la pesadilla era porque estaba intranquilo de que lo fueran a regañar cuando se dieran cuenta del trabajo tan pésimo que había hecho. Aunque lo cierto era que el sueño erótico fue producto de una película, que estaba viendo precisamente antes de quedarse dormido, en la cual salían unas porristas de preparatoria gringa y tenían que dar su máximo cuando salieran a apoyar a su equipo de fútbol americano. La película no era porno, pero “estaban bien chulas las güeras esas”. Y las pesadillas fueron consecuencia de unas gorditas de chicharrón, unos huaraches de requesón y unas chaparritas de naranja que se atascó antes de llegar a su casa después del trabajo, a modo de cena.
Los días siguientes ya no hubo sueño erótico, no así pesadillas; pero en su mente se dibujaban a cada rato los ojos con la mirada fija de ella. Apretaba los tornillos y veía sus ojos. Ponía las juntas al carburador y veía sus ojos. Cambiaba las bujías y veía sus ojos. Hasta cuando cambiaba el aceite veía sus ojos. Por supuesto que Marta no tenía idea de esto, pero lo que nunca se pudo haber imaginado es que por andar de borracha en el Desierto de los Leones aquel día, las consecuencias las pagaría un pobre incauto que llevó su sedán a revisión y al momento de acelerar a fondo cuando pretendía huir de la ley por haberse pasado un alto, el motor del vocho explotara en mil pedazos y la Volkswagen México diera mucha lana para callar a los periodistas y que el caso no pasara a mayores, para no hacer mala publicidad a un vehículo que se estaba vendiendo tan bien. La filial mexicana jamás se enteró de que Miguel, por andar viendo los ojos de Marta en vez del carburador, había sido el responsable de tan extraño accidente, del que por cierto, sólo ha existido un caso en el montón de años que lleva la compañía con vida en el planeta.
Miguel estuvo a punto de volverse loco porque ahora no sólo veía los ojos de Marta, sino que la veía de cuerpo completo y con todo y Atlantic. Pero estuvo a punto de llorar cuando vio que el carro tenía un golpe en el otro lado. No pudo soportarlo y antes de hacer cualquier cosa con el carro, le declaró su amor a Marta. Ella no supo que contestarle en ese momento, si no hasta que todo el personal de taller estuvo chiflando porque llevaban más de cinco minutos viéndose a los ojos sin hacer absolutamente nada. “Cuando termines con el carro, te digo”, fueron sus palabras. Y Miguel, más rápido que bien, terminó el trabajo y esperó la respuesta de Marta.
Y así como los gatos que se hacen mañosos cuando prueban lo fino, el Atlantic tuvo un golpe nuevo cada dos días mientras duraron los dos últimos meses de la garantía, que fue más o menos cuando el padre de Marta le pidió explicaciones a su hija por el pésimo estado en que se encontraba el coche, y es que Miguel todavía no aprendía muy bien el oficio de laminero. Lo de él era la máquina.

Así pues, éste niño creció por Satélite, sin la total aceptación de sus abuelos maternos, pero con un amplio margen de cariño por parte de la abuela paterna, que además de envenenarlo lentamente con dulces De la Rosa que la abuela compraba a precios irrisorios en las salidas del metro porque la fábrica de Azcapotzalco no consideraba que pasaban el estándar de calidad; pocas veces el niño salía ileso de los domingos que la abuela iba a visitarlos, pues los lunes siguientes aparecían en cuello y brazos los moretones característicos de los efusivos abrazos y consecutivos besos a su nieto preferido, y que el niño soportaba por aquello del “preferido”, y las docenas de dulces. Claro que fue hasta ya avanzada la infancia del niño que se dio cuenta de que era su único nieto, puesto que la tía misteriosa de la que alguna vez escuchó hablar, pero nunca vio, aún no volvía del otro lado, a donde huyó con un pretendiente que no le agradaba en lo absoluto a la abuela y que pensaba encontrar un trabajo bien remunerado en el vecino país del norte; y que al momento de volver decidieron tomar la dirección contraria para ver si ahora sí les sonreía la vida... y sólo les sonrió hasta llegar a Canadá, donde el pretendiente tomó un empleo en el Ayuntamiento y se dedicaba a limpiar la nieve de los caminos los nueve meses que duraba el invierno.
Eso no impidió que el niño (quien por cierto se llama David) jugara con sus amiguitos de la cuadra a los guerreros con los materiales que estaban usando los albañiles para construir una colonia del infonavit como a seis calles de su cuadra. Como tampoco impidió que un día, David llegara lleno de cemento hasta las orejas porque los amiguitos abrieron un saco, y al ver la consistencia tipo talco del mismo, arrojaron al más pequeño (David) a una pequeña montaña que habían formado al abrir cinco sacos y vaciarlos en el suelo. Al caer dentro de la montaña, se levantó una nube de cemento que llenó el cuartito en construcción en el que ponían los materiales; y todos quedaron espolvoreados. Los ocho niños de aquella cuadra tuvieron sus respectivos regaños y sus posteriores comezones y despellejadas paulatinas de piel.
Pero ese era sólo un juego entre los millones que había en una de las orillas de las que pronto sería una colonia de gran aceptación dentro de las familias bien acomodadas de México.
Desde que tiene memoria, David fue un niño problema, a veces abusivo, a veces travieso. Siempre solitario. Se metía con los niños con más dinero que él y los engañaba con el cuento de que iba a la tienda por refrescos, que ahorita volvía, que no tardaba, nomás espérenme aquí y se iba a la tienda a comprar cosas, que ahí mismo se las comía y regresaba después de media hora con unas papas diciendo que nomás para eso había alcanzado, que se las repartieran. Lo hacía casi a diario. También robaba pequeños juguetes de sus amigos cuando ellos iban al baño y lo dejaban solo en el cuarto de los juguetes. Jalaba papel de baño y lo ponía dentro de la taza, para ver cómo el remolino seguía jalando más y más papel. Pintaba con crayolas en los platos y sartenes, le sacaba el aire a las llantas de los coches estacionados en la calle cerca de su casa, se sonaba con las cortinas, se llevaba un alfiler de seguridad a la escuela para picar a los compañeros cerca de él cuando pasaban lista, llenaba con cuidado y casi metódicamente las llaves del lavabo con tierra para que saliera lodo en vez de agua al lavarse las manos, les pegaba a sus compañeros en la cabeza con la mano llena de mermelada (su madre nunca entendió bien esa rara obsesión de los sándwiches con mucha mermelada que siempre le pedía su hijo), arrancaba los cables para tender la ropa y ataba a un perro en un extremo y a un gato en el otro, iba por todas las calles de su colonia tocando las puertas con cara de cachorro triste y preguntando si no había caído ahí su pelota, les regalaba galletas rellenas de pasta de dientes a niños más pequeños, llenaba de aceite usado las agarraderas de las puertas de las casas, cazaba sapos pequeños y los aventaba dentro de los coches que dejaban con las ventanillas abajo, molía las pastillas más amargas que encontraba y les decía a sus compañeros que era sal, que si no querían un poco… Y sigue la lista.
De todas estas travesuras se libró del castigo, con mayor o menor éxito. Ponía su cara de cachorro triste y le ablandaba el corazón a su madre. Su padre lo miraba con desconfianza, pero el cinismo de David era tal, que hasta su padre se lo creía y comenzaba a mentar madres de las profesoras que a cada rato le mandaban llamar porque su hijo ya había hecho tal cosa o roto tal otra. “Como si uno no tuviera otra cosa mejor que hacer que ir a escuchar a pinches viejas cacatúas decirle a uno que su hijo está malcriado”, gruñía Miguel cuando llegaba cansado del taller después de haberse quemado los dedos por un radiador mal soldado de una caribe, y Martita ya estaba sirviéndole sopa de fideos (dos veces por semana) y tacos dorados de pollo (cinco veces al mes), esperando que el hambre de Miguel fuera mucha y no se diera cuenta que estaban comiendo eso otra vez y prometiéndose que la semana que entra aprendería otra receta. “Y tú —continuaba Miguel después de haberse sambutido dos tacos llenos de crema y media sopa de fideos— no quiero que seas un hijo de la chingada y andes haciendo travesuras (sic), no quiero que seas ningún cabrón, ¿o eso te enseñamos en esta casa, a portarte mal?” Ya cuando escuchaba estas palabras, el niño demonio sabía que ya no había bronca y solo tendría que esperar un rato para encontrarle alguna utilidad a los cerillos que se había robado de la casa de alguno de sus compañeros.
Esa fue otra bronca: al crecer, ya no le entusiasmaba manchar con maquillaje de su mamá la playera del niño de adelante durante la ceremonia a la bandera de los lunes, ni pintar “se vende” con pinturas Vinci en los medallones de los coches, así como tampoco atarle las patas a los gatos con cinta adhesiva y medio sepultarlos en los montones de arena de las obras negras. Eso ya había pasado para él. La ventaja es que con la edad y la experiencia, el mundo tenía miles de cosas nuevas que mostrarle, que él podía usar y darles una utilidad extra a la que fueron concebidos.
Comenzó a entender las posibilidades intrínsecas que traía consigo la velocidad. Experimentó el fenómeno de la conductividad eléctrica en células caninas. Entró en los terrenos del placer sádico. Empezó a ver poco a poco el comportamiento de una potencial víctima que hasta ahora había gozado de su total desprecio: las niñas. Ciertas herramientas que su papá tenía en casa, pasaron a ser sus herramientas de trabajo. La relatividad del tiempo fue comprendida muy a su manera: se dio cuenta que una persona con el coche lleno de agua con cal se enojaba más en las mañanas rumbo al trabajo, que en la tarde al ir a la tienda, o en la noche. La vegetación es muy frágil, y más con aquel líquido con el que su padre rellena la batería del carro. Pero lo peor y también su perdición fue ser seducido por la bella dama que la noche resalta su belleza: el fuego. De no haberse sus padres dado cuenta a tiempo, seguro habría fabricado napalm casero, pequeñas minas de contacto para los coches y proyectiles dirigidos con cachos de manguera.
Sucedió un día de escuela, común y corriente. Exceptuando que David traía en la mochila varios implementos flamables suficientes para calentar una olla de pozole con seis kilos de maíz y una cabeza de puerco. En el recreo, se buscó un lugar alejado de algún adulto que lo pudiera ver, a quien gorrearle una coca fría sin que fuera muy obvio y un chivo expiatorio (por aquello de las dudas). Para hacerlo partícipe y poder echarle la culpa en caso de que fallara el experimento, le hizo un lavado de coco y al rato ya estaba el chivo rogando por incendiar algo. Intentaron hacer un explosivo para que cimbrara toda la escuela, pero como no había pólvora, era el primer paso a dar. Descabezaron cientos de cerillos y los hicieron una masa rojiza al mezclarlos con un poco de gasolina y aguarrás. Envolvieron la masa en papel periódico y lo echaron al cilindro de cartón del papel de baño. Rellenaron todo el cilindro con papel de baño húmedo en gasolina y sellaron los extremos con cinta adhesiva y pastas de libreta. Usaron de mecha el pabilo de una vela untado en la mezcla de cerillo y gasolina y procedieron a la honorable ceremonia de encendido. Pocas palabras y mucha acción fue la consigna y encendieron la mecha, listos para darse a la fuga y esperar la explosión. La teoría era buena, pero la práctica redujo el tiempo de espera a décimas de segundo; y la explosión, a solo un fogonazo. Se quemaron las manos de David y media playera del pobre incauto que tuvo la poca fortuna de atravesarse en su camino aquel día.
Miguel recibió la llamada cuando estaba afinando el motor de una combi y salió disparado dejando al chalán con el filtro de aire en las manos y tres litros de aceite escurriendo en un como plato hondo. Martita aún tuvo tiempo de quitarse los tubos, el delantal y medio desayuno que aún tenía en los dientes; se pintó un poco y todavía se cambió el vestido. Salió corriendo a la escuela y llegó dieciséis minutos antes que Miguel. David estaba más apesumbrado por la falla del experimento que por sus manos quemadas y envueltas en metros de vendas asépticas. Y mucho menos le importaba aquel niño que aún estaba espantado y llorando a mares porque creyó que iba a morir. Tenía la esperanza de recuperarse pronto y engraparle la mochila al pupitre.
Miguel y Martita escucharon pacientemente la versión de la maestra, que era una versión maquillada de la versión del chiquillo llorón. Escucharon las opiniones de la directora, de la enfermera (que realmente era una maestra temporal con medio semestre de medicina) y de la mamá del niño llorón. En casa escucharon la versión de David, que era una versión fría y científica de la versión del llorón, y tomaron medidas.
En primer lugar, se redujeron las horas de andar jugando en la calle, los privilegios dentro de la casa, los implementos potencialmente peligrosos y el flujo monetario de los domingos. Al contrario, aumentaron las tareas hogareñas, las horas de hacer tarea, las de ver televisión, las de arreglar la habitación y las de ir con la tía Lola (que realmente no era su tía, si no que era una cuarentona gorda que a veces les iba a vender abarrotes baratos que su marido y otros compañeros cargadores se robaban de una bodega en la Central de Abastos). Tal vez el último fue el peor de los castigos, porque la tía Lola lo abrazaba y lo comprimía entre sus senos asfixiantes, y lo llenaba de besos mojados que le cubrían la mitad de la cara.
En segundo, como ya era tarde y de todos modos le iban a descontar el día, Miguel decidió no regresar a la Volkswagen. Pero viendo que el día pintaba bien (salió temprano de la chamba, el niño estaba introspectivo, tal vez por el dolor, y Martita no estaba en fachas, se veía bien), se sintió a todo dar y no quiso arruinarlo con sopa de fideos y algún guiso que sabría a cartón y parche para bicicleta. Los invitó a los tacos y accedieron de buena gana. Comieron hasta hartarse, regresaron tranquilos a casa y se echaron a ver tele un rato. Miguel mandó a David por una caguama y el niño tuvo que hacer milagros y muchas muecas para dar el dinero y guardar el cambio, además de transportar el envase y traerlo lleno. Miguel y Martita platicaron un rato de trivialidades, le dieron otra pastilla a David para el dolor y lo dejaron viendo la tele. Se fueron a su cuarto a las nueve y cogieron largo rato y con una energía poco común. No habían hecho el amor así en semanas. Cuando escucharon a David en su cuarto llorar por el dolor, recordaron por qué: las paredes eran muy delgadas. Esa noche era luna llena y semanas después se enterarían que serían padres otra vez.
El dolor poco a poco fue amainando, pero los castigos se quedaban. Aunque la verdad no importaba mucho, en ese momento. Con las manos quemadas, no había mucho que pudiera hacer. Estaban todas vendadas, dolían si las movía mucho y tenía que correr más despacio por miedo a caerse o a golpearse en alguna barda. Tardaba horas en terminar de comer, ya que no pedía ayuda y curiosamente sus padres tampoco se la habían ofrecido. Ir al baño se convirtió una tortura. ¿Para qué salía si no podía hacer nada? Sus padres comenzaron a hacer la broma de que el dicho popular que dice que si no le amarraron las manos a uno de chiquito, estaba basado en David. Por supuesto, era gracioso.
Fue la calma que precede a la tormenta. ¿O es al revés, la tormenta precede a la calma? No importa, porque de todos modos, y continuando con la analogía a los fenómenos meteorológicos, bien se podría decir que estaban en el ojo del huracán. Aún faltaba la adolescencia de David, esa época de rebeldía, de barros en la cara, de rechazo a todo lo que signifique autoridad, de olores fuertes y agrios, de ropa extraña y sin lavar, de odio por todo lo que le rodea, de hormonas saturando el cuerpo como agujas en muñeco vudú, de pelo en la cara y en las rodillas, de música estruendosa y de mil cosas más. Pero David casi no pasó por todas esas molestias. Y si lo hizo, no recuerda pues se conformó con meter la nariz en un bote de resistol 5000, empapar el hígado con alcohol etílico y perder la virginidad por cincuenta nuevos pesos.
Miguel sigue trabajando en el taller de la Volkswagen. Espera que llegue el fin de año, para ver si con el aguinaldo puede abrir un tallercito propio allá en Satélite, cerca de su casa. Sigue sin aprender a laminar.
Martita ya casi ni extraña esa vida de sobrados lujos y sábanas de seda en la que vivía antes de conocer a Miguel. Hace tiempo que olvidó las clases de saxofón. Hace sopa de fideos una vez a la semana y está embarazada otra vez.

28 de Octubre de 1999 – 19 de Febrero de 2006.
Colima, Col.

domingo, 8 de marzo de 2009

9.4608 x 10^12



Y el tiempo comienza a correr. Claro que uno eso ya lo sabe y se hace de oídos sordos. Uno cree que eso será para siempre, que jamás se detendrá. Que infinitamente seguirá hasta el fin del mundo, y aún más.
Pero nada más erróneo que esto. El tiempo no es eterno, se acaba, tiene un fin. Se llega al punto en el que no hay marcha hacia adelante; es más, ni hacia atrás.
Quedas en un punto intermedio del que jamás saldrás. Del que no regresarás. Suspendido en el tiempo, agarrado tan solo de un delgado hilo a punto de romperse. Este hilo es lo que siempre has creído saber, todos tus conocimientos, toda tu sabiduría, todas tus creencias y tus ideales.
Y hasta que te des cuenta de qué tan equivocado estabas, ese hilo se romperá y viajarás a velocidades hiperlumínicas, atravesando mundos y estrellas. No te darás cuenta de todo lo que rebasas, hasta que ya estás a millones de años más adelante.
300,000 kilómetros por segundo es mucho tiempo. Hay que tener en cuenta eso.

25 de Febrero de 2002.
México, D.F.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

2K


—Este planeta se está llendo al carajo.
—¿Se está yendo al carajo? ¿Por qué? —se extrañó Carlos ante el comentario tan incongruente a mitad del túnel que unía Universidad con Copilco.
—¿Cómo por qué? Todo en un principio estaba muy bien, hasta que apareció el hombre. Y hasta eso, el hombre comenzó muy bien, pero después fue degradando en lo que es ahora. Los grandes filósofos chinos, los griegos y sus conocimientos básicos, que después seguirían rigiendo al mundo, el año cero, la gran Roma, sus conflictos, la Edad Media, epidemias, la Edad Media, fe ciega en la religión, más Edad Media, imprenta, los grandes viajeros, los grandes descubrimientos, las terribles luchas de colonización y colonialismo, 13 de agosto de 1521, el renacimiento, los grandes pintores, los grandes pensadores, Leonardo de Vinci, piratas, expansiones territoriales, guerras civiles, retos geográficos, guerras de independencia, la ciencia comienza a abrir los ojos tras el oscurantismo, más guerras civiles y de independencia, socialismo, capitalismo, monarquías, desarrollo tecnológico, revolución industrial, TNT, disputas por fronteras, fábricas en serie, máquinas de vapor, fabricación de automóviles en altas cantidades, explosión demográfica, guerra mundial, avance en las comunicaciones, aviones, barcos, cables, bulbos, avance tecnológico a gran escala, dirigibles, Hindenburg, sobrepoblación, otra guerra mundial, inicio de la era atómica, guerra fría, contaminación, lucha por el poderío económico y tecnológico, transistores, el Che entra a La Habana, hombres en el espacio, satélites, huellas terrestres sobre la superficie de nuestro astro hermano, The Beatles, Coca Cola, revueltas estudiantiles, México 68, rock ‘n’ roll, Cassius Clay, Black Power, Vietnam, luchas por religión, por territorio, por dinero, drogas al por mayor, psicodelia, LSD, peace and love, marihuana, kilómetros y kilómetros de carreteras, contracultura, envenenas tu cuerpo con sustancias legales, destrucción de bosques y selvas para aumentar la mancha urbana, microcircuitos, inversión térmica, pop, energía atómica, condones, dinero de plástico, Comunidad de Estados Independientes, Biosfera II, síndrome de inmunodeficiencia adquirida, concepción in vitro, el sexo puede matar, la era del sílice, computación, código binario, Internet, vida virtual, jitomates en el espacio, niños con armas automáticas, vacas locas, armas bacteriológicas, bases espaciales, diez líneas del metro, euros, clonación… ¿Te parece suficiente o quieres que siga con la lista?
—No, ya entendí. Pero eso se sabe desde antes de que tú nacieras. ¿Por qué te preocupas hasta ahora?
—Porque sólo falta la gota que derrame el vaso, el reloj ya está a punto de juntar sus manecillas, el último grano de arena caerá. Te queda menos de un año para hacer tu testamento, que obviamente, nadie heredará. 2000, MM, 2K, two thousand… como le quieras llamar.
—¿Tú también eres de esos alarmistas que creen que el mundo se va a acabar el año dos mil? Yo creí que eras más centrado, más realista, más creativo. No sé, me decepcionas —mencionó Carlos al ver los letreros en el andén que decían División del Norte. Ellos aún no bajaban del metro y varias personas a su alrededor los miraban de soslayo. Jamás le ponía atención a su amigo cuando viajaban en metro. Solía divagar mentalmente, con la vista fija en algún anuncio de escuela técnica, o en las palancas de emergencia. Hubo una vez en que, excitadísimo, descubrió un medidor que medía la presión del cilindro de freno, y cada vez que se acercaban a una estación, observaba como el medidor subía, y al frenar por completo, bajaba. Carlos tuvo que soportar a su amigo varios días con aquella visión del metro.
—No es alarmismo. Esto es real. Dime que falta por hacer. Algo por lo que el mundo deba esperar. ¿Eh? Nada. Ya no hay nada que descubrir, nada por inventar, nada que destruir. Ya todo está hecho. Ya sobramos aquí, y como llegamos, desapareceremos. Terminaremos destruyéndonos con nuestras propias manos. Un germen indestructible, una fisión incontrolable, una tala a escala mundial, CFC’s y aerosoles, desperdicios radioactivos, un loco con el dedo en el botón, escasez de alimentos, venenos enlatados, violencia ínter, intra y extrarracial, periodismo amarillista, Pentium…
—Hey, aquí bajamos, ¿no? —y Carlos agradece que ya llegaron a la estación en la que deben bajar. Nadan contra corriente en una marea humana y después sólo se dejan llevar por la suave ola humana que los guiará a la salida.Carlos entrecierra los ojos al salir a la superficie y dar de lleno con el sol de la tarde.
—Ya ves, pasamos más tiempo bajo tierra que comiendo. Lombrices naranjas corriendo bajo nuestros pies, llevando en su vientre miles de personas en una estúpida procesión: de su casa al trabajo, y viceversa. Repetido infinidad de veces. Dime, ¿realmente crees que no se va acabar el mundo en el año dos mil, en el año que entra? 23:59 horas del 31 de Diciembre de 1999.
—¿Quieres un cigarro? —pregunta Carlos a su amigo, para ver si con algo entre los labios puede mantenerlos cerrados un poco más de tiempo, y dejarlo de molestar en ese día que casi no hay gente en las calles y poca contaminación en la ciudad.


Febrero de 1999.
México, D.F.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Vientos de ciudad


—Vientos negros, viene el cambio —murmuró un viejo sucio y ebrio que estaba acostado sobre unos cartones señalando el cielo. Ricardo volteó al cielo por inercia. Las nubes le confirmaron la afirmación del anciano. Montones de nubes obscuras viajaban por la bóveda celeste a gran velocidad. Demasiado rápido. Estando parado sobre la banqueta de la avenida, de pronto sintió que era la tierra la que giraba muy rápido y que las nubes estaban estáticas. La sensación y su imaginación fueron tan reales que hasta se mareó. Trastabillando y bajando la vista pudo reaccionar. Volteó de nuevo al cielo y observó la carrera de nubes negras. Le dio unas monedas al viejo.
—Cómprese algo de comer —y siguió su camino.

La gabardina estaba abrochada hasta un poco arriba de las rodillas pero sentía que el aire se le colaba hasta la espalda. Caminaba despacio, entrecerrando los ojos para evitar que el volátil polvo se le metiera a los ojos y a la boca. Periódicos y bolsas de plástico rotas se cruzaban con él a gran velocidad, que a veces lo golpeaban sólo para seguirse de largo y perderse a sus espaldas. El viento, al que Ricardo caminada en contra, era el que arrojaba la basura por la calle. Carros viajaban por la avenida, ajenos al vendaval. Las pocas personas que transitaban esas aceras, lo hacían tratando de ponerse a cubierto de la lluvia de polvo y basura. Sólo Ricardo caminaba impasible, pensando que el clima estaba como él lo sentía. Gris. No quiso recordar lo de la noche anterior, pero ya estaba ahí, en su mente. Y el sentimiento de tristeza, desesperanza, impotencia... dando paso a la ira. Pateó con rabia una señal de tránsito, ésta vibró unos segundos y luego se calló, como burlándose de él. Ricardo enfureció más y procedió a patearla con ahínco. "Hasta la destrucción", pensó. Se encontraba en el proceso, cuando un destello de luz lo congeló. Impávido, escuchó inmediatamente una terrible explosión que cimbró la acera. Olvidando la señal de tránsito, miró al cielo. Múltiples rayos azules viajaban de nube a nube, violentas descargas eléctricas se preparaban para... otro destello y el suelo tembló una vez más.

Una gigantesca gota le bañó la frente. Fue entonces cuando decidió regresar a su casa. Sus pasos rápidos se confundían con el creciente golpeteo de la lluvia sobre el concreto. Decidió correr, sus tenis de lona no aguantarían mucho tiempo secos con aquellas enormes gotas de lluvia; y su segundo y último par de tenis estaban en casa de un amigo. Y corrió. Se sintió estúpido corriendo bajo la lluvia, con gabardina negra y tenis de tela. Corrió, saltando los charcos que ya empezaban a formarse sobre las calles. Charcos sucios, negros, poco profundos. Sonrió enigmáticamente, estaba describiendo su vida. Pero justo caía en un gran charco, mojando todos sus tenis, cuando recordó que no había nadie esperándolo en su casa. ¿Y el perro? Melvin era de ella, se lo había llevado consigo.

Maldijo su maldita suerte. Y parado sobre una pequeña inundación en la calle decidió ya no correr. Y caminó. Ya sus tenis escurrían agua sucia y su pelo mojaba su espalda. De pronto recordó al anciano ebrio. Lo quiso buscar, caminó un poco y encontró los cartones húmedos. Avanzó otro poco y lo encontró sentado en el poco espacio que dejaba un portón de madera bajo un pequeño techo. Lo miró largamente mientras el viejo, hecho un ovillo, tiritaba. El viejo pareció darse cuenta de que lo miraban después de un rato.
—El cambio de los vientos negros viene. El cambio es bueno —dijo el viejo. Ricardo no se fijó en ese bigote mal cuidado, ni en esas encías huérfanas de dientes. Fueron los ojos del viejo lo que le llamó la atención. Ojos sabios, ojos vivos. Pensó en el cruel destino. Ese hombre pudo haber sido empresario, taxista, accionista, obrero, doctor, pero un giro de la vida lo mandó a dormir a las banquetas. También pudo ser un vividor delincuente y tener lo que merecía. Alzó los hombros y emprendió su camino deteniéndose casi al instante.
Sacó un billete de su cartera y lo puso en el bolsillo de la gabardina. Se quitó la gabardina y la tendió al viejo. Él lo vio inexpresivamente, después la tomó con un tinte de sonrisa. Comenzó a balbucir algo mientras se cubría con la gabardina de las gruesas gotas de lluvia.
-¿Qué? —preguntó Ricardo que no lo alcanzó a escuchar. Nada, el viejo se había quedado dormido. Ricardo continuó con su camino bajo la lluvia. El resto de su ropa, que la lluvia no había tocado, se mojó al instante y sintió frío. Metió sus manos en los bolsillos del pantalón.
—El cambio es bueno —repitió al comenzar a tiritar. Inmediatamente arrojó ese pensamiento al bote de basura mental y eludió un charco que se ponía en su camino.



7-11 de Mayo de 1998.
Colima, Col.