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miércoles, 13 de abril de 2022

A fuego vivo

hermosa rubia sentada en una habitación en penumbras, con una camisa oscura de estilo clásico y con olanes, portando una mirada casi maquiavélica y una sonrisa enigmática frente a una chimenea a fuego vivo y casi a punto de leer los cuentos para antes de morir

Con un fósforo encendió la vela. Ésta iluminó pobremente la habitación en que se encontraba. Muchas sombras, muchos recuerdos en aquel lugar. Vació un poco de la botella de whisky en un vaso con hielos diáfanos que había traído desde la cocina. Se arrellanó en su asiento favorito, junto a la vela encendida.

Jamás el alcohol pudo sus recuerdos borrar.
Bebió despacio de su vaso con hielos
empero, en su asiento, con la llama brillante
memorias volvían al whisky pasar.

Mariana, su dama. ¡Oh, tristes lamentos!
Recuerdos malditos, recuerdos inciertos.

Con odio a la muerte, jugó el fin de su vida.
Fatal destino, la muerte enojada
descubrió las trampas de su enemigo
y tomó, en venganza,
la vida de su amada.

Grotescas las sombras,
que la llama hacía
cubrían la botella
que vacía yacía.

Trastabillando en la alfombra,
y en turno, el ron seguía
para olvidar memorias
que jamás se irían.
Pero ya sin energía
cayó inconsciente, junto a la sombra
que de la llama reía.

Llama asesina,
llama mortal,
que ahogado en alcohol,
el cuerpo quieres matar.

Bailando en la mesa,
viajando al sillón,
quemando y luchando,
por llegar al charco de ron.

Muerte maldita,
muerte traicionera 
que, brillante, te ocultas
en la llama de la vela.

Las cuentas que el tiempo 
dejó pasar
regresan corriendo
y en sangre a cobrar.

Y ya en su muerte
con su amada a encontrar
rogándole al cielo
que, mujer siendo
con otra alma
no abandone el lugar.

31 de Marzo, 1998.
Colima, Col.

lunes, 21 de marzo de 2022

De la vida bajo las estrellas

mujer desnuda al parecer asiática por las facciones y el pelo largo y lacio, en un ambiente acuoso de colores y disfrutando de la vida bajo las estrellas en algún cuento para antes de morir
Y sí, bueno, dicen que así sucedieron las cosas.

Uno nunca puede estar seguro, ¿no? Pero si sucede que vas caminado por la calle, en tu banqueta favorita, esa de la izquierda, que decides que debe tener sombra el resto del año, y caminas y sigues, y prendes un cigarro. Porque quieres prenderlo, porque tener un cigarro en la mano te hace sentir que te sostienes de algo, algo para no caer. Y decides prenderlo y sigues caminando y mientras ves la flama del encendedor, la flama que emite el cigarro cuando exhalas y la flama que decides debe verse al fondo de tu película, todo corre. Esas líneas en el asfalto siguen corriendo, los postes en la calle siguen avanzando y las luces se siguen prendiendo y apagando... Todo sigue, ¿cierto?

Pero así dicen que sucede, y pues tu tomas como ciertas esas cosas. Sabes que para ti no tienen un puto sentido, pero dices; de acuerdo, así es y así será.
Y continúas tu camino y mientras aspiras fuertemente de ese cigarro, ves con intensidad el entorno y te parece ajeno.
¿Qué es eso? ¿Qué es lo que tienes a los lados? ¿Qué demonios estás haciendo ahí?
Claro, estás caminado sobre la banqueta. Te estás fumando un cigarro, estás yendo a la tienda, estás avanzando...
¿Estás avanzando? ¿Realmente estás avanzando? ¿O estás huyendo de algo? Estas queriendo dejar algo atrás... ¿Es pregunta o es afirmación?

Y crees que lo sabes pero no lo sabes. Aunque lo sabes realmente pero no dices esta boca es mía y sigues pensando que todo está mejor allá adelante. Seguro al cruzar la esquina, la calle será mejor. Será una calle conocida. Seguro al cruzar el semáforo verás la luz al final del túnel. Seguro es eso.

No importa lo que pienses ahora, allá adelante está la respuesta.
Pero...
¿Pero?
Sí, pero allá adelante solo sigues siendo tú. No existe el camino amarillo.
No existe ese retorno sin peaje, no existe esa excomulgación que tanto esperabas. Y no lo sabes.
Pero tú estás seguro. Y con tu cigarro en la boca, cual rebelde sin causa, cual James Dean en blanco y negro, cual estúpido siervo sigues caminando sabiendo que allá adelante nadie te está esperando con una taza de café caliente y tu diario de la mañana.
Pero te haces pendejo y sigues caminado, contando las rayitas del asfalto que vas pisando, y descontando las que brincas. Aspirando fuertemente ese humo tan amargo y tan dulce a la vez. Tan estúpido que has quemado las naves y crees que es un juego de niños. Pierdes.
Te evades de la intensidad del momento solo para pensar que mañana será otro día, que al que madruga dios le ayuda y toda esa sarta de pendejadas que te dice la tele, que te dicen los libros, que te dice el espectacular a medio periférico con letras en bold italic 75 y rojo para que resalte, pensando que es la neta el verte reflejado en 16 x 8, creyendo que al publicista le llegó esa misma llamarada de inspiración que a ti hace unos segundos, fumando y ebrio hasta la madre. Maldito publicista borracho, debería estar aquí para que me contara cómo demonios llegó a la misma conclusión que yo. Si se metió la misma mota que yo, si tomó del mismo güisqui que yo, si le dio la loquera y empezó a hacer de su vida el mismo desmadre que tengo yo dieciséis kilómetros atrás.
Ríes. Él no estará aquí contigo. Te sientas en la banqueta porque hablar y fumar te cansa. ¿Hablar? ¿Estás hablando? Claro, estás platicando en voz alta de tu pinche introspección. ¿No te habías dado cuenta? ¿Nadie te lo dijo? Estas en otras esferas circunstanciales, pendejo. Ah, bueno, discúlpenme. Me termino este cigarro y regresamos al punto de partida.
Pero sabes que eso es una falacia. No regresarás al punto de partida. Ni aunque lo queras. Ni aunque desandes tus pasos. Eso ya no es opción. Así que adelante.
Y decides hacerte caso. Raro.
Nunca lo haces pero decides tomarte la palabra. Pisas el cigarro casi acabado y te levantas. Levantas la mirada. Casi estirándote. Y te das cuenta que estás ahí, donde querías estar. Debajo de esa luna. Debajo de ese millón de estrellas. Debajo de su mirada. Y sonríes. Después de todo, no estás tan mal. No es el momento. No es el lugar. No es ni siquiera la hora. No es el entorno. Pero estás ahí, donde querías. ¿Eso querías? Estás donde definitivamente debes estar. Volteas rápidamente para ver que no haya nadie y piense que estás demasiado ebrio, y enciendes otro cigarro. Total, estás donde debes estar, ¿no?

Nuevo Casas Grandes, Chihuahua
15 de enero 2017

domingo, 5 de diciembre de 2021

Día de Reyes

 

hermosa jovencita de mejillas rosadas, ojos chispeantes y sombrero cubriendo el pelo al vuelo, dibujada en tonos naranjas y amarillos en un día de reyes de algún cuento para antes de morir

Despertó temprano y corrió al arbolito de Navidad para ver sus zapatos pequeñitos y qué era lo que los Reyes Magos le habían traído ese año.

Un enorme oso de peluche le esperaba impaciente junto a sus zapatos, esperando que la niña llegara para tener alguien a quien proteger. El oso le mostró la carta que le acompañaba y ella le dijo que aún no sabía leer. El oso, pacientemente leyó la carta, explicando que ese peluche que recibía como regalo en gratitud por su benévola conducta, le proporcionaría horas de mutua diversión y apoyo incondicional en sus momentos más tristes y temerosos. Y era firmada por los tres Reyes Magos.

Abrazó fuertemente a su oso de peluche, que empezó a querer como a un entrañable amigo desde ese mismo momento, pero no podía detenerse ahora, tenía que abrir los demás regalos. Ahí estaba una pelota, amarilla y grandota, reluciente su plástico nuevo y ese olor a goma. Rió con todas sus fuerzas la chiquilla y tomó la pelota haciéndola rebotar por toda la habitación, corrió tras ella y tiró muebles y papeles en su loca correría. La pelota rebotó y rebotó hasta que ella decidió tomar un respiro y recordó sus demás regalos. La pelota descansó hasta que la niña corrió a sus zapatos.

Una muñeca la esperaba con la promesa de horas de diversión y un incipiente instinto maternal, que viéndolo en retrospectiva, se había iniciado con el oso de peluche, el cual, ya gastado, las observaba desde una esquina desarrollar esa nueva relación niña-muñeca. Le enterneció.

Pero la muñeca también tuvo un descanso después de un momento de ávida devoción, mientras la niña corría abajo del árbol y observó el otro regalo. Primero tardó en comprender, pero después se dio cuenta de que ése era su regalo: los Reyes se habían llevado sus zapatos gastados y viejos y le habían dejado unos nuevos y más bonitos. Ella se decepcionó un poco, pero después de probárselos y caminar con ellos, se sintió mejor. Los zapatos viejos y sucios ya no iban con ella; en cambio esos zapatos nuevos, limpios y con esos listones de un azul cobalto que cruzaban desde el talón hasta la punta que se veían más vivos con el sol de mañana, la hacían sentirse mejor, más bonita. Disfrutaría esos zapatos… o por lo menos lo hizo hasta que vio otro regalo.

Un juego completo de ligas y donitas para peinarse. Eran multicolores y de diferentes formas y tamaños. Algunos tenían caras de personajes de caricaturas, otros de animalitos, y otros más de flores o estrellitas. Era muchos, demasiados talvez. Quizá no llegaría a usar todos en un año si usaba uno diferente cada día. Quizá sí, pero en lo que era peras o manzanas, comenzó a peinarse y a usar un juego en el que venía un conejito. Entretenida en esa tarea, vio otro regalo. Era un libro. Pero no era un libro como los que le compraban sus padres. Éste tenía menos dibujos y más letras, hasta parecía aburrido por tantas letras y con tantas hojas. Pero tenía que averiguarlo. Abrió en la primer página frente a la potente luz del mediodía y desde que comenzó la lectura, la historia del libro la sumergió en aventuras fantásticas donde el capitán de un submarino peleaba contra un enorme calamar, donde un náufrago pasaba muchísimos años en una isla casi desierta en compañía de un aborigen con el nombre de un día de la semana, donde había peleas de piratas y también retratos viejos y demacrados de personas jóvenes y hermosas, donde había cuantiosos tesoros en islas y donde había ballenas endemoniadas que trastornaban la mente del capitán del barco. Y ella hubiera seguido dentro de esas historias si no hubiera visto los demás regalos.

Una falda larga y hermosa, llena de vida primaveral, tal y como era ella. Tan alegre y vivaracha. Sería la sensación, todas envidiarían esa falda tan bella. Se probó la falda y le pareció divina. ¿Pero con qué la usaría? Claro, ahí estaba otro regalo. Unas preciosas zapatillas de tacón. Ella jamás había usado tacón alto y parecía que ese era el momento de aprender. Los calzó rápidamente y comenzó a caminar. Tambaleante primero, falseando y torciéndose los tobillos, pero pronto tomó práctica y en unos minutos camina con soltura y seguridad, y más adelante hasta con coquetería y sensualidad.

Las zapatillas eran como una extensión de su cuerpo, para cuando corrió a ver los demás regalos, que consistía en un juego de polvos en estuchitos. Ya los conocía, su madre tenía algunos y por cierto que a veces le prestaba uno que otro. Pero ahora, ella tendría el suyo propio, no más de depender de los de su mamá.

Le siguieron algunas joyas, faldas cada vez más cortas, una fragancia de un suave aroma y hasta un libro de cocina. Muchísimas recetas tenía ese libro. Desde platos fuertes hasta postres. Desde sopas hasta galletas. Desde entremeses hasta pastas. Sería algo interesante, tal vez y aprendiese a cocinar pronto. Tal vez.

Los regalos se veían diferentes conforme caía la tarde. Ahora tenía una sonaja, una pequeña cobijita, unos zapatitos, etc. A veces eran blusas que la hacían verse más bella, más radiante, o un par de aretes que resaltaban esa fragancia femenina que siempre había destilado por los poros. Y otras veces un cuadro de alguna ciudad lejana, o una fotografía un poco descolorida que le recordaba otros tiempos.

Se sintió lejana y un poco desconcertada cuando abrió un regalo que contenía un chal de serios colores, pero eso sí, muy calientito. Se sintió a gusto con él y decidió que le iría perfecto ese regalo. Sin embargo, el desconcierto siguió. Cada vez le emocionaban menos los regalos y más se sentía satisfecha. También recordaba más los primeros regalos que los últimos. Recordaba casi perfectamente el oso de peluche, que ahora estaría sepultado debajo de tanto regalo, pero no lograba recordar cuál era el último que había abierto. Dejó de darle importancia a eso y recordó que tenía algunos otros regalos. Fotos grises, pequeños poemas y algunos papeles amarillos que, ya de noche y a la luz de la tenue luz de una bombilla eléctrica, era difícil ver.

Ya estaba cansada. Decidió irse a dormir, había sido muy ajetreado y excitante abrir todos esos regalos, pero ahora ya era tiempo de ir a la cama. Despacio se levantó y echó una última mirada. Le faltaba un regalo. Sonrió y pensó en regresar, pero se decidió por no hacerlo, ya que requería mucho esfuerzo y ahora sólo quería descansar.

Tomó su bastón, que por cierto había sido uno de sus regalos, y caminó lentamente a su cuarto. Mañana abriría ese último regalo. Mañana, descansada y con más fuerza. Mañana, que siempre hay uno.


6 de Enero de 2004.

Colima, Col.


jueves, 9 de septiembre de 2021

borrador seis

hermosa mujer desnuda, vista de espaldas y mostrando su turgente pecho con un ambiente en color azul - verde con neblina tal como si estuviera en los cuentos para antes de morir

La imaginación fue de un tono anaranjado, pero anaranjado tenue, anaranjado pastel, un anaranjado suave, invitante.

No ese anaranjado chillante, agresivo. Violento a los ojos

Fue tal vez con mis 37 grados, no sé, tal vez con tus 215 grados. Todo eso fue inevitable, fue espontáneo, simplemente sucedió, y desde un punto lejano en el horizonte se dio como algo creativo, algo funcional, algo bueno.

La mezcla se dio por a sí decirlo… pero se dio lenta, fraguante, poco a poco, una emulsión que va desprendiendo partículas para mezclarse con otras con la sensación de que saben que nunca se juntarán. Son ríos y son mares, son aguas frías, son aguas tibias. De ahí fluye por la montaña esa pendiente que tiene, con la fuerza que agarra el agua, pero es curioso porque esa agua fue río arriba, no tomó la clásica gravedad, no es de es agua.



4 de noviembre 2013
Soledad Salinas, Oaxaca

viernes, 18 de diciembre de 2020

martes, 5 de julio de 2016

Olvidar


afiche art nouveau indicando que se puede y debe olvidar en los cuentos para antes de morir


Divertimentos fiscales, absurdas tonterías. ¿Cuántas veces pasamos dormidos por la luz de la agonía? No tenemos conciencia, y el calendario es el único que nos queda.
Creo que he olvidado dónde quedó aquella canción que relataba la historia de la noche mientras veíamos correr nuestras vidas frente a nuestros ojos. Ni siquiera puedo recordar aquella cerveza fría como laguna, fría como 3 de la mañana, fría como manos aferradas a un volante bajo el hotel de mil estrellas.
He olvidado hasta los acúfenos rondando la habitación mientras sonaba música de literatura, leíamos canciones recién paridas por las bocinas y podíamos observar el planeta entero con los ojos cerrados.
Tampoco recuerdo libros de etanol, canciones a kilómetros por hora, pintura naranja odiándome por manchas blancas, jurando que nunca lo recordarías de nuevo y pidiendo a Baco que siempre hubiera una primera vez, que nunca llegara otra primera vez.
Seguro he olvidado que debí haberte recordado lo que debías olvidar. Seguro habrás olvidado igual que yo. Tanto tiempo y aún sigo olvidando lo que había olvidado olvidar.
Hasta he olvidado que ya había olvidado todo esto. Solo pido que te acuerdes de recordar todos estos recuerdos.

31 de Julio de 2007.
El Terrero, Colima.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El domingo de mis neuronas



chica asiática muy sexy con vestido tradicional de su país, mostrando un escote pronunciado en un domingo de mis neuronas


El domingo de mis neuronas encajetadas solía decirme que nada había como una lluvia a través de las ventanas de ese antiguo hotel. Pero de esas lluvias charcosas, gruesas y blancas, que todo lo empapaban con solo salir un segundo. Nada de vientos que ciscan árboles o enturbian las canaletas de los brazos levantados en torno al cuello. Tampoco truenos y rayos que deslumbran durante las noches de luna grande y láctea, de esa luna de pestañas enormes y senos de bilé. Nada como eso.
Pero también me decía que los juegos de clorofila y grillos cantores eran como estar varados en medio de la nada. Como ver la noche a través de una ventana empañada, entre claroscuros y cuentos de terror. ¿Sientes que te observan? Nada, que no hay como estar desnudos, haciendo el amor entre anécdotas de cereza y recuerdos de papel.
Cada vez desplazaba más y más a otros de mis días. Pronto dejé de saborear ese jueves que también tenía lo suyo. Con jueves en particular de aquel 1999, relleno de deliciosas tazas de café y
pequeños panecillos divertidos y azucarosos. Congelados por enfrente y amargos de este lado. Claro, siempre pensando en la niebla de las nueve de la noche.
Hasta aquel paisaje de dos mil arbustos que cubrían los terciopelos del desierto árabe. Pero con esas playas de petróleo y rubís acalambrados. Todo eso se conjuga para darte el sazón de casa.
Ni siquiera un lunes de adiós y betún. Cómo olvidar las noches húmedas de cigarrillos.
Nada, nada como eso.


20 de Junio 2012 - 11 de Junio 2013.
Villa de Mitla - Soledad Salinas; Oaxaca.
 

lunes, 6 de mayo de 2013

El sueño intermitente


Lentamente viajando en la obscuridad, sin prisas y sin emociones, como un pequeño feto dando vueltas. Sin siquiera tratar de ver hacia afuera, darse cuenta de qué le sucede a uno, indagando algo, conociendo, esperando. Pequeños cometas girando como tirabuzón en tu dirección, chocando y haciéndote sonreír. Cosquillas, dices. Calidez, tal vez, dentro de esa absoluta obscuridad.
Todo el entorno comienza a acercarse a ti. Tomar una porción de tu cuerpo, tocarte, saludarte, simplemente verte de cerca, cómo tu sonrisa y tus ojos cerrados pueden hacerte ver como la pequeña supernova que imaginas que sería divertido conocer. Polvo estelar rociado como harina de galleta.
Y ese acercamiento incluye la atracción de cuerpos celestes. Planetas vienen a verte, más cometas se acercan a acariciarte, nebulosas, gigantes blancas y rojas endemoniadas. Tu gravitación te hace ganar velocidad, comienzas a desplazarte más rápido. Es curioso, porque entre más se acercan a querer tocarte, más rápido te mueves, más rápido te alejas de ellos. Ríes. Es como un juego de niños, cada vez los evitas más y cada vez es más divertido cuando no te tocan, con tu sonrisa obscura y esa infancia a flor de piel.
Pero de pronto te das cuenta que ya no tienes quién te siga, ya los dejas muy atrás. Y eso porque ya vas tan rápido que apenas abres los ojos, y el viento te impide ver, tienes que hacer de tus párpados un par de rendijas pequeñitas para apenas atisbar esa tenue obscuridad que ahora se ve extrañamente iluminada en algunos lugares.
Ahora vas tan rápido que ves al tiempo quedarse atrás, lo dejaste atrás de tan veloz que ahora viajas. Vas tan rápido que ya nada te parece que fuera a tocarte, tan rápido que estás dejando la obscuridad atrás. Tan rápido que ni la obscuridad puede alcanzarte. Y es entonces cuando sucede la colisión.
Tan espectacular y destructiva que no alcanzan varios mundos para destruirse con ella. Salen fragmentos de luz despedidos en todas direcciones, fragmentos de tiempo y fragmentos de lugar. Todo se despedaza en la explosión de las seis dimensiones.
Tú te quedas ahí, aturdida. Porque te acabas de dar cuenta que ahora eres parte del sistema, y tendrás que esperar que alguien llegue con su gravedad para hacerte caminar.

10 de Agosto de 2010.
Culiacán Rosales, Sinaloa.

domingo, 3 de junio de 2012

Con tus pies en mi camino

La imaginación corre por mi cuenta. Contigo viajando entre mantas de lentejuelas y doscientos kilos de arena d emar. Tomados de las manos y observando luces nocturnas de la vieja ciudad perdida entre lo barroco y esas enormes puertas de roble rojo. Tu sonrisa dibujada en cientos de alebrijes, con cientos de memorias en cientos de negativos. Tus pies deslizándose por las antiguas pirámides, entre el juego de pelota y la serpiente emplumada.
Siempre tus ojos más allá del oro reluciente de un sábado sin sentido, sin dirección, sin retorno. Cuando el remolino te haya alcanzado, ¿hacia dónde irás? Siempre viajando como hoja al viento y contra la corriente. Como el salmón, nadando hacia la cresta solar, hacia la aurora boreal...
No tienes más que pedirlo, solo estirar la mano y tocar mis cabellos crespos y despeinados. Solo una mirada tuya, techando mis pestañas y la risa viva contra todos mis pronósticos.

1 de Junio de 2012
San Pablo Villa de Mitla, Oaxaca

viernes, 19 de marzo de 2010

La vida en un hilo.




Nació un dieciséis de mayo de algún año en el sexenio de López Portillo. Su familia (es decir, la familia del padre y la madre) no estaba muy contenta con ese nuevo retoño, que venía a arruinarles la vida a Ella, una prometedora periodista y reportera que aún no terminaba la carrera de Ciencias de la Comunicación (sic) en la Ibero y ya tenía trabajo en la revista Marie Claire como enviada especial en México, y que además tocaba espléndidamente el saxofón; y a Él, un muchacho trabajador, honesto y bastante observador, lo que hizo que lo ascendieran de mecánico a Jefe de Taller, en la agencia Volkswagen de Insurgentes, pero que al mismo tiempo le costó veinticinco mil pesos (de aquellos), que fue el préstamo que tuvo que pedir para construir una casita en un terreno allá por Satélite, que le heredó su papá antes de morir, que a su vez lo ganó en una apuesta con su compadre en el póker de los sábados en la cantina “La Preferida”, que el compadre, dolido en el orgullo porque no contaba con la flor imperial de corazones de su contrincante, fue, se acostó con la esposa del compadre, que enteróse, le vació el tambor de la treintaiocho en los huevos, con un progresivo estado de depresión alcohólica consecuente y finalmente la muerte; porque necesitaba llevarse a Martita (que así se llama la mamá) a vivir con él para que la ley la cobijara como concubina y poderla internar en la clínica 14 del IMSS con el seguro de Miguel (que así se llama el papá) que le daba la Volkswagen Insurgentes y poder ver el bebé a través del cristal frente a las cunas e incubadoras, y dejar para después el asunto del matrimonio que tanto incomodaba a las familias.
Todo fue cuestión de la casualidad y el azar (¿acaso no lo es todo?).
El día anterior a conocerse, Miguel y un amigo del trabajo salieron temprano de la chamba y decidieron ir por unos alcoholes a la cantina de por el centro, que después de muchos traspasos, clausuras y caídas de hacienda, resultó que era la misma donde el padre de Miguel había ganado el terreno por Satélite con aquella baraja extra que se escondió bajo la manga antes de salir de su casa y que después, trágicamente, había acabado la amistad de ambos compadres al recibir el sancho, en sus partes nobles, las ocho balas que su compadre traía en la fusca.
Miguel y su amigo tenían para rato, contando anécdotas de borracho y de no tan borracho; pero como al amigo se le había muerto una tía por ahí media ricachona, comenzó a gastar el dinero de la herencia de antemano. Viendo que la llevaba para largo, Miguel se fue cuando el amigo apenas le estaba quitando el sello a la tercera botella de ron.
Al día siguiente, en el trabajo, se dio cuenta de que su amigo no había asistido, pero nunca se enteraría de que después de la tercera botella hubo una cuarta, y una quinta ya con la cantina cerrada y el cantinero platicando incoherencias y cayéndose de pedo. Tampoco se enteraría que una vez que hubo despertado, y con una cruda inclemente, fue a ver al notario, que le dio el cheque de su herencia y en cuanto lo cambió salió a recorrer el mundo, que aquí entre nosotros, alcanzaba para recorrerlo como seis veces. Y mucho menos se enteró de que cuando iba por Brasil, unos gángsters lo confundieron con uno de su banda que los había traicionado y le pusieron tanto plomo entre pecho y espalda, que los policías de forense llamaron al servicio de limpia para que lo levantaran con palas y carretilla.
Total que llegó un Atlantic con la portezuela y el guardafango derechos hechos yogurt. El de relaciones públicas de la empresa lo mandó llamar y le pidió que el carro estuviera como salido de agencia (sic) en menos de dos horas. Para su mala suerte, el amigo pedo–rico–gángster era el laminero. Él sólo entendía de bujías, carburador y cuatro tiempos. Y ya no pudo objetar nada, porque el güey de relaciones ya le estaba diciendo al dueño del carro que lo metiera al taller, que ahorita mismo comenzaban a repararlo. Ese fue el momento.
El dueño del Atlantic chocado era Marta, Martita pa’ los cuates. Miguel la vio con la vista fija y la sangre fría al manejar el carro, y se enamoró. Pero sólo era una ilusión óptica, porque realmente, ella estaba tratando de fijar la vista para no manejar chueco, y trataba de mantener la calma por que si en la agencia descubrían que estaba borracha, no le harían válida la garantía. Y precisamente por eso estaba hecho chicharrón el carro. Las niñas (ella y otras compañeras de la escuela) habían “salido temprano” de clases, y aprovechando que Marta traía el carro de su mamá, todas fueron a dar una vuelta a Coyoacán antes de llegar a sus respectivas casas. La idea de los helados y las vueltas alrededor de la fuente de los coyotes las hacían sentir niñas, según sus propias palabras después, cuando se descubrió el secreto. A una de ellas, Yésica, se le ocurrió la brillante idea de ir por una botella de coñac a la casa de su padre, que por cierto estaba en Texas ajustando unos problemas finales en una fusión de empresas que harían que la empresa gringa invadiera el mercado con mercancía barata de las maquiladoras de la frontera y tuviera un monopolio en el país, y para que no hubiera problemas, a nombre de un mexicano (exacto, el papá de Yesiquita). Pero ya entrando en gastos, las niñas decidieron que una no bastaba; por lo menos dos de coñac y una de brandy. Y así se fueron al Desierto de los Leones.
Habiendo vaciado las botellas, las muchachitas dispusieron que ya era hora de irse, pero no sin antes la meada para antes del viaje de regreso. Eso les costó otra hora, porque al momento de mear, formaron un círculo viéndose las caras y antes de terminar, reventó la carcajada general, que a algunas las hizo irse de espaldas, a otras de frente y una más tuvo la osadía de ponerse de pié y mear parada. Fue el paroxismo hilarante: todas riendo hasta el límite de sus pulmones.
El ruido de los cristales estrellándose, el golpe de la lámina y los gritos de sus compañeras la despertaron del plácido sueño que estaba teniendo sobre el volante del automóvil, pero no por eso dejó de apretar el acelerador y derrapando mientras maniobraba vertiginosamente el volante logró salir del Desierto de los Leones dejando el faro y medio metro cuadrado de pintura en uno de los árboles del camino, que tenía la inscripción con navaja de “Ángela y Mariano” y que después moriría irremediablemente con la caída de la lluvia ácida.
Antes del suceso, todas las muchachas estaban preocupadas por la apariencia de sus ropas, ya que se habían estado revolcando en la tierra húmeda por sus orines. Pero después, ni siquiera lo olían. Estaban todas preocupadas por lo del carro, sacaron todo el dinero que tenían para ver si con eso podían arreglar el carro para antes de la hora en que se suponía salían de la escuela. No, Marta decidió que enfrentaría el regaño como lo que era: una travesura. Repartió a sus amigas en sus casas y ya con un poco menos de alcohol en la sangre, una de ellas dijo: “Pero es casi nuevo, ¿no te lo pueden reparar en la agencia?”. Sonaron las fanfarrias y los aleluyas mientras Marta aceleraba de nuevo para que lo tuvieran listo a tiempo. Fue cuando llegó, entró al taller y vio a Miguel en su overol azul, manchado de grasa y con una matraca con el dado de catorce en la mano.
Ella no distinguía entre lámina y motor, así que no pudo juzgar como le hizo Miguel para poner una puerta, un salpicadero, un faro, una parrilla y el espejo retrovisor nuevo en una hora con cincuenta minutos, y además enderezar la defensa hasta quedar como nueva. Miguel no opinaba lo mismo: creía todo un logro para apenas un equipo de seis personas (todo el personal de taller en ese momento, y la mayoría crudos) hacer todo lo que hicieron en menos de dos horas. Claro que no contó con la mirada fija de Marta que se posó en él desde que llegó, y que lo ponía nervioso aún cuando estaba bajo el auto apretando unos tornillos que se suponía debían estar fijando el salpicadero pero que realmente sólo estaban volando. Pero a la inversa, Marta tampoco contaba que Miguel la estaría observando, viendo a través de sus ojos, sintiendo en su piel, respirando de su aliento, y no como ella creía que él ya había visto que estaba borracha y que en cuanto terminara el trabajo iría y le diría a su patrón que le cobrara la reparada porque eso no lo cubría la póliza. Pero que importaba, estaban a mano... de no ser por lo que sucedió después.
No le cobraron, el carro tenía un año de seguro según la agencia. Ella creyó que el mecánico se había apiadado de ella y no le había dicho a su superior. Quedó muy agradecida porque no la descubrieron en su casa y tuvo un sueño tranquilo que sus padres interpretaron como el cansancio del estudio. No dudaron que su hija llegaría a ser algo grande.
Días después, cuando las risas entre sus amigas se habían agotado y los remordimientos de conciencia se habían pasado al archivero de los recuerdos, a Marta le quedaba un expediente abierto. Tenía la certeza de que debía regresar con el mecánico y agradecerle lo que hizo por ella, pero si iba así, despertaría sospechas y el gerente podía preguntar, echando abajo toda la puesta en escena. Sólo podía hacer algo: chocar de nuevo.
La noche del Atlantic golpeado, Miguel tuvo un sueño erótico y una pesadilla después. Cuando despertó, hizo como que analizaba sus sueños y concluyó que el sueño erótico era por la mirada fija de la chica y la pesadilla era porque estaba intranquilo de que lo fueran a regañar cuando se dieran cuenta del trabajo tan pésimo que había hecho. Aunque lo cierto era que el sueño erótico fue producto de una película, que estaba viendo precisamente antes de quedarse dormido, en la cual salían unas porristas de preparatoria gringa y tenían que dar su máximo cuando salieran a apoyar a su equipo de fútbol americano. La película no era porno, pero “estaban bien chulas las güeras esas”. Y las pesadillas fueron consecuencia de unas gorditas de chicharrón, unos huaraches de requesón y unas chaparritas de naranja que se atascó antes de llegar a su casa después del trabajo, a modo de cena.
Los días siguientes ya no hubo sueño erótico, no así pesadillas; pero en su mente se dibujaban a cada rato los ojos con la mirada fija de ella. Apretaba los tornillos y veía sus ojos. Ponía las juntas al carburador y veía sus ojos. Cambiaba las bujías y veía sus ojos. Hasta cuando cambiaba el aceite veía sus ojos. Por supuesto que Marta no tenía idea de esto, pero lo que nunca se pudo haber imaginado es que por andar de borracha en el Desierto de los Leones aquel día, las consecuencias las pagaría un pobre incauto que llevó su sedán a revisión y al momento de acelerar a fondo cuando pretendía huir de la ley por haberse pasado un alto, el motor del vocho explotara en mil pedazos y la Volkswagen México diera mucha lana para callar a los periodistas y que el caso no pasara a mayores, para no hacer mala publicidad a un vehículo que se estaba vendiendo tan bien. La filial mexicana jamás se enteró de que Miguel, por andar viendo los ojos de Marta en vez del carburador, había sido el responsable de tan extraño accidente, del que por cierto, sólo ha existido un caso en el montón de años que lleva la compañía con vida en el planeta.
Miguel estuvo a punto de volverse loco porque ahora no sólo veía los ojos de Marta, sino que la veía de cuerpo completo y con todo y Atlantic. Pero estuvo a punto de llorar cuando vio que el carro tenía un golpe en el otro lado. No pudo soportarlo y antes de hacer cualquier cosa con el carro, le declaró su amor a Marta. Ella no supo que contestarle en ese momento, si no hasta que todo el personal de taller estuvo chiflando porque llevaban más de cinco minutos viéndose a los ojos sin hacer absolutamente nada. “Cuando termines con el carro, te digo”, fueron sus palabras. Y Miguel, más rápido que bien, terminó el trabajo y esperó la respuesta de Marta.
Y así como los gatos que se hacen mañosos cuando prueban lo fino, el Atlantic tuvo un golpe nuevo cada dos días mientras duraron los dos últimos meses de la garantía, que fue más o menos cuando el padre de Marta le pidió explicaciones a su hija por el pésimo estado en que se encontraba el coche, y es que Miguel todavía no aprendía muy bien el oficio de laminero. Lo de él era la máquina.

Así pues, éste niño creció por Satélite, sin la total aceptación de sus abuelos maternos, pero con un amplio margen de cariño por parte de la abuela paterna, que además de envenenarlo lentamente con dulces De la Rosa que la abuela compraba a precios irrisorios en las salidas del metro porque la fábrica de Azcapotzalco no consideraba que pasaban el estándar de calidad; pocas veces el niño salía ileso de los domingos que la abuela iba a visitarlos, pues los lunes siguientes aparecían en cuello y brazos los moretones característicos de los efusivos abrazos y consecutivos besos a su nieto preferido, y que el niño soportaba por aquello del “preferido”, y las docenas de dulces. Claro que fue hasta ya avanzada la infancia del niño que se dio cuenta de que era su único nieto, puesto que la tía misteriosa de la que alguna vez escuchó hablar, pero nunca vio, aún no volvía del otro lado, a donde huyó con un pretendiente que no le agradaba en lo absoluto a la abuela y que pensaba encontrar un trabajo bien remunerado en el vecino país del norte; y que al momento de volver decidieron tomar la dirección contraria para ver si ahora sí les sonreía la vida... y sólo les sonrió hasta llegar a Canadá, donde el pretendiente tomó un empleo en el Ayuntamiento y se dedicaba a limpiar la nieve de los caminos los nueve meses que duraba el invierno.
Eso no impidió que el niño (quien por cierto se llama David) jugara con sus amiguitos de la cuadra a los guerreros con los materiales que estaban usando los albañiles para construir una colonia del infonavit como a seis calles de su cuadra. Como tampoco impidió que un día, David llegara lleno de cemento hasta las orejas porque los amiguitos abrieron un saco, y al ver la consistencia tipo talco del mismo, arrojaron al más pequeño (David) a una pequeña montaña que habían formado al abrir cinco sacos y vaciarlos en el suelo. Al caer dentro de la montaña, se levantó una nube de cemento que llenó el cuartito en construcción en el que ponían los materiales; y todos quedaron espolvoreados. Los ocho niños de aquella cuadra tuvieron sus respectivos regaños y sus posteriores comezones y despellejadas paulatinas de piel.
Pero ese era sólo un juego entre los millones que había en una de las orillas de las que pronto sería una colonia de gran aceptación dentro de las familias bien acomodadas de México.
Desde que tiene memoria, David fue un niño problema, a veces abusivo, a veces travieso. Siempre solitario. Se metía con los niños con más dinero que él y los engañaba con el cuento de que iba a la tienda por refrescos, que ahorita volvía, que no tardaba, nomás espérenme aquí y se iba a la tienda a comprar cosas, que ahí mismo se las comía y regresaba después de media hora con unas papas diciendo que nomás para eso había alcanzado, que se las repartieran. Lo hacía casi a diario. También robaba pequeños juguetes de sus amigos cuando ellos iban al baño y lo dejaban solo en el cuarto de los juguetes. Jalaba papel de baño y lo ponía dentro de la taza, para ver cómo el remolino seguía jalando más y más papel. Pintaba con crayolas en los platos y sartenes, le sacaba el aire a las llantas de los coches estacionados en la calle cerca de su casa, se sonaba con las cortinas, se llevaba un alfiler de seguridad a la escuela para picar a los compañeros cerca de él cuando pasaban lista, llenaba con cuidado y casi metódicamente las llaves del lavabo con tierra para que saliera lodo en vez de agua al lavarse las manos, les pegaba a sus compañeros en la cabeza con la mano llena de mermelada (su madre nunca entendió bien esa rara obsesión de los sándwiches con mucha mermelada que siempre le pedía su hijo), arrancaba los cables para tender la ropa y ataba a un perro en un extremo y a un gato en el otro, iba por todas las calles de su colonia tocando las puertas con cara de cachorro triste y preguntando si no había caído ahí su pelota, les regalaba galletas rellenas de pasta de dientes a niños más pequeños, llenaba de aceite usado las agarraderas de las puertas de las casas, cazaba sapos pequeños y los aventaba dentro de los coches que dejaban con las ventanillas abajo, molía las pastillas más amargas que encontraba y les decía a sus compañeros que era sal, que si no querían un poco… Y sigue la lista.
De todas estas travesuras se libró del castigo, con mayor o menor éxito. Ponía su cara de cachorro triste y le ablandaba el corazón a su madre. Su padre lo miraba con desconfianza, pero el cinismo de David era tal, que hasta su padre se lo creía y comenzaba a mentar madres de las profesoras que a cada rato le mandaban llamar porque su hijo ya había hecho tal cosa o roto tal otra. “Como si uno no tuviera otra cosa mejor que hacer que ir a escuchar a pinches viejas cacatúas decirle a uno que su hijo está malcriado”, gruñía Miguel cuando llegaba cansado del taller después de haberse quemado los dedos por un radiador mal soldado de una caribe, y Martita ya estaba sirviéndole sopa de fideos (dos veces por semana) y tacos dorados de pollo (cinco veces al mes), esperando que el hambre de Miguel fuera mucha y no se diera cuenta que estaban comiendo eso otra vez y prometiéndose que la semana que entra aprendería otra receta. “Y tú —continuaba Miguel después de haberse sambutido dos tacos llenos de crema y media sopa de fideos— no quiero que seas un hijo de la chingada y andes haciendo travesuras (sic), no quiero que seas ningún cabrón, ¿o eso te enseñamos en esta casa, a portarte mal?” Ya cuando escuchaba estas palabras, el niño demonio sabía que ya no había bronca y solo tendría que esperar un rato para encontrarle alguna utilidad a los cerillos que se había robado de la casa de alguno de sus compañeros.
Esa fue otra bronca: al crecer, ya no le entusiasmaba manchar con maquillaje de su mamá la playera del niño de adelante durante la ceremonia a la bandera de los lunes, ni pintar “se vende” con pinturas Vinci en los medallones de los coches, así como tampoco atarle las patas a los gatos con cinta adhesiva y medio sepultarlos en los montones de arena de las obras negras. Eso ya había pasado para él. La ventaja es que con la edad y la experiencia, el mundo tenía miles de cosas nuevas que mostrarle, que él podía usar y darles una utilidad extra a la que fueron concebidos.
Comenzó a entender las posibilidades intrínsecas que traía consigo la velocidad. Experimentó el fenómeno de la conductividad eléctrica en células caninas. Entró en los terrenos del placer sádico. Empezó a ver poco a poco el comportamiento de una potencial víctima que hasta ahora había gozado de su total desprecio: las niñas. Ciertas herramientas que su papá tenía en casa, pasaron a ser sus herramientas de trabajo. La relatividad del tiempo fue comprendida muy a su manera: se dio cuenta que una persona con el coche lleno de agua con cal se enojaba más en las mañanas rumbo al trabajo, que en la tarde al ir a la tienda, o en la noche. La vegetación es muy frágil, y más con aquel líquido con el que su padre rellena la batería del carro. Pero lo peor y también su perdición fue ser seducido por la bella dama que la noche resalta su belleza: el fuego. De no haberse sus padres dado cuenta a tiempo, seguro habría fabricado napalm casero, pequeñas minas de contacto para los coches y proyectiles dirigidos con cachos de manguera.
Sucedió un día de escuela, común y corriente. Exceptuando que David traía en la mochila varios implementos flamables suficientes para calentar una olla de pozole con seis kilos de maíz y una cabeza de puerco. En el recreo, se buscó un lugar alejado de algún adulto que lo pudiera ver, a quien gorrearle una coca fría sin que fuera muy obvio y un chivo expiatorio (por aquello de las dudas). Para hacerlo partícipe y poder echarle la culpa en caso de que fallara el experimento, le hizo un lavado de coco y al rato ya estaba el chivo rogando por incendiar algo. Intentaron hacer un explosivo para que cimbrara toda la escuela, pero como no había pólvora, era el primer paso a dar. Descabezaron cientos de cerillos y los hicieron una masa rojiza al mezclarlos con un poco de gasolina y aguarrás. Envolvieron la masa en papel periódico y lo echaron al cilindro de cartón del papel de baño. Rellenaron todo el cilindro con papel de baño húmedo en gasolina y sellaron los extremos con cinta adhesiva y pastas de libreta. Usaron de mecha el pabilo de una vela untado en la mezcla de cerillo y gasolina y procedieron a la honorable ceremonia de encendido. Pocas palabras y mucha acción fue la consigna y encendieron la mecha, listos para darse a la fuga y esperar la explosión. La teoría era buena, pero la práctica redujo el tiempo de espera a décimas de segundo; y la explosión, a solo un fogonazo. Se quemaron las manos de David y media playera del pobre incauto que tuvo la poca fortuna de atravesarse en su camino aquel día.
Miguel recibió la llamada cuando estaba afinando el motor de una combi y salió disparado dejando al chalán con el filtro de aire en las manos y tres litros de aceite escurriendo en un como plato hondo. Martita aún tuvo tiempo de quitarse los tubos, el delantal y medio desayuno que aún tenía en los dientes; se pintó un poco y todavía se cambió el vestido. Salió corriendo a la escuela y llegó dieciséis minutos antes que Miguel. David estaba más apesumbrado por la falla del experimento que por sus manos quemadas y envueltas en metros de vendas asépticas. Y mucho menos le importaba aquel niño que aún estaba espantado y llorando a mares porque creyó que iba a morir. Tenía la esperanza de recuperarse pronto y engraparle la mochila al pupitre.
Miguel y Martita escucharon pacientemente la versión de la maestra, que era una versión maquillada de la versión del chiquillo llorón. Escucharon las opiniones de la directora, de la enfermera (que realmente era una maestra temporal con medio semestre de medicina) y de la mamá del niño llorón. En casa escucharon la versión de David, que era una versión fría y científica de la versión del llorón, y tomaron medidas.
En primer lugar, se redujeron las horas de andar jugando en la calle, los privilegios dentro de la casa, los implementos potencialmente peligrosos y el flujo monetario de los domingos. Al contrario, aumentaron las tareas hogareñas, las horas de hacer tarea, las de ver televisión, las de arreglar la habitación y las de ir con la tía Lola (que realmente no era su tía, si no que era una cuarentona gorda que a veces les iba a vender abarrotes baratos que su marido y otros compañeros cargadores se robaban de una bodega en la Central de Abastos). Tal vez el último fue el peor de los castigos, porque la tía Lola lo abrazaba y lo comprimía entre sus senos asfixiantes, y lo llenaba de besos mojados que le cubrían la mitad de la cara.
En segundo, como ya era tarde y de todos modos le iban a descontar el día, Miguel decidió no regresar a la Volkswagen. Pero viendo que el día pintaba bien (salió temprano de la chamba, el niño estaba introspectivo, tal vez por el dolor, y Martita no estaba en fachas, se veía bien), se sintió a todo dar y no quiso arruinarlo con sopa de fideos y algún guiso que sabría a cartón y parche para bicicleta. Los invitó a los tacos y accedieron de buena gana. Comieron hasta hartarse, regresaron tranquilos a casa y se echaron a ver tele un rato. Miguel mandó a David por una caguama y el niño tuvo que hacer milagros y muchas muecas para dar el dinero y guardar el cambio, además de transportar el envase y traerlo lleno. Miguel y Martita platicaron un rato de trivialidades, le dieron otra pastilla a David para el dolor y lo dejaron viendo la tele. Se fueron a su cuarto a las nueve y cogieron largo rato y con una energía poco común. No habían hecho el amor así en semanas. Cuando escucharon a David en su cuarto llorar por el dolor, recordaron por qué: las paredes eran muy delgadas. Esa noche era luna llena y semanas después se enterarían que serían padres otra vez.
El dolor poco a poco fue amainando, pero los castigos se quedaban. Aunque la verdad no importaba mucho, en ese momento. Con las manos quemadas, no había mucho que pudiera hacer. Estaban todas vendadas, dolían si las movía mucho y tenía que correr más despacio por miedo a caerse o a golpearse en alguna barda. Tardaba horas en terminar de comer, ya que no pedía ayuda y curiosamente sus padres tampoco se la habían ofrecido. Ir al baño se convirtió una tortura. ¿Para qué salía si no podía hacer nada? Sus padres comenzaron a hacer la broma de que el dicho popular que dice que si no le amarraron las manos a uno de chiquito, estaba basado en David. Por supuesto, era gracioso.
Fue la calma que precede a la tormenta. ¿O es al revés, la tormenta precede a la calma? No importa, porque de todos modos, y continuando con la analogía a los fenómenos meteorológicos, bien se podría decir que estaban en el ojo del huracán. Aún faltaba la adolescencia de David, esa época de rebeldía, de barros en la cara, de rechazo a todo lo que signifique autoridad, de olores fuertes y agrios, de ropa extraña y sin lavar, de odio por todo lo que le rodea, de hormonas saturando el cuerpo como agujas en muñeco vudú, de pelo en la cara y en las rodillas, de música estruendosa y de mil cosas más. Pero David casi no pasó por todas esas molestias. Y si lo hizo, no recuerda pues se conformó con meter la nariz en un bote de resistol 5000, empapar el hígado con alcohol etílico y perder la virginidad por cincuenta nuevos pesos.
Miguel sigue trabajando en el taller de la Volkswagen. Espera que llegue el fin de año, para ver si con el aguinaldo puede abrir un tallercito propio allá en Satélite, cerca de su casa. Sigue sin aprender a laminar.
Martita ya casi ni extraña esa vida de sobrados lujos y sábanas de seda en la que vivía antes de conocer a Miguel. Hace tiempo que olvidó las clases de saxofón. Hace sopa de fideos una vez a la semana y está embarazada otra vez.

28 de Octubre de 1999 – 19 de Febrero de 2006.
Colima, Col.

viernes, 9 de octubre de 2009

A la mañana siguiente

Súbita mañana que despiertas y sientes que la cama está de cabeza. De esas mañanas como pocas en que despiertas sin sueño. Solo abres los ojos y ahí está: ese techo blanco mirándote desde arriba y preguntándote qué demonios de tu vida.
Y eso te preguntas: qué demonios de mi vida. Al fin que ni querías. Y desechas ese pensamiento porque aún tienes esa sensación extraña de tener los pies en la cabecera y la cabeza en etcétera. ¿Por qué habrás dormido así? ¿Qué tienes de malo para no dormir como una persona cualquiera? Es que no eres una persona cualquiera. Eres una persona que le dan miedo las gotas de limón en la fruta de la mañana. Eres quien ríe por pisar un chicle. Y hasta te deprimen los chocolates derretidos en la guantera del coche.
Esta mañana de locos ni siquiera puede ponerte a pensar, tratándote de decirte algo. Que llegues conmigo para evitar lo demás. Que no quieres recordar lo que el espejo te dice a gritos. Que un doblez más puede romperte, una vuelta de tuerca, un paso más, un hielo opaco... de esos que se ponen blancos y no son transparentes. ¿Por qué siempre te toca por lo menos un hielo blanco?
Cosa de día que no quieres ni pensar. Mejor evitas todo y te concentras en nada. ¿Para qué preocuparte si no tiene solución?
Pero tu crees que sí, que puede haberla y te lanzas como un resorte a buscarla. Y te bañas con más alegría fingida que con alegría real. Te vistes, te peinas y al momento de ponerte ese perfume te creas una capa de protección invisible que solo es imaginaria. Porque al abrir la puerta, te sientes tan vulnerable como la víspera. Pero haces de tripa corazón y sigues adelante. Total, que los chicles en la suela no son un obstáculo.
Y pierdes toda conexión contigo. Y te evades como no deberías. Y haces que el mundo gire a tu alrededor pero sin tocarte. Como esos mostradores que dicen "no recargarse" y solo pones los antebrazos sin relajarlos totalmente. Casi suspendidos a cero centímetros del vidrio. Asegurando que no les pasará nada, pero no quieres averiguarlo. No por el vidrio, si no por el cristal, la bola de cristal que te está rodeando. Que te aleja de los demás.
Ese café ni siquiera sabe bien, pero dos de azúcar opacarán la sensación de tierra en los dientes. Y seguirás con tu camino.
Pero a la larga te derrotará, y regresarás peor a casa. Con el agotamiento de mantener el planeta a raya, sin que te toque. Y lo atribuirás al cansancio del trabajo. A la mala alimentación. Al mal dormir.
Claro, dormir. 
Y evitarás el pensarlo. Aún cuando ya estés sobre la cama, quitándote los zapatos y poniéndote la piyama. No querrás. Y no lo harás.
Hasta que sea el día de mañana y te despiertes de golpe. Con la sensación de que hay algo mal. Y que no vale la pena de preocuparse. ¿Para qué?

domingo, 10 de mayo de 2009

Camposanto

diferentes tipos de flores entre amarillas y anaranjadas estilo art nouveau dentro de un cuento para antes de morir

Margaritas amarillas. ¿O son naranjas? Son margaritas que llenan mi visión, saturan de color la única salida que tengo que vivir esta muerte que ni siquiera sé qué es. Es una floresta a mis pies, casi tan llena de flores como lo estoy yo de seres que rondan a mí alrededor. Que flotan preguntando por mi futura existencia, que revolotean y me dicen, me aconsejan de que deje de vivir, que haga algo más de esto que no sé si se podrá llamar vida. No sé si se podrá llamar de alguna forma. ¿Será que el no existir se transmutará en el no ser? ¿No ergo no sum?
Nada está por demás. Aunque tampoco por de menos. Nada es un punto final. Hasta un punto final tiene delante de sí un espacio en blanco. ¿Es la excepción que confirma la regla? El nada significa que nada de nada. ¿Pero que tan nada significa nada? No ser representa una no representación. ¿Qué tal un dogma? No existe, pero sin embargo es. ¿Qué de aquellas palabras que no son, pero que sin embargo existen?
Es cierto, nada es nada… pero nada se tiene a sí misma, tiene esas cuatro letras. Tiene ese lugar en el espacio que le permite ser alguien, algo. Suena a paradoja: Nada es algo.
Entonces puede ser extrapolable. Puede ser que nadie sea alguien. ¿Quién fue? Nadie. Nadie fue. Entonces el argonauta mayor se daría de topes en la pared, porque el cíclope lo haría mierda en tan solo un instante. Entre paréntesis, otra palabra que no tiene nada, pero que lo es. ¿Quién puede negar que decir, que escribir instante no lleva al menos medio segundo, mientras que por definición ya ha pasado? Solo que Jasón no habría de pensar en eso. Tomaría el contexto de la palabra para transformarla en un ser tangible, aunque semánticamente no sea nadie.
¿Estamos poniendo a prueba la gramática o la verificación de existencia de alguien que no es? De nadie, pues. Porque aquello de que “no sea nadie”, resulta en una doble negación. Ser nadie es claro, así como no ser alguien. ¿Pero no ser nadie?
Nadie soy yo. Pero yo no soy nadie. ¿Soy algo? Emigramos de adverbio. Estamos en la frontera del cementerio. ¿Eres alguien (fuiste alguien) por tener un nombre en una cripta? ¿Por tener cifras diferentes labradas en mármol (en el mejor de los casos)? Tu nombre en una calle, en un ala de cierto hospital, en un auditorio, en un museo, en una oficina de patentes, de derecho de autor, en un auto, en un instrumento, en una técnica. ¿Qué poder supremo tiene ese poder, de manejarte como títere, de hacer de tus huesos una marioneta que puede exhibirse en una de las columnas del monumento a la Revolución? ¿Quién puede llevarte como perro faldero a diferentes pueblos, en un baúl, exhibiéndote como burro de seis orejas por miserables veinte pesos?
O al revés. ¿Está uno exento del asombro popular (literal) por ser un Don Nadie? ¿Alguien puede ser un Don Nadie? ¿No es precisamente una paradoja ese apelativo? El subir para arriba no es suficiente, porque todos queremos ser alguien. A lo mejor y ese alguien ya está harto de ser todos nosotros. O harto de ser aquellos que desean ser él. El pobre no tiene identidad propia, porque tiene la de todos aquellos soñadores que solo piensan en ser más rápidos, más fuertes, mejores que aquellos que sienten que a pesar de eso, ya son alguien. Y entonces la chinga es para aquel pobre iluso que creía que era alguien, pero que ahora es todos los demás.
¿Quieres ser alguien? ¿Quieres verte años después, viviendo en la vida de los demás, aún cuando ya estés más que digerido por los gusanos? ¿Quieres verte caminando entre las margaritas amarillas, cuando lo único que pretendían era marcarte el camino para que dejaras de ser alguien y te unieras al club de los nadie, de los no seres, de los inexistentes?


21 de Enero de 2006.
México, D.F.

domingo, 8 de marzo de 2009

9.4608 x 10^12



Y el tiempo comienza a correr. Claro que uno eso ya lo sabe y se hace de oídos sordos. Uno cree que eso será para siempre, que jamás se detendrá. Que infinitamente seguirá hasta el fin del mundo, y aún más.
Pero nada más erróneo que esto. El tiempo no es eterno, se acaba, tiene un fin. Se llega al punto en el que no hay marcha hacia adelante; es más, ni hacia atrás.
Quedas en un punto intermedio del que jamás saldrás. Del que no regresarás. Suspendido en el tiempo, agarrado tan solo de un delgado hilo a punto de romperse. Este hilo es lo que siempre has creído saber, todos tus conocimientos, toda tu sabiduría, todas tus creencias y tus ideales.
Y hasta que te des cuenta de qué tan equivocado estabas, ese hilo se romperá y viajarás a velocidades hiperlumínicas, atravesando mundos y estrellas. No te darás cuenta de todo lo que rebasas, hasta que ya estás a millones de años más adelante.
300,000 kilómetros por segundo es mucho tiempo. Hay que tener en cuenta eso.

25 de Febrero de 2002.
México, D.F.

domingo, 22 de febrero de 2009

Día de perros



Que a pesar de ir caminando, observaba casi con interés infantil todas las cosas que se le cruzaban en el camino, y otros que no se le cruzaban tanto. Pero además, la cabeza le daba vueltas en todo sentido: escrutiñaba una forma más barata y práctica de sacarle el jugo a la piña, la vía más rápida de ir de Metro Chabacano a Periférico, el hecho de que casi todos los árboles que veía estaban torcidos y raquíticos, el exorbitante número de perros callejeros que había en la colonia San Rafael, a comparación de otras colonias… Aunque aún no sabía a ciencia cierta para qué quería el jugo de la piña, ir de Chabacano al Peri, y los consecutivos etcéteras. Solo la idea de darle vueltas a otras ideas lo mantenían bastante ocupado, sin que por ello dejara de fijarse en las calles, a ver si pasaba o si los coches que se le venían encima iban con la velocidad adecuada para que él pudiera pasar sin problemas. O en los semáforos que, curiosos, se veía un monito caminando en verde, y una cuenta regresiva que le avisaba que faltaban 16 segundos para que se pusiera el alto y dejaran de pasar los peatones… o lo hicieran más de prisa como el señor de gorra azul. Seguro que es de un equipo de futbol, pensó. Pero se equivocó, ya que la gorra era de la cementera Apasco, muy en contrario a su política de no usar el color azul, por la marca competencia que tenía ya mucho tiempo en el país. Eso y que los tenis casi se le estaban derritiendo en el asfalto hirviente de la una de la tarde. Si apenas ayer estaba tan nublado, que no había podido usar sus lentes oscuros, además de que casi todos los negocios estaban con las luces prendidas, como aquel videoclub que atendiendo a la neurosis del gerente, además de prender las luces y apagar el aire acondicionado, había encendido la calefacción. El clima era casi tropical adentro.

Y ahora el clima era casi tropical en todos lados. Pequeñas gotas de sudor comenzaban a formarse en su frente y en la punta de su nariz. Haciendo bizcos podía ver pequeños brillos en la punta de su nariz, pero tenía que dejar de hacerlos para fijarse dónde ponía los pies y no fuera a patear al pequinés de la señora gorda de vestido floreado, que por otra parte, la señora ni se hubiera dado cuenta, y el pequeño perro seguramente habría perecido bajo sus pasos grandes y rápidos. Pero se habría hecho más basura solo por pisar un perro, pensó. Imaginó todo el proceso de desecho y de reciclaje del perro, a sabiendas de que a lo mejor no todo el perro podría ser reciclado. Tal vez la señora lo quiera disecar y tenerlo en la mesita de centro de su sala, para que en esas tardes de cafecito con sus amigas señoras gordas pudieran recordarlo y acariciarlo cada vez que una de ellas se adelantara un poco para agarrar una galletita (de fibra dietética) o su tacita de café (con sacarina).

Por supuesto, siempre había esa posibilidad de que la banqueta contara con un poco de sombra de los raquíticos árboles que momentos antes dudaba de su morfología, o de algún edificio caritativo que tuvo a bien el crecer tanto, sabiendo de antemano que es una zona altamente sísmica y que de un momento a otro, cuando no suene la alarma sísmica y cuando menos uno se lo espere (aunque habría que preguntarse si alguna vez uno estaría al pendiente de algún sismo), caería estrepitosamente, aplastando con varias toneladas de concreto varios coches, transeúntes y algún que otro cantante de rock. Que por otro lado, se volverían leyendas a temprana edad, y siempre que las grandes disqueras que días antes se hubieran reído de ellos y sus propuestas artísticas, ahora estarían ávidos de hincarle el diente a sus grabaciones y a un contrato de cesión de derechos con la viuda, el huérfano, el etcétera que pudiera darles el sí y en consecuencia, una explotación ilimitada de las canciones del que murió bajo los escombros del gran edificio que ahora le está dando sombra.

Lástima. Todo acaba, hasta la sombra de ese viejo edificio, y el rojo del semáforo. Total, que esperar nunca ha matado a nadie, pero mejor era no arriesgarse y seguir caminando, aunque fuera en sentido contrario. Que el chiste era jamás detenerse, proseguir y si un alto le marcaba el ídem, pues girar un poco y seguir por la banqueta en línea paralela, hasta que se detuvieran los nissan y los chevrolet para poder cruzar a la otra acera. ¿Realmente quería cruzar a la otra acera? Nunca entendió por qué la gallina cruzó el camino. Y eso que Gonzo estuvo varios días diciéndoselo desde el tubo de rayos catódicos. Aunque a media caricatura le llamaran a comer, y el cinturón de su papá amenazara con volar presto a sus nalgas en caso de tardarse más de un segundo después del llamado de su madre a la mesa.

Rutinas de rutinas. Pero de todos modos no estaba tan mal. Era un poco predecible (así como el verde después del rojo, y el amarillo después del verde que palpita como corazón enamorado) la hora de la comida. Tortillas por allá, pásame la sal, no quiero verduras, etcétera tampoco, etcétera. Comidas en silencio y sonidos de cuchara golpeando el fondo del plato hondo. Un sonido hasta cierto punto molesto, pero que en casa podría tratarse de un cumplido, por ese afán y la forma tan emotiva e intensa que tenían de producirlo. Pero eso sí, no podían hacer el de sorber la sopita de la cuchara, porque el sacrosanto padre poníase como energúmeno preguntando (aunque por el volumen de voz y la amenazadora mano cerca de la hebilla afirmaba) si es que no tenían buenos modales, que qué se les había enseñado en esa casa si no a ser personas de provecho y la observancia de los buenos modales. Recuerda aún el diente de leche que salió volando hacia las cacerolas cuando un bofetón de su padre le dio a entender que él estaba exento de la ambigua regla de sorber la sopa cuando intentó hacerle ver su falta. Más tarde comprendió que no debía tratar de corregir a su padre, solo que esa vez no hubo pérdida dental, tal vez por la situación de que ya no eran dientes de leche.

Aún así, momentos malos y momentos buenos no se comparaban con el actual. Su caminada consecutiva, pronto lo harían volver al punto de partida, porque ya era dos los semáforos que no le dejaban pasar. Esa camioneta también había hecho lo suyo y mejor ni hablar de los micros, que cada vez estaba más locos y hasta uno creería que pronto serían conducidos por gorilas pequeños que no soltaran mucho pelo y supieran decir buenas tardes. Idea que no estaba del todo descabellada. Habría más empleos para gorilas pequeños. Y los gorilas grandes bien podían descansar e irse a ver todos los partidos en el Azteca. Podría poner su tinglado de plátanos en Huipulco… Seguro se haría rico en poco tiempo, pero eso de lidiar con gente que no entiende razones, no terminaba de agradarle mucho. Pero era eso, o ganarse el Melate un día de estos. Tendría que comparar los últimos cien premios, aunque así ya de entrada, había visto que se daban más los números pares que los impares (¿Será porque la gente tiende a creer que los números cabalísticos o de la suerte son los impares?), y que siempre un número tenía un consecutivo inmediato. Eso era muy extraño en una serie aleatoria de siete números de cuarenta posibles. El cuatro (por G.G.M.), el siete y el ocho le parecían buena idea de números consecutivos, el 16, el 23, el 31, y el adicional 38.
No, no terminaban de convencerlo esos números. Cambiaría el 23 por otro… aunque aún no sabía muy bien por cual. A lo mejor el tira que estaba pitando como desesperado y que realmente los automovilistas no le hacían el menor caso tendría la respuesta. Pasó junto a él, pero el numero de su placa se veía muy borroso y solo alcanzó a ver (creyó que vio) un ocho. Pero ese número ya estaba. Así que mejor lo puso a la mitad, pero el cuatro también ya estaba. Decidió partirlo en otros factores: estaban el cinco y el tres, el seis y el dos, y el siete y el uno. El uno le pareció poco probable, además de que el siete ya estaba. El cinco y el tres daban 53, y el Melate solo manejaba cuarenta números, así que los invirtió. Sertyatneucnic, pensó, pero supuso que ese número no existiría. Lo cambió al 35, pero ese número tenía otros dos de la misma decena: el 31 y el 38. Tomó el seis y el dos, pero eso daba 62. Los cambió de lugar, y el 26 le pareció mejor número. Par. ¡Perfecto! Ahora solo tenía que comprar una boleta, marcar los números y esperar un par de días para ganarse el premio gordo.

Obvió la parte difícil: pagar por la boleta. Quince pesos no era mucho, pero seguro que no traería esa cantidad en el bolsillo. Y para quitarse de dudas metió la mano al bolsillo y buscó su dinero. No le extrañaba ya que no trajera dinero. Lo que sí le extrañó fue la causa de esa tan desafortunada circunstancia. Sus dedos hurgaron un poco más y pudo sentir el calor que desprendía la piel de su pierna. De hecho, pudo sentir su pierna. Un agujero en el bolsillo no sería tan desagradable en otro momento, pero resultaba que precisamente en único dinero que tenía eran las cuatro o cinco monedas que en algún momento se habían escurrido por el agujero, como agüita en la coladera del baño, que se lleva hasta la espuma sucia que recorre y cae del cuerpo cuando se baña. ¿Por qué no sentí cuando se me cayeron?, se preguntó inútilmente. Volvió sobre sus pasos a ver si de casualidad habría alguna moneda aún por ahí, huérfana sobre el asfalto, para protegerla y cuidarla durante su trayecto a casa, que seguramente sería a pie, porque había mucha gente, y alguien ávido de una pequeña fortuna que podría representar una moneda de cinco pesos, ya se le habría adelantado.

¿Qué se podría comprar con cinco pesos? Esa moneda niquelada en esos momentos le podría comprar tranquilidad, satisfacción, alegría y como hora y media de tiempo, que sería lo que tardaría de más, el hacer caminando el recorrido a su casa, en vez de tomar el micro. Tendría que empezar de una vez, para alcanzar a llegar a comer, que luego se levantaba la mesa y si no llegaba a tiempo, era posible que no le alcanzara para un plato. Las hienas de sus hermanos estaban al acecho a toda hora. Habría que ponerles un bozal para que no se atascaran con su comida. En resumen, esos cinco pesos podrían comprarle más de lo que decía el valor nominal al lado de la cara de… Pero no, las monedas de cinco pesos no tenían la cara de nadie. Solo un $ y un cinco. Aburridas las monedas, pues.
Esos cinco pesos podrían comprarle tres cigarros, que ahora por la frustración de haber perdido el dinero, se le antojaba fumar con rabia. Sin embargo, de tener esos cinco pesos para cigarros, seguro los habría aprovechado para irse en micro, ya no se hubiera sentido tan frustrado y no habría necesidad de comprar cigarros que serían fumados rabiosamente. Paradojas nicotínicas. Seguro que de haber sabido, se hubiera comprado esos cigarros antes de perder el dinero. Seguro que de haber sabido, se habría puesto el cambio en la otra bolsa del pantalón. Sus ideas elementales y de sentido común le estaban creando un complejo de estúpido cada vez más grande. Así que decidió no pensar… Pero no era tan sencillo: ¿no pensando se quitaba el complejo de estupidez? ¿No era eso una paradoja? Deseó cinco pesos… O tres cigarros, lo que sucediera primero.

Le daba mucha vergüenza, pero era lo único que podía hacer si quería obtener un poco de dinero. Bueno, también estaba la otra opción de pedir dinero, pero seguro que no le darían nada, porque no estaba tan mal vestido y sus ropas se veían limpias. Esos prejuicios de la gente que cree que la gente pobre a fuerzas tiene que mostrar mugre en sus ropas. ¡Que país!, dijo recordando a un autor leído hace años en la biblioteca pública que estaba a seis cuadras de su casa, y que eran las protectoras de las innumerables pintas que hacía en la secundaria. ¿Qué adolescente en su sano juicio se metía en una biblioteca cuando se iba de pinta? El mismo que ahora estaba vendiendo un par de boletos del metro a los usuarios que llegaban corriendo a las taquillas. Todos lo miraban con desconfianza y preferían ir a hacer cola a las taquillas, que comprarle boletos (tal vez piratas) a un muchacho con esos pelos. Ni modo, tuvo que recurrir a la vieja artimaña: talonear a las chavitas. No era muy guapo, pero seguro que una chica lo miraría a la cara por lo menos una vez, que un cabrón que seguro le diría ahorita no, al tratar de venderle los boletos. Solo tenía dos boletos: el de ida y el de regreso. Cuatro pesos… o menos si tenía que malbaratarlos.
Hizo la lucha solo unos minutos, y una señorita, más de a fuerzas que de ganas y conmovida por la cara de perrito que hizo, accedió a comprarlos. Tenía la vaga sensación de que eran falsos, pero él se quedó con ella hasta que cruzó el torniquete sin problemas. Sonrió y ella le devolvió la sonrisa.

Ahora tenía cuatro pesos. Ahora podría irse caminando, y fumar un par de cigarros en el camino.

24 de Septiembre de 2005.
México, D.F.

domingo, 18 de enero de 2009

A pesar de todo y en consecuencia de nada

Solamente con ciertos despojos de mis recuerdos 
este efímero domingo se ha extendido eternamente. 
Pero no anhelo que acabe pronto 
para reintegrarme a la semana rutinaria; 
sino que quiero que dure para siempre 
y sí quedarme con tu aroma y tu triste mirada. 

 Hundido hasta el cuello en el muladar 
en el que se ha convertido mi vida. 
Nadando a oscuras río arriba 
y lavando mis memorias a fuerza de olas. 

Ni cientos de kilómetros, ni miles de minutos 
me harán desistir de esta amarga agonía, 
porque ya estoy más allá de la realidad 
y he dejado atrás mis vestimentas, 
junto con fragmentos de piel herida. 

Mis ojos se bañan de negrura sucia y rancia 
y me ahogo con hierbas pútridas en la garganta, 
no me soportan los brazos del peso 
que a conciencia he echado sobre mis hombros. 

No soy ya el mismo de antes. 
No soy ni quien era, pero jamás lo he deseado. 
Intento regresar al punto en el que partí, 
aunque eso signifique volver mis pasos 
y usar la piel que solía usar.


14 de Mayo de 2003.
México, D.F.