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martes, 1 de marzo de 2022

Será

 

hermosa y coqueta mujer de ojos claro y sensuales con cabello lacio oscuro y cortado a capas, con un toque de desenfado y unos labios invitando al beso que será para incluirse en un cuento para antes de morir

Cuando las estrellas se convierten en suspiros. Cuando el millón de soles no alcanza para iluminar este absurdo orgasmo negro, los suspiros se convierten en estrellas y cada una de ellas se refleja en tus ojos y en tus manos. Tus cabellos (¿qué será de tus cabellos ahora?) al viento, al compás del golpeteo rítmico de las olas. Estas llamas bailan alrededor de tu cara. El hipnotismo se hace evidente. Te evaporas antes de ser intangible y la brisa marina te envuelve, te lleva, te deja respirar y te metes en mí, haciéndome recordar a través de la sangre. A través de las estrellas. De tus ojos brillantes como mil soles.



12 de mayo 2005
Lázaro Cárdenas, Michoacán

domingo, 16 de mayo de 2021

borrador cinco

paisaje dibujado a lápiz, de un camino en lo que parece una nevada descrita en los cuentos para antes de morir
 - La vida en sintonía -pensó Julio, en voz alta, pero sin pensarlo realmente. Solo iba acomodando palabras
por diversión y tratando de que significaran algo interesante. El viaje ahora le parecía eterno y larguísimo, al contrario de los primeros kilómetros que sentía que los devoraba sin contemplaciones. Y el autobús estaba amplio pero su insomnio respondía a otras incomodidades, avispas haciendo su panal en cada rincón de sus neuronas y orugas depositadas en su pecho metaformoseándose en pequeños renacuajos sanguinolentos y boqueantes, destinados a perecer.

- El efecto doppler del sentimiento, el efecto doppler del enamoramiento. 

Las estrellas se veían prácticamente igual por la ventana que cuando comenzó el viaje hace 200 kilómetros. Haciendo constelaciones en el vidrio de la ventana con el dedo y el vaho de su aliento, mientras piensa que no debería estar huyendo de esa forma, que no es bueno quemar las naves, que no podía dejar todo atrás, que ni siquiera sabía a dónde iba allegar, y lo que es peor, no hacía nada para dar media vuelta. ¿Estaba huyendo de algo?

10 de Junio 2012

Mitla, Oaxaca

miércoles, 1 de mayo de 2013

Fisión


Comenzó con un pequeño goteo. Nada importante, pensó. Pero eventualmente fue perdiendo consistencia, se consumía despacio. El derretimiento fue haciéndose más severo y las partes más distales se fueron acabando.
Los dedos fueron los primeros en irse. La punta de la nariz y las orejas. Después le quedaron los muñones de brazos y piernas. La cabeza perdía volumen alarmantemente. Hasta que el cerebro fue el que quedó al último pero se evaporó rápidamente y ni siquiera dejó una mancha o alguna sustancia gelatinosa en el suelo.
Se puso a pensar que el evento había sido tan rápido que no le dio tiempo de definir que era lo que iba a hacer cuando se completara la fusión. Bueno, ya estaba en eso así que lo podría hacer en ese momento.
Pero primero quería saber donde estaba parado (el humor ante todo) porque ahora no era tangible. ¿Cómo podía pensar si sus neuronas se habían evaporado? ¿Cómo seguía viendo a su alrededor si sus ojos se hicieron humo? ¿Respiraba?
No le dio mucha importancia a eso, ya que seguía pensando, viendo y al parecer el respirar no era relevante en su nuevo estado de la materia. Y si era así, entonces podría bucear eternamente sin tener que salir a respirar. Aunque pensándolo bien, ¿para que querría bucear eternamente? Un par de horas tal vez. La desventaja es que no había un cuerpo de agua cercano para probar la teoría…
“¿Y que onda con la antimaterialidad?” Si se había evaporado y no era tangible, a lo mejor podría atravesar paredes y esas ondas. “Bueno, paredes y cosas sólidas.” Así que se dirigió hacia abajo. Efectivamente, podía sumergirse en el suelo y avanzar y avanzar a través de capas de concreto, de formaciones rocosas, de estratos pétreos. En teoría, pensó, podría revisar cada centímetro del planeta para ver dónde hay petróleo, podría hacerme millonario. Claro, la cuestión sería la comunicación. Sin cuerdas vocales no podría decirle a nadie. Además, en su estado era difícil saber si el dinero serviría de algo. Dejó eso para después, tal vez más adelante podría ser de utilidad esa nueva característica.
¿Qué tal volar? Si atravesó roca maciza, seguro podría levantar el vuelo. Salió rápidamente de la tierra y sí, estaba viajando a buena velocidad hacia esa zona azul sobre su cabeza… sobre de él. ¿Cómo se desplazaba? Tal vez con solo pensarlo se movía. No tenía que aletear o correr. ¿Y que tan rápido podía hacerlo?
Se encontró afuera de una casa color salmón con protecciones azules en las ventanas y de puerta de madera. ¿Dónde era eso? Por lo visto podía viajar instantáneamente, lo malo es que no sabía ni donde estaba ese lugar. Se acercó lo suficiente a un coche estacionado para ver las placas. Sí, era su estado y parecía su ciudad. Pero no recordaba la casa.
“Vamos a entrar, total, no creo que puedan verme.” Y entró sin tocar la puerta, revisando cada rincón de la casa sin reconocer nada. Sala, cocina, comedor, escaleras, habitaciones… En una de ellas estaba una chica trabajando en su computadora. Se le hacía remotamente conocida, además de guapa. “¿Dónde he visto antes a esta chica?” Ella no se dio por enterada de una presencia extra en la habitación. Entonces se dedicó a revisar lo que había en la habitación. “De preferencia fotos”, para saber dónde podía haberla visto. Libretas, ropa interior, zapatos, juguetes infantiles, discos compactos (“¿Quién escucha Mireille Mathieu?”), uniformes escolares… Ya está grandecita para el colegio, pensó. Y hurgó un poco más por ahí hasta que encontró las fotos de su colegio. Claro, había ido al colegio de la calle Margaritas, donde él también había ido. Y resultó que era Cecilia, la niña de quien siempre estuvo enamorado. “Con razón se me hacía conocida… ¡qué guapa se puso!” Pero tenía varios años que no sabía nada de ella. De hecho, desde que salieron del colegio solo la vio una vez más en un súper haciendo compras y ya. Trataba de pensar porqué había aparecido fuera de su casa pero no le cuadraba la idea. Supongo que tendré que tener más cuidado cuando quiera viajar al instante, pensó preocupado. Pero ya que estaba ahí, trataría de sacarle el mayor provecho. Trató de hablarle, gritarle, de mover algún lápiz para escribir hola (y se alegró de no lograrlo porque pensándolo detenidamente seguro iba a resultar contraproducente y ella saldría corriendo de su casa despavorida porque su lápiz tenía posesión demoníaca o algo así), o algún tipo de comunicación pero nada. Era invisible, insaboro, incoloro e incomunicoro. Ni modo, la idea del petróleo quedó desechada inmediatamente.
Como que se decepcionó un poco de sus nuevas capacidades. ¿De que servía no ser visto y entrar sin problemas a la habitación de una hermosa chica si no podría hablarle…? Pero claro, podría verla desnuda cuando saliera de tomar su baño. Una sonrisa se imaginó que se dibujaría en su alguna-vez-rostro. Mientras tanto, tendría que esperar a que se decidiera a tomar su baño, o de perdida un cambio de ropa. Pero se veía muy concentrada en su labor. “…Con la finalidad de concederle la garantía de audiencia consagrada en el segundo párrafo del artículo 14 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexic… guak, verborrea legaliode, ya decía yo que nadie es perfecto.”
Así que sentose a esperar y esperar. No sabía si el tiempo en ese estado material era diferente pero sentía que ya llevaba como varias horas viéndola trabajar y ya estaba aburrido. Así que después de la cuarta vez de lo que él creía que era un bostezo decidió probar cosas nuevas. Si no podía escucharle, tal vez podría sentirlo.
Y tomó asiento justo donde ella estaba sentada, quedando dentro de ella, de frente a la computadora. Ella detuvo su escritura un momento, extrañada. Se acomodó en su silla y siguió trabajando.
“Ajá, seguro me sintió, sino no se hubiera detenido”. Y comenzó a experimentar: trató de oprimir teclas que no iban, trató de mover el ratón, de mover la silla, de cambiar la página y un sin fin de etcéteras. Nada funcionó… hasta que se dio cuenta que nada funcionaba. Ella suspiró como exasperada. “Ajá, ya entendí. No puede sentirme físicamente, así que será por sentimientos.” Y en efecto, comenzó a recordar cosas que le hacían enojar: que el helado se le derritiera y le mojara los dedos, que las cascaritas de las palomitas se le atoraran entre los dientes, que los microbuseros se pusieran a subir y bajar pasaje ocupando dos y hasta tres carriles, que tuviera como seis calcetines en su cajón y que no se hiciera ni un par… Las fallas de ella en la mecanografiada se hicieron más recurrentes y resoplaba cuando se equivocaba.
Creo que se está enojando, pensó divertido. Ella se detuvo y suspiró sonriendo. Siguió con su tarea un poco más tranquila y sin equivocarse. “Mmmh, justo cuando comencé a divertirme fue cuando ella dejó de enojarse.”
Así que probó a excitarse, tal vez con eso subiría su temperatura (y libido) y se desnudaría para tomar un baño. ¡Éxito! Así que comenzó a recordar cosas eróticas que le habían pasado, las mujeres que de una u otra forma le habían parecido atractivas y sensuales. Como en broma, hasta recordó a la niña que le gustaba en el colegio…  a ella que reflejaba su cara en la pantalla de la computadora. Retomó sus fantasías eróticas y las volvió intrincados sueños en los que piel femenina aparecía en los cuatro puntos cardinales y en las cuatro dimensiones. “Espero que esto no la haga creer que le gustan las mujeres… aunque no suena a mala idea.” Pero ella parecía no reaccionar a esas sensaciones. Seguía trabajando, tecleando con celeridad y leyendo esos gruesos libros de derecho penal o vaya a saber que derecho estaba leyendo. Al parecer no responde a excitación por féminas, pensó, pero si me imagino a hombres nunca voy a excitarme… Y no bien estaba reflexionando la causa-efecto cuando
-¡Bueno, ya estuvo! –dijo ella y se levantó de la silla y dejó sus libros ahí. Se soltó el pelo y comenzó a quitarse la blusa, sus zapatos y a desabrocharse el pantalón. “¡Excelente, tomará su baño y la veré desnuda!”
Pero ella no pensaba tomar un baño. Cerró la puerta de su habitación con seguro antes de quitarse sus últimas prendas y saltó a la cama. Cerró los ojos y comenzó a masturbarse lentamente. “Esto sí que no me lo esperaba.” Pero aprovechó la circunstancia y se recostó dentro de ella. Siguió imaginando erotismo a la octava potencia y ella comenzó a gemir suave y progresivamente. También sus movimientos comenzaron a hacerse más rápidos, más intensos. Arqueaba la espalda y estiraba los dedos de los pies. Se acariciaba los muslos, el cuello y el vientre. Sus fluidos le humedecían la mano, haciendo que sus dedos resbalaran a su interior. Y sus gemidos evolucionaron en una respiración agitada, llegando hasta un grito ahogado al alcanzar el orgasmo…
Descansó unos minutos recostada en la cama, recuperando el ritmo de su respiración normal. Se levantó perezosamente y se dirigió a tomar ese baño tan esperado. Se enjabonó sin usar el estropajo y salió con una bata y la cabeza envuelta en una toalla. Tomó asiento y continuó con el teclado de la computadora y la lectura de sus libros gruesos y aburridos. Él seguía posicionado en la cama. Tal vez no esté tan mal esta situación, después de todo, pensó.
12 de Abril de 2011.
Mineral El Realito, Guanajuato.

jueves, 19 de julio de 2012

No hay nada


Ya no hay distancias que cruzar,
ni mares eternos que nadar.
No tenemos el binomio que creímos,
no somos la supernova en el espacio.

Los Dioses han muerto
y dejamos que los mortales tomen el poder.
Hemos quedado sin sentimientos
y putrefactos con nuestras mentes.

No es deber el estar aquí
pero todo me ata a estas tierras.
Tierras que no tocan mis pies,
y vientos que ya no golpean mi cara.

¿Qué pido yo ahora?
Jamás he pedido nada que no crea merecer,
pero mi crédito se acabó
y no tengo moneda con qué pagar.

Se me acabaron las ideas,
se me acabó la esperanza.
Estoy vacío de sentidos
y no hay poder que me llore.
No hay sentidos que me abriguen,
ni manos que me protejan.
No hay hilo del cual sostenerme
y cayendo al vacío
vivo esta vida sin tí.

4 de Enero de 2003.
Colima, Col.

domingo, 24 de julio de 2011

Eclipse 27




E

l nunca jamás de los veintisiete no me satisface. No me satisface del todo porque no hay todo que matar, no existe una base clara de la cual salir y escapar y volar por otros lados que te separen del mundo. No es un concreto atisbamiento que depara un oscuro futuro para tu frustrada existencia, que sobre su lápida reniegas.

Es un tomar el cuchillo con tus manos vacías (hay que poner atención a lo que uno piensa) y hacerlo correr a lo largo de tu antebrazo, dejarlo escurrir de arriba hacia abajo, penetrando eróticamente la carne de la que brota la gran flor roja. Esa bebida que de tragos me mantienes, que de gotas me matas y lágrimas me abandonas. Una cicatriz, un ombligo, una pestaña, un féretro.

Las marcas en el cuello jamás se quitarán. No uses la cirugía, que de bisturís están llenas las gargantas. Las excoriaciones no salen con limón, solo déjalas correr para que aprieten el nudo que te corta esos sueños de esperanza y sentimientos verdaderos. Te dejan sin aliento, te dejan sin cigarros y tus pulmones extrañarán los que algunos ya no anhelamos. El simple despecho por la luz, la aberración que nos provoca ese cosquilleo en la punta de los dedos al llegar al orgasmo y perdernos una vez más, una vez más de entre las miles que jamás quisimos tener, y las miles que ya nunca tendremos. La soga soportará tu peso aún cuando tus ojos salten y tu lengua escurra, morada y seca, fuera de su cueva.

La muerte en primavera se encuentra dentro de tu café. El huracán que porta la espuma deja de ser el hoyo negro que absorbe tus visiones, que se lleva tus humores, tus ideas, tus recuerdos y tus cabellos pegados en el jabón. Suelta la cuchara al tiempo que sorbes con miedo. Ese miedo irracional que tienes al café caliente, esperando no quemarte la lengua, pero sin importarte que al día siguiente descubran tus uñas moradas, cuando descanses sobre la plancha de acero, en el sueño del millón de estrellas. Tu vida es un eclipse, tan oscura y pasajera. Tu vida en círculos se queda pegada en la cuchara, escurrirá en el fregadero y serás uno de nuevo. Cianuro olor de las almendras quedará para recordarte.

La foto de perfil que toma esa muerte seca y sonriente, con el destello que te dejará ciego por eternidades (aunque el plural no te guste) y lágrimas de cocodrilo, será la imagen que nunca quisiste para ti, pero será la mejor que jamás pudiste tomar. El orgullo se desbocará por tus sienes, dejando a la luz tu más grato sentimiento y las impresiones en blanco y negro que pasaron por tus ojos. La luz del día (o tungsteno, en su caso) será la última en saber tus pensamientos, en conocer tus ideas y tus recuerdos, será la última que te vea completo, con el cráneo en su lugar, y tu límpido cerebro dentro de él. Tu lengua de fuego no hará compañía a la otra, que será como el plomo que te pesa en las espaldas, 20 gramos que serán como lastre que te hunda en ese lago de espesas y quemadas esperanzas, dejándote sin fuerzas para llegar a la orilla.

¿Qué buscas dentro de ese frasco? Es ámbar precisamente para que no logres ver el contenido desde afuera, para que tengas que entrar por la boca y resbalar hacia dentro, para que caigas y te empapes del sabor tan pegajoso que puede llegar a ser. Ese sabor que te seguirá a todas partes, que despertará contigo y dormirá después de ti. Que tu cuerpo añora y tu mente desea, la pasión tan frenética que deja atrás placeres secundarios, que olvida los columpios y meter el freno en el rojo. Ese líquido que te hunde cada vez más y pierdes tu sensibilidad, pierdes tu cerebro que caminando adelante va, solitario y cabizbajo, sin la esperanza que un día tuvieron juntos, pero un cigarro casi consumido en la mano derecha. Tu muerte húmeda deja seca mi vida.

Un poco de agua jamás mató a nadie, pero uno no sabe para quien trabaja. Planetas de colores giran a tu alrededor, y aunque no hay diamantes en el cielo, tus palabras se vuelven lejanas como dentro de años luz, tus movimientos se hacen lentos y quedas atascado en el éter que nos rodea. Tus pupilas se dilatan y tu fobia a las agujas se volatiliza por la inerme promesa de mil de tus mejores orgasmos. Perdición será la pequeña muerte, porque te arrastrará al fondo del océano y te encadenará al fondo, para que nades eternamente al ver pasar el canto de las ballenas que emigran contigo, o sin ti.

2 de Septiembre de 2004.

México, D.F.

sábado, 15 de mayo de 2010

Polvo de estrellas



¿Que sucede cuando no tienes cohesión? Claro, sales disparado en todas direcciones, infiltrándote en las más curiosas situaciones. Te despedazas en miles de pequeñas particulas, como polvo cósmico. Pero la supernova para después, aún no es tiempo.
Simplemente viajas en todas direcciones a la vez, y dejas que tus pensamientos sean más grandes que tu, que el magnetismo que te mantenía unido se vuelva una especie de licuadora.
"Así que, estás hecho pedazos, ¿eh?"
Bueno, pues avanzas tan rápido que la teoría de la relatividad se vuelve obsoleta y vuelves por ti, cada vez antes, cada vez más temprano.
"¿Ya cuantos eres?"
Y eres todos pero no coagulas en ninguno. Aquella persona extraviada en el súper, o la que se cayó en plena explanada de la escuela en el recreo, o la otra que se quedó observando la luna de queso después de hacer el amor en el asiento trasero de un Valiant 76. Pero no, tampoco estás ahí. Sigues viajando por días y días.
Y el polvo estelar comienza a aplicar la teoría relativa pero de lugar. Te alejas tanto que tiendes a estar de nuevo en el mismo lugar.
"¿Pero estás lejos, no?"
Te fragmentas como una gigantesca constelación. ¿Que pasa si te ves desde otro lado, de otro planeta? Te vuelves otra constelación. Pasas del gigantesco oso al estúpido idiota parado en la esquina. Y así son millones de años.
Pero cuando ya estás marinado y listo para afrontarlo, comienza la ebullición. Comienzas a perforar termómetros con saña y demencia. Comienzas a botar tapas y matar lagartijas. Tu supernova te espera, lista para darte tu merecido merecido.
La ebullición te presiona los tímpanos y te araña la piel. Te aplasta, te amasa, te anuda. Te mete poco a poco en los espacios que deja el corcho de tu vino tinto a 12 grados. Mayor compresión. Hasta que es casi inevitable el estallido. Pero solo hasta entonces, te voltea a ver con esa mirada burlona y la sonrisa cínica y destructiva en sus labios. Claro, el dolor es insoportable.
Y entonces piensas -¿piensas?- que todo eso para qué. ¿Para qué quieres estar convertido en una masa viscosa y maloliente a mitad de tu mísera existencia? ¿Qué de divertido tiene estar aplastado contra el vidrio, contra el asfalto, contra la lámina caliente y doblada de tu auto recién chocado y con las llantas aún girando, mirando al cielo? ¿No preferirías tomar una piña colada recostado sobre un pasto tan verde que ni sus ojos pudieran compararse? ¿Ser de verdad polvo estelar? ¿Mirarte a ti mismo desde un lugar tan alto que sólo creas que eres tu?
Bue... entonces ajustas bien el nudo a tu cuello y pateas la silla en la que estás parado.



Colima, Col.
15 de Mayo de 2010.

domingo, 7 de junio de 2009

Cinco mil días



Cinco mil días pasaron y seguía caminando. Los huaraches estaban casi hechos trizas pero no tenía intensión de detenerse. Al contrario, apenas comenzaba su viaje. Cruzó tiempos de infortunio, tiempos de grata sensación. Cruzó por mares, bosques, selvas y desiertos. Cruzó por todos los parajes habidos y por haber. El tiempo y espacio se volvió uno solo como él. Se fusionaron los conceptos y se volvió uno solo con el riesgo, con la dicha, con el miedo y con la muerte. Perdió la nostalgia y el placer. Perdió tantas cosas, como las mismas que encontró. Jamás retrocedió.
Cinco mil días más y sus pies desnudos fueron los que caminaron por él. Los callos y ampollas jamás cedieron, así como él. Ahora los tiempos fueron otros, tal vez más difíciles. Tal vez no tanto. Así se separaron: el tiempo y el espacio. Caminaba por senderos inexistentes. Hacía de su vida un momento, un tiempo perdido en su mundo. A oscuras. Sin lugar. Un “nowhere man” como a bien tuvieron los Beatles en sintetizar. No existía en ningún lugar, si no en su tiempo. Hubo tiempo para todo, no así un lugar. Y así sucedió. No más.
Cinco mil días y todo se trastornó. El mundo se puso de cabeza, se puso de lado, se puso de mil formas y colores. Caminó al revés. Caminó hacia arriba. Caminó ya sin pies, ya se le habían agotado. Se terminaron como todo en esta vida. Fue el término del tiempo. Ya no hubo más tiempo. Solo este lugar y todos los lugares del mundo. Todo fue un solo sitio: aquí. Allá. Que al fin y al cabo es el mismo cuando no hay tiempo. No tuvo tiempo que perder, ni tiempo para pensar. Solo los lugares amontonados en sus ojos. Todo en el intersticio de 180 grados que alcanzaba a palpar de frente.
Otros cinco mil días y no quiso seguir. Ya no tenía cómo seguir. Hace tiempo había perdido los pies, y la mente se negó a viajar más allá de su comprensión. No quiso y no pudo. Prefirió esperar ahí. Cualquier cosa que eso fuera. Y morir tranquilamente. Sin conocer más, sin saber más de lo que ya sabía. Creía estar satisfecho con su travesía.
Su única desgracia es que tuvo que esperar cinco mil días para que la muerte lo alcanzara a él. Ella no tenía prisa, y una vez que lo alcanzó a él, se fueron juntos a caminar por lugares sin tiempo, y en momentos sin mundos.

31 de Octubre de 2002.
Colima, Col.

miércoles, 3 de junio de 2009

Carroña



Portando mis trajes negros, zapatos y corbata,
atravieso tu piel superflua y delgada,
destruyo tu jaula y libero los sentidos.

Mi vista destruye los hechizos que portabas tú.
Se rompe el circuito que con esfuerzo has construido,
y en un santiamén desaparece el halo
en que estabas envuelta a profundidad.

Confundidas las miradas, tan llenas de preguntas,
incompletas y angustiadas en mi mente oscura.
¿Buscando de nuevo? Jamás a encontrar.
En la maraña de pensamientos habrá que empezar.

Cuando nazca de nuevo, si es que lo habré de hacer,
naceré en animal, tan poderoso y hermoso
que un miedo negro y desconocido se apoderará de ti.
Sabrás de la angustia, el terror, la tristeza y el furor.

Soñarás con mis garras perforando tu piel,
desgarrando cada músculo de tu cuerpo,
mis mandíbulas pulverizando tus huesos,
mis ojos destruyendo los tuyos sin piedad.

Beberé tu sangre con gozo y júbilo
disfrutando gota a gota de tu muerte,
carne putrefacta bajo el sol de medianoche,
y tu húmeda morada bajo la tierra
clamará con sedienta ansia el féretro
que habrá de llevarte a mi infierno.




27 de Septiembre de 2000.
Colima, Col.

domingo, 5 de abril de 2009

Sangre de mi sangre



La navaja de afeitar recorrió sutilmente su muñeca. La sangre tardó un par de segundos en emerger de la herida. Sofía observó como esa tonalidad tan agresiva escurría por su antebrazo. La gota corrió hasta su codo y cayó en una explosión carmín. Sonrió.
Termina una era, pensó, ahora es cuando comienza a emerger la verdadera vida.
Tomó la cuchilla con la mano ensangrentada y cortó la otra muñeca. Esta vez el corte fue más profundo. El dolor viajó hasta su cara, a sus labios y a sus cejas. Pero no por eso dejó de cortar. La sangre manchó la navaja.
Por hoy está bien, dijo en voz alta. Una gota chocó contra su rodilla, tiñendo un punto rojo en su pantalón. Bajó los brazos para que la sangre fluyera rápidamente. Sus manos comenzaron a llenarse de sangre. Agarró la sangre, la palpó, sintió su calidez. Escurría entre sus dedos.
El suicidio comenzaba a parecerle graciosa. Algo divertido. Podría manchar el suelo del baño con sus cuatro litros de sangre si fuese necesario. El olvido de tomar sus pastillas y la hemofilia que padecía serían suficientes. No necesitaría de agua caliente.
Sentada en la taza, con las manos juntas y los codos en las rodillas esperaría hasta que el charco de sangre se transformara en un pequeño lago. No tenía prisa por morir.
Dejó su mente volar, comenzó a viajar sin salir del baño. Y cuando se dio cuenta, estaba tan lejos que no recordaba nada. Tenía la mente en blanco… y las manos rojas.
Pasó su lengua por una herida y se limpió momentáneamente. Después volvió a cubrirse con sangre. El sabor era incatalogable. Un poco dulzón, calificó. Luego se dio cuenta que todo ese olor llenaba el cuarto. No era un gran charco, pero continuaba creciendo. Comenzaba a tener sueño. No recordaba haber visto tanta sangre junta, excepto alguna vez en su periodo.
Cansada, se recostó en el suelo del baño. Extendió los brazos junto al charco hemático y se acurrucó. ¿Tardaría aún?, pensó. La mitad de su campo visual estaba en carmín. El resto era el blanco del mosaico del baño.
Paulatinamente el charco fue creciendo hasta llegar a su pantalón y su blusa blanca con las mangas recogidas. Las prendas absorbían la sangre con avidez, como queriendo recobrar la sangre y devolverla al cuerpo que arropaban. La sangre también alcanzó el cabello de Sofía, humedeciéndolo y apelmazándolo. Pero ella no se enteró. Había cerrado los ojos hacia media hora.

Fin intermedio.

La sangre continuó fluyendo desde sus muñecas. El charco rodeó totalmente el cuerpo de la chica. Las prendas dejaron de absorber sangre, como si supieran que su esfuerzo no valdría de nada. Pero el cabello continuó humedeciéndose con ese líquido vital.
Tal como ella lo había pensado, se formó un pequeño lago con su sangre. La sangre siguió fluyendo hasta que literalmente Sofía se secó. La sangre no alcanzó a llegar a la coladera del baño. Sofía prácticamente flotaba en su sangre.
Sus padres la encontraron cuatro horas después. La sangre seguía líquida. La señora que la preparó para su ataúd, se percató de que el pelo de Sofía había adquirido el rojo de la sangre y sus lavados no consiguieron eliminarlo. Y ahora el cuerpo pesaba la mitad.
En el velorio, siempre estuvo presente ese olor dulzón que caracteriza a la sangre. Lo mismo en el cuarto de baño, además de que los mosaicos y las lozas que fueron blancos, ahora ostentaban un apenas perceptible tono rosado.

Fin final.

31 de Octubre de 2002.
Colima, Col.

domingo, 1 de marzo de 2009

Polos opuestos



Como el silencio entre los árboles,
como el agua manantial,
como el aire de montaña,
y como la nieve de volcán.

Como la lluvia de Noviembre,
como la golondrina viajera,
como el huracán nocturno,
como el perro vagabundo.

Como el violento invierno,
como la luna menguante,
como el día sofocante,
como beso de amor.

Como cada uno de ellos,
como todos sin excepción,
regresarás, seguro lo harás
pero como todos ellos
me habré ido también.

¿Es este el destino?
La ley de la vida.
No existe el amor,
sólo coincidencias.

Como los imanes,
unidos primero.
Luego un giro se dá,
y todo es distinto.

Pues este imán se irá,
lo diré sólo una vez,
cuando otro giro des
mi polo opuesto verás.


29 de Abril de 1998.
Colima, Col.

domingo, 18 de enero de 2009

A pesar de todo y en consecuencia de nada

Solamente con ciertos despojos de mis recuerdos 
este efímero domingo se ha extendido eternamente. 
Pero no anhelo que acabe pronto 
para reintegrarme a la semana rutinaria; 
sino que quiero que dure para siempre 
y sí quedarme con tu aroma y tu triste mirada. 

 Hundido hasta el cuello en el muladar 
en el que se ha convertido mi vida. 
Nadando a oscuras río arriba 
y lavando mis memorias a fuerza de olas. 

Ni cientos de kilómetros, ni miles de minutos 
me harán desistir de esta amarga agonía, 
porque ya estoy más allá de la realidad 
y he dejado atrás mis vestimentas, 
junto con fragmentos de piel herida. 

Mis ojos se bañan de negrura sucia y rancia 
y me ahogo con hierbas pútridas en la garganta, 
no me soportan los brazos del peso 
que a conciencia he echado sobre mis hombros. 

No soy ya el mismo de antes. 
No soy ni quien era, pero jamás lo he deseado. 
Intento regresar al punto en el que partí, 
aunque eso signifique volver mis pasos 
y usar la piel que solía usar.


14 de Mayo de 2003.
México, D.F.

domingo, 11 de enero de 2009

No hay nadie más aquí

En esta ciega y estúpida osadía, que delata mi negro sentimiento, existo dejando de existir y converso sin nadie más aquí. Ruido que invade el espacio, luces blancas que ciegan la vista de los mortales, sonidos armoniosos de otras épocas y rayos que incitan mi desgracia se conjugan para mostrarme la oscuridad de la noche, lo inquietante del alma, lo inconforme del subconsciente, lo aterrante del consciente. Negrura de espesa densidad me impide fijar la visión; y sin embargo arremeto contra ella en una lucha de poderes de la que saldré mal librado si no logro mantenerme a este grado de vivienda y conciencia. Mi mente se desprende y viaja en sus mundos. Traslapada al tiempo e inconsistente en el espacio. ¿Qué pido yo ahora? No logro verme viajar a la velocidad de la luz. Soy una bestia lenta y aletargada que sobrevive en su pantano nauseabundo de ciclos envolventes. Y soy la bestia a la que siempre arrojé piedras, a la que siempre traté de hundir en su propia suciedad, a la que golpeé para que jamás saliera de su terrible agonía. ¿Cómo me fui hundiendo en este lodo tan más putrefacto y lleno de porquería, que mi cerebro gotea incesantemente? Y ya lo he dicho, no estoy dentro, pero me hundo cada vez más. Y no saldré hasta que se rompa esta oscura capa de hielo que congela todos mis sentidos; hasta que desoye a la bestia que devora mis entrañas como un gusano a la manzana; hasta que destruya esta insoslayable permeabilidad de la que es presa mi débil y corrupto cuerpo, en el que ya no es bienvenida mi presencia. Estoy sintiendo lástima por mí, cuando lástima deberían de darme todos aquellos que no saben que de ciertos temores, todos somos presa.
4 de Septiembre de 2000.
México, D.F.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Agonía



Y la estepa murió. Y yo quedé volando en un espacio intermedio, tan lejos del suelo que no supe dónde quedaron mis pies. No supe adónde viajo mi cerebro. No tengo idea de qué le pasó a mis infiernos. Mis difíciles infiernos.
Ni siquiera mis pieles sufren de la agonía. No estoy completo sin tus artificios. Y no lo estaré jamás sin tus dudas absorbidas por el incierto temor del que eres presa. ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo hacerlo funcionar? Ya está más dañado que esta pobre confabulación de malignos espíritus, más muerto que la conífera húmeda y corrompida por las manos calludas del famélico demonio, más putrefacta que ninguna de las hermosas veredas por las cuales viajo de forma conspicua y apabullante.
Ya no hay salvación posible. Que he muerto y reposo en mi aposento oscuro y coagulado, donde las paredes me devoran y los pisos me presionan. Ciegas serpientes arden mis entrañas, pequeños buitres rascan mis recuerdos, concisos lamentos llenan mi cerebro. Me desintegro en etapas y me conformo en moléculas volátiles, contráctiles, perfectas, amorfa.



2 de Septiembre de 2000.
México, D.F.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Veneno


¡Cuál sería su sorpresa al descubrir que, ni su pericia adquirida a través de 12 largos años en esos lugares pantanosos, ni sus botas de cuero grueso “garantizadas” contra cualquier colmillo de víbora, ni siquiera ese gran salto que pegó cuando se dio cuenta que había transgredido notoriamente el territorio de una de esas “rayadas calientes”, lo salvarían de su primer, terrible y súbita mordedura de víbora en medio del pantano “Azcatl”!
¿Cómo sucedió eso? Todo normal cuando paseaba por ahí. Caminando lentamente, moviendo primero toda clase de ramas para cerciorarse de que no hubiera víboras escondidas, los ojos bien abiertos. Después, un movimiento rápido: volteó y al instante vio la víbora abriendo las quijadas amenazadoramente, demasiado tarde para quedarse quieto y retiró velozmente el pié, dando un salto. Claro que había sido demasiado tarde, y los colmillos de la víbora de metro y medio se habían clavado en el tobillo de las botas, perforándolas y penetrando en la piel del pié.

Con el corazón a mil por hora trató de reacomodar la situación a su favor: había sido mordido por una víbora que, sino se equivocaba estaba entre las diez más venenosas de la localidad (45 minutos antes de las convulsiones, una hora antes de la muerte total. No era un pronóstico alentador), su jeep estaba a unos dos kilómetros de donde se encontraba (media hora de camino en el estado en que estaba), en el cual se encontraba un inhibidor de veneno (efectivo en un 75 por ciento de los casos, retardaba los efectos ponzoñosos hasta en media hora), 50 kilómetros desde el jeep hasta el lugar más cercano donde podían atenderlo (35, 40 minutos a 80 kilómetros por hora en un camino realmente malo.). Los cálculos y probabilidades estaban más o menos parejos, pero mientras no subiera su presión drásticamente y llegara el veneno más pronto al cerebro, mientras no tardara más de media hora arrastrándose entre la selva pantanosa mas bien tupida, mientras el inhibidor de veneno fuera efectivo en su caso y retardara por lo menos de 20 a 25 minutos, mientras el jeep subiera los 80 por hora, y mientras se apurara por que ya habían pasado tres minutos y el tiempo no iba a tener compasión de él…
Se imagino en un rally, o un acertijo contra tiempo. “¿Sería esto trampa?”, pensó mientras apretaba fuertemente las agujetas de sus botas “garantizadas” a modo de torniquete rápido. “Tendré que ir a reclamar a la tienda de que estas botas no impiden el paso de los colmillos de víbora… si salgo con vida”.
Comenzó a caminar cojeando un poco. Su velocidad era buena, de hecho, a esa velocidad podría alcanzar el jeep antes de los veinte minutos. Caminaba mientras veía lo mismo que había visto cuando llegó: El tronco gruesísimo de aquel árbol, la bolsa de papitas que algún turistilla había tirado por ahí, la planta rara media azulosa de la izquierda, el zapato de cuero negro sin tacón…
Comenzó a actuar el veneno en el pié. Primero era una especie de adormecimiento, luego evolucionó a una molestia local, después ya no tenía control del pie y al final comenzaba a dolerle. Una punzada potente, cada vez más fuerte. El veneno había entrado a torrente sanguíneo y comenzaba a afectarle el sistema nervioso. Comenzó a desesperarse. Aún le faltaba la mitad del camino y ya llevaba 10 minutos. A ese nuevo paso tendría que recuperar un poco de astucia que había perdido en la paranoia del veneno.
El adormecimiento avanzaba a la rodilla y el dolor crecía en intensidad. Se arrancó la playera y la hizo jirones. Se puso un torniquete –o algo parecido a un torniquete- un poco arriba de la rodilla. Con todo el dolor de su pie siguió avanzando, sus tropiezos eran cada vez más frecuentes y dolorosos. 15 minutos. Aún no había avanzado 500 metros cuando volvió a tropezar, pero esta vez fue definitivo. Su pie, ya sin control, se atoró en una raíz salida y al caer, creyó que se lo había roto al oir un débil crac. Lanzó un grito de dolor e impotencia.
Observó su pie con lágrimas en los ojos. Estaba doblado en extraña forma, por cierto no muy normal. Se lo había roto. “Bueno, por lo menos el dolor del veneno es mayor que el dolor de la fractura”, pensó lastimeramente. Entonces, requería más astucia. Tenía un miembro menos, llevaba 17 minutos y aún faltaba como tres cuartos de kilómetro. Tenía que pensar en algo rápido.
Recordó sus juegos de niño. ¿Eran las carretillas? Quien sabe, pero se puso a caminar con brazos y pies, de espalda al piso, con las manos por delante y con el tobillo roto doblado, para no irlo arrastrando. Se imaginó que la sangre comenzaría a correr más rápido, por el esfuerzo que implicaba el caminar así. El dolor comenzaba a desvanecerce del tobillo. Quizá ya se estaba entumiendo. Pero ahora el dolor había caminado a casi abajo de la rodilla. Metió la mano en sin fín de charcos y espinose inumerable veces. “Ya mero llego, ya mero llego”. Trataba de darse ánimos, pero estaba casi convencido de que no lo lograría. 24 minutos.
Por su posición no podía ver a dónde iba, y mucho menos podía esperar que su cabeza chocara contra la salpicadera del jeep. Suspiró aliviado. Estaba un poco mareado, y el dolor había emigrado al muslo. Rápidamente se paró, buscó en su maletín, sacó una ampolleta, y una jeringa. Vació el contenido de la ampolleta en la jeringa, se subió la manga, buscó la vena y se inyectó todo el líquido, prácticamente de un jalón. Se le formó una pequeña bola en el brazo, esperó un poco con el alma en un hilo, a que el antídoto se dispersara por todo el cuerpo, y a ver si haría efecto…
Pues el dolor había comenzado a ceder, se había calmado un poco, pero seguía lentamente escalando en su cuerpo. Oquei, aproximádamente tenía treinta minutos más de vida.
“¡Puta madre!”, gritó con todos sus pulmones. Las llaves, seguramente se le habían caído de la bolsa cuando caminaba con las manos en reversa. Buscó de nuevo, vació sus bolsillos a un lado del jeep y no encontró nada. Se calmó y trató de pensar fríamente. No podía regresar a buscarlas. Entonces encenderlo directo… ¿pero cómo? Habría que… ¡Pero que estúpido! Tenía llaves de repuesto por si las perdia, se las robaban o cualquier percance. Estaban sujetas al chasis con cinta aislante. Las arrancó y saltó al asiento, como alguien con un pie roto podría hacerlo. Ahora venía la parte interesante.
Desconectó la doble tracción: necesitaba velocidad y no potencia. Y tenía que aprender a manejar un estándar de tres pedales con un solo pie, en menos de seis segundos. Sobre la marcha. Encendió el vehículo, empujó su pie izquierdo a un lugar donde casi no estorbara y presionó el embrague con el derecho, mientras metía primera. Pero al soltar el pedal para empezar a acelerar, el jeep brincó para adelante y se apagó. No importa, ni había tiempo que perder. Repitió la operación y al querer acelerar, el carro brincaba y se apagaba. Bueno, esa no era la solución. Había que pensar en algo rápido. Ya iban seis minutos. No había bajadita como para arrancarlo en segunda y no podía empujarlo en esas condiciones.


“Vamos inventando algo”, se dijo con una sonrisa en la boca. Metió la la primera, puso el pie en el acelerador y se preparó a punto de darle la ignición al auto. “Solo espero que la marcha del jeep no sea tan chiquita”. Le dió la vuelta a la llave y el carro arrancó. Pero con primera puesta, el carro brincó hacia adelante y cayó, brincó de nuevo y cayó, brincó una vez más y fue entonces cuando hundió el pedal del acelerador. El chorro de gasolina en el carburador lo hizo reaccionar y el motor rugió, al momento de derraparse las llantas y salir disparado hacia adelante. Rápidamente soltó la llave y tomó el volante, metió segunda y rió a carcajadas. El viento que se sentía sobre el parabrisas, y el hecho de que había podido arrancar el auto, lo relajó lo suficiente como para olvidarse un segundo de su precaria sutuación. Botó la tercera, metió el clutch y también cuarta. Aceleró a fondo. Adelante se encontraba la parte mala del camino. Y apenas iba a setenta.
Forzó el motor y al entrar en la terracería, había alcanzado los ochenta y cinco. El carro brincó de un lado para otro bruscamente. Rebotaba en exceso y había veces en que parecía que había perdido el control del auto. Siguió avanzando, pero en un reojo, vio que la aguja marcaba apenas arriba de sesenta. Tanto brinco y rebote no le daban la velocidad requerida. Además, todo ese nerviosismo y stress, le habían aumentado la presión, y el dolor, aún leve, comenzaba a invadirle la pelvis, con cierto cosquilleo en el área abdominal. El reloj ya marcaba quince minutos y si había recorrido diez kilómetros a ese momento, era mucho.
Entre desesperación y tensión, sólo alcanzaba a pensar “Le voy a chingar toda la suspensión, y apenas le había cambiado amortiguadores la quincena pasada”. El velocímetro apenas por arriba de los sesenta por hora.
“Otro truco, a ver si funciona”, pensó y cargó un poco el jeep hacia su izquierda. Las llantas del lado izquierdo se subieron a la maleza que crecía a la orilla del camino y comenzaron a lanzar al aire miles de hojitas y bolitas con espinas. La estabilidad del todoterreno mejoró solo un poco. Las otras llantas aún rebotaban y brincaban en los charcos y baches. Probó acelerar un poco más y subió a setenta, poco antes de que comenzara a rebotar demasiado y la vibración lo sacase del camino. Tenía los brazos tensos y rígidos, no podía perder concentración en el camino y mucho menos el control del volante. Veintitres minutos y cruzaron la marca de los veinte kilómetros. Respiró aliviado. No quiso sacar cuentas de cuánto tiempo le iba a faltar.
El dolor ya había subido a la boca el estómago, y el cosquilleo estaba un su pecho. “Nomás falta que tenga el tiempo suficiente, pero que esta madre me provoque un paro cardiaco. O respiratorio.” Esperó un momento y no pasó nada. El dolor seguía, el cosquilleo también. No, no sentía nada anormal. De hecho, extrañamente nada. Observó sus pies, uno doblado extrañamente y el otro presionando el pedal del acelerador. La vista al frente, setenta por hora, veinticinco minutos, sus pies…
Tenía la duda rebotando en su cabeza. Y no se iba a quedar a gusto si no la despejaba. Como no quería dejar de acelerar, tuvo que hacer un sacrificio. Se hizo a la idea de que iba a arrojar su pie contra el pedal del clutch. Y le iba a doler bastante. Lo pensó y repasó, mientras seguía acelerando, las manos al volante y viendo la terracería. “Bueno, sin agua va. Unadostres…”
No pasó nada. No sintió dolor. Entonces era el veneno, que actuaba de anestésico. Pero no quedó conforme con la prueba. No lo había visto porque no podía despejar los ojos del camino. Tomó una decisión precipitada. Soltó el acelerador… Solo que tampoco sucedió nada. El jeep seguía avanzando a setenta por hora, y su pie seguía sobre el acelerador. Aterrado, comprendió todo de golpe. El veneno ya estaba atacando el sistema nervioso y le había inmovilizado de la cintura para abajo. El dolor ya estaba en el pecho y el cosquilleo entraba en sus brazos y hombros. Treinta y dos minutos y la marca de los treinta kilómetros. “Más adelante está la carretera”, pensó aliviado. Y efectivamente, allá se veía la cinta asfáltica. No había tiempo que perder. A los treinta y tres minutos tocó el asfalto, pero casi a sesenta por hora. El giro del volante fue brusco, las llantas chillaron horriblemente y el vehículo se sacudió por unos segundos, antes de tomar bien su carril.
Tenía ganas de vomitar. No había podido frenar porque sus piernas no le respondieron. Con una mano se empujó la pierna derecha y aceleró al máximo. Retomó el volante y se dio cuenta de que también sus manos comenzaban a sufrir el mismo efecto. Sus movimientos comenzaban a ser lentos, casi sin fuerza. Pensó una vez más. Sólo que ahora dependía del auto, ya que la carretera estaba desierta y aún faltaban quince kilómetros para llegar a la ciudad más próxima. Bueno, quizá a noventa y cinco por hora llegaba en menos de diez minutos. La ventaja es que la carretera no tenía curvas cerradas, si no my estilizadas y abiertas. No tenía la necesidad de bajar la velocidad. Aún cuando el todoterreno se inclinara estremecedoramente.
Los brazos se hacían más lentos, y con menos fuerza. El cosquilleo había alcanzado la punta de los dedos y comenzaba a subir por el cuello. El dolor avanzaba a los hombros. El manejar se volvía más difícil, tenía que tomar ambos carriles para dar las vueltas. Pero aún así, la carretera permanecía desierta. Hasta sus pensamientos se volvieron un poco lentos. Como que se adormecía.
Un claxonazo lo sacó de sus cavilaciones, y volteó para todos lados. Nada. Un destello en el retrovisor lo hizo mirar por el espejo. Un automovilista en un carro deportivo, rojo y descapotable le gritaba de cosas. Al parecer enfadado por la poca consideración que tenía al manejar. “Pendejo, manejo así porque me mordió una serpiente”, pensó mientras el convertible se deshacía en bocinazos y mentadas de madre. En una recta, en la que más o menos tomó un solo carril, lo rebasó, haciendo rugir los ocho cilindros de su deportivo y mostrando el dedo medio de la mano derecha. Solo hasta entonces se le ocurrió que el automovilista pudo haberle ayudado. Y el pretérito es correcto, porque el auto se perdía a lo lejos.
Las manos ya no le respondían, los ojos se le cerraban y el dolor ya había alcanzado la cabeza, pero ya era mínima la molestia. Su mente viajaba lentamente, pero por otros mares que no eran los de asfalto. Comenzó a pensar en incoherencias y estupideces. Comenzó a observar el paisaje, manejando el jeep a noventa por hora. Comenzó a cerrar más tiempo los ojos. Se le embotó la cabeza, se olvidó del hecho de que fuera manejando. Los brazos resbalaron del volante y cayeron en el asiento. Las llantas anchas del jeep comenzaron a devorar las líneas continuas de la división de carriles. El motor forzado a noventa por hora. La carretera desierta. Los ojos cada vez más cerrados. Una curva suave lo deja correr por la mitad de la carretera. Solitario. Pero él no se da cuenta de eso, sus ojos se han cerrado ya.



1997-2002
Colima, Col. - Cd. de México.

sábado, 13 de septiembre de 2008

El Diván



—Oquei, vamos a hacer esto rápido. Yo digo una palabra y tú dices otra inmediatamente, lo primero que te venga a la mente. ¿De acuerdo?
—No creo que funcione, pero vamos a intentarlo.
—Arte.
—No se crea ni se destruye, simplemente se transforma.
—Sólo un palabra, Rubén, por favor. Noche.
—Profundidad. Sin salida. Eterna.
—Muy bien, pero una palabra. Una nada más.
—Sí, lo siento, Doctor. Continúe.
—Magia.
—No es tangible, no existe. Diversos elementos que se conjugan y convergen en una circunstancia, creando una situación fortuita, diferente, espontánea, bella. Un momento.
—¿Me dices que es sólo un instante de tiempo?
—Entre un segundo y otro hay mucho espacio: décimas de segundo. Entre una décima y otra hay mucho espacio: centésimas de segundo. Y así sucesivamente, hasta que logre quedar entre dos ésimas de segundo sin espacio posible entre ellas: ahí se da la magia.
—Interesante, pero prosigamos. Agua.
—Elemento primario de la existencia del universo, piedra filosofal de millones de años de estudio y contemporanización (¿así se dice, Doctor?) de los seres humanos con su entorno total.
—Me dices que la magia es en una ínfima parte de tiempo, y que el agua es eterna. ¿Son opuestos?
—No, Doctor, no está poniendo atención a lo que le estoy diciendo.
—Disculpa, suelo hacerlo a solas, con la grabación de la consulta.
—Eso es demasiado impersonal, ¿no lo cree así? Está Ud. aquí en la consulta, pero realmente se encuentra divagando en sus carreteras interiores, la interestatal de lo efímero, ¿no es así?
—No soy yo el que busca un psiquiatra, Rubén. Por favor, vuelve a tu asiento para proseguir.
—¿Tiene Ud. miedo, Doctor? ¿O que fue eso que me pareció ver brillar en sus ojos?
—Estas pagando mucho dinero por una hora de consulta. ¿Quieres utilizarlo de esta forma?
—Está bien, prosiga. Pero no es el dinero lo que me detiene.
—Cachorro.
—Símbolo perfecto y universal de crecimiento, aprendizaje y magnificencia. Peludo.
—Una sola palabra, Rubén. Parásito.
—Complejidad necesaria para acortar caminos.
—¿No se contradice lo que acabas de mencionar? ¿Complejidad para facilitar?
—Yo no dije facilitar. ¿Qué tiene Ud. en la cabeza, Doctor? ¿Se ha analizado últimamente?
—Entre gitanos no se leen las manos. Una palabra, Rubén, catorce.
—Nada, ese número no me dice nada.
—¿Quince?
—¿Va a repetir toda la tabla numérica? Estoy pagando una cantidad considerable por mi hora de consulta. No quisiera perderla escuchando a Pitágoras en traje de Freud.
—Sí, disculpa. Nieve.
—El fenómeno de una ambivalencia, o trivalencia, que magnifica todos los sentidos y nulifica la apoptosis del alma en vista panorámica y de colores limitados.
—¿Te has dado cuenta que dijiste alma? ¿Por qué?
—Fue lo primero que se me vino a la mente. ¿Tiene algo de malo?
—Pareciera. Me has hablado durante el análisis de cosas tangibles, concretas o por lo menos concebibles. Pero me pones un dogma frente a la cara y hagas que simule que no lo ví. ¿O era eso lo que querías, tratar de probarme en cuanto a suspicacia?
—Me cachó, Doctor.
—Nada de jueguitos, Rubén. Esto no es un juego. Prosigamos: Ironía.
—Creyó que me la iba a tragar, ¿no es así?
—¿Perdón?
—Si quiere que no me ande con juegos, Ud. tampoco los empiece.
—Disculpa, no sé en qué estaba pensando... ¿Dijiste algo?
—¿Yo? No, nada.
—Mmmmh, Vehículo.
—Capacidad sustentable y medible de desarrollo ideológico, y hasta cierto punto moral. Jamás intelectual. ¿No sé si me he explicado?
—Perfectamente, Rubén. Hidrocarburo.
—No, esa está muy difícil. La que sigue.
—¿Muy difícil? Era sencilla, pero si insistes... Asesino.
—Tengo una teoría: existe una parte en nuestro cerebro que nos rige, aún sin la educación apropiada, de nuestras acciones, buenas y malas. En el crecimiento del feto, esta región crece sin control, o no crece, no se desarrolla. Cuando este sujeto es adulto, la región está putrefacta, está inservible y nada rige ese centro. Las personas a las que no les sucede esto son los asesinos.
—Bastante acertada, pero ¿por qué usaste el género masculino? ¿Tiene esto algo que ver con que tu padre te golpeaba de niño?
—Doctor, mi padre me golpeaba porque llegaba borracho y en el refri jamás había cervezas. Siempre me las tomaba yo cuando él salía a fornicar con putas de quince años, que se acostaban por un pedazo de pan o por un vestido sucio y mal cosido. Y si le destrocé el cráneo a patadas fue porque quería oír su cabeza crujir como la madera; no por esas mamadas de que le guardaba rencor, de que quería venganza por herir a mi madre con una botella rota de cerveza, o un súbito sentimiento de independencia y responsabilidad y desafío a la autoridad.
—Entonces ese punto no tiene nada que ver. Sin embargo, no me has respondido, ¿por qué usaste el género masculino?
—Por costumbre. Si Ud. tiene una hija y un hijo dice "mis hijos", no "mis hijas", ¿verdad?
—Comprendo. ¿Proseguimos? Catástrofe.
—Un estilo de vida, un filtro de grises para ver del otro lado del vaso.
—Una sola palabra, Rubén, por favor. Alegría.
—Carácter de alguien que sabe que alguien más daría la vida por él y que jamás tendrá o deberá pagar por el favor. Una actitud donde todo lo demás vale madre.
—Milagro.
—No mame, Doctor.
—Reencarnación.
—No existe.
—Sólo un palabra, Rubén. Electricidad.
—Cuando tu me miras... ¿No era esa una canción?
—Seriedad, Rubén, esto no es un juego.
—No se enoje, Doctor. Trato de hacerlo menos tedioso.
—Esa era la palabra que seguía. Tedio.
—Complicación de la creatividad teniendo un parto doble y sin anestesia. El padre es Necio y el futuro hijo ya tiene un medio hermano, Inspiración, una media hermana, Confrontación. El hijito se llamará Patricio y será gerente de una pizzería por Insurgentes. Morirá a los 62. La niña morirá al nacer, ella se iba a llamar Arte.
—En esa familia hay alguien de más, ¿no crees?
—Tal vez, pero uno nunca logra escoger a sus parientes. Si acaso coger a las parientas.
—Rubén, por favor.
—Sí, disculpe, Ud. Doctor. Prosiga, por favor.
—Marioneta.
—¡No, Doctor! Puras difíciles. Brínquese a las fáciles de una vez.
—Capicúa.
—Es un ave que suele viajar a diversas partes con sólo ver colores brillantes. Puede usted cazarla con un rifle de tonos grises. El Boeing 747 funciona muy bien. Pero es pesado, se lo advierto.
—Fragilidad.
—Son esas partes de las películas que uno no sabe por qué están ahí. Es como si cambiara asiento instantáneamente con alguien en un cine de Shangai y regresara a su asiento en dos segundos.
—Sí, lo he sentido. Amarillo.
—No le digo, puras difíciles. Déjeme ver, tengo que contestar esta. Debilidad de los aceros que sacan de las minas de Mazatlán. Tienen una temperatura extraña, los mineros dicen que es de mala suerte encontrar esos aceros en las minas. Siempre mueren, y en la superficie. Nadie debe morir en la superficie. Doctor, no muera Ud. en la superficie.
—Trataré, Rubén. Catarsis.
—Mi abuela tenía una cajita de madera casi negra. Ahí guardaba las cartas de todos sus amantes que había tenido. Ella fue puta, ¿sabía Ud? Una vez se fue oculta en la bodega de un barco bananero que iba de Venezuela a Italia. Los marineros la encontraron a medio Atlántico y casi la tiran por la borda, por eso de que las mujeres y el mar no se llevan. Ella prometió acostarse con todos las veces que quisieran pero que la dejaran en el puerto de Milán. Tuvo que bajarse en Dakar, Senegal, porque sentía que no iba a llegar viva a Milán si seguía abriendo las piernas para los 53 marineros de la tripulación, el capitán, su hijo, de sólo trece años y dos presos que iban a ser juzgados y ejecutados al llegar a Italia. Osea que en la cajita tenía, mínimo, 57 cartas. Pero la cajita no era exactamente una cajita. Más bien era un baúl, lleno hasta el tope de cartas. Y el forro interno del baúl se parece mucho a la catarsis.
—Vaya. No sabía eso de tu abuela.
—No se haga pendejo, Doctor. ¿Ud. cree que yo llegue a su consultorio por casualidad? ¿Por puro pinche azar? Tengo su nombre y dirección de su puño y letra en una carta que le mandó a mi abuela, donde decía que quería repetir esa experiencia que tuvieron en una playa de Sri Lanka en la nochebuena del 73. Por cierto, leí una carta, fechada 17 años antes por un caballero inglés, donde relata que lo que Ustedes hicieron en Sri Lanka, ellos lo habían hecho primero en un bosquecillo a las afueras de Oujda, ajenos a la revuelta de independencia marroquí.
—¿Haz terminado? Quisiera proseguir con el análisis, si no te molesta.
—Claro, Doctor. Jejeje, Ud. no me haga caso y siga examinándome.
—Complejidad.
—Ondas de agua que se forman al arrojar una roca al medio del lago. Pero en reversa.
—Fábula.
—Herida purulenta del cerebro que surge cuando los pensamientos son tan fuertes que tienen que romper el cráneo para que reboten por toda la bóveda celeste y lleguen a los oídos de los dioses que efervecen en la faz de todos los planetas. La herida se infecta y el individuo muere entre convulsiones y grotescos estertores de los pulmones. El amoratamiento de la cara es ocasional.
—Muy bien, pero sólo usa una palabra. Ballena.
—Es aquella incongruencia de elementos que rigen en momentos grotescos y decisivos de la vida ajena, nunca la propia.
—¿Puedes mencionar alguna incongruencia?
—Por ejemplo, la sal del mar. O las auroras boreales, aunque jamás he visto una. También los duraznos en primavera. O esas flores rosas que caen del cielo lentamente, girando. La música clásica. Son varias, sólo hay que poner un poco de atención en lo que vemos.
—¡Que bueno que sacas el tema de la música! Quería hacerte algunas preguntas de eso.
—¿Es Ud. estúpido o qué? Desde hace rato que estoy hablando de música y Ud. apenas se da cuenta. Pero pues bueno, ¿qué se podía esperar de un psiquiatra? Sus preguntas.
—¿Es la música un arte?
—¿Está Ud. loco?
—¿Crees que es una mala pregunta?
—¿Cree que le devolví la pregunta por eso?
—¿Acaso no lo fue?
—¿Debió haber sido así?
—¿Quieres dejar de jugar eso? No me contestes con otra pregunta.
—¿Mis preguntas no le dicen tanto como mis respuestas?
—¿Deben de hacerlo?
—¡Por supuesto! Sabe, creo yo soy en que debería estar detrás de ese escritorio, y Ud. acostado en el diván. Y olvidando todo esto, no me respondió la pregunta que le hice para que pudiera responder su pregunta. ¿Está Ud. loco?
—Claro que no... Aunque me acabas de decir que yo debería estar acostado en el diván.
—¿Se da cuenta? No todo es alfombra roja y fanfarrias. La siguiente.
—¿Tu crees que la guitarra sea un instrumento fuera de lugar en la música? Un instrumento profano, pecador, incrédulo y sucio. Tan tosco y simple.
—Se acaba de responder, exactamente después de que me preguntó. Tenga más cuidado.
—Claro, claro. Me gusta estar a la vanguardia, y por eso, aunque no sean mis tiempos, escucho música de jóvenes y para jóvenes. Moderna. Ahora, ¿Cómo sé si el grupo X es mejor que el grupo Y?
—¿Tienen nombre real estas dos letras?
—Por supuesto, pero no me gustaría que salieran en la grabación.
—Vaya, un psiquiatra con escrúpulos. Respecto a su pregunta, tiene que entender que en estos tiempos, sus tiempos ya pasaron. Esto es un crecimiento exponencial. Nada se detiene, todo avanza a una velocidad increíble y no se espera por nadie. ¿Quién se iba a imaginar que veinte años después de que Ud. se estuviera cogiendo una puta mundialmente famosa en las costas de Sri Lanka, se inventara un sistema de comunicación que fuera instantáneo, aparatos para matar tanta gente que no quedara un individuo sobre la Tierra, máquinas tan pequeñas que no pueden ser detectadas a simple vista? Evolucionar o morir. Ahora, no puede tener los mismos estándares que cuando tenía dieciocho años. Y como Ud. no va a recuperar esas escalas, ni el tiempo va ir hasta su cuna a sacarlos del cajón, dígame Ud. la respuesta. La tiene en la punta de la lengua y no la suelta. ¿Es el miedo de nuevo?
—Escucha, Rubén. No tengo miedo, y si crees que lo tengo, son puras proyecciones.
—Vaya, ahora soy yo el que tiene miedo. Y según Ud. Doctor, ¿a que le temo en estos momentos?
—Sería irresponsable de mi parte decírtelo. Se supone que tú tienes que saberlo y aceptarlo, de lo contrario no funciona la terapia.
—Como yo no soy doctor, me importa un bledo decirle de qué tiene Ud. miedo. Y voy a empezar: en primera, tiene miedo de un homicida–maniaco–depresivo. Se pregunta como es que siendo yo homicida no estoy en la cárcel, o en su defecto, siendo yo maniaco–depresivo no tengo camisa de fuerza. Tiene miedo de que yo en este momento salte sobre su escritorio llenando todos sus papeles de lodo, tome su pluma fuente de chapa de oro y se la clave tan dentro del cuello que pueda sentir como voy seccionandole la espina dorsal con el punto fino. Segundo, tiene Ud. miedo de fallar. Le teme al fracaso, y ese soy yo. Teme que si falla conmigo, le siga una racha de puros intentos fallidos, y seguirá en picada hasta terminar como una mancha amorfa de carne putrefacta al fondo del abismo. Quiere Ud. ayudarme, pero no sabe cómo. Le enseñaron muchas cosas en la escuela, pero jamás le dijeron que hacer con un tipo que se divierte en un auto a 170 kph, con dos chicas en la cajuela, tan mutiladas que el pedazo más grande cabría sin problemas por su anillo de bodas, y doscientos litros de gasolina en tanques de veinte en el asiento trasero. Tercero, su trabajo es un escape para Ud. ¿No es verdad? Pero tiene miedo de que una vez afuera, todo vuelva a ser igual. Saldrá al estacionamiento y su carro será el mismo, exactamente donde lo dejó. Viajará por las mismas avenidas para llegar a la misma casa, besará a la misma mujer, regañará al mismo hijo, con suerte comerá algo diferente. Verá el mismo programa de televisión, se irá a acostar a la misma hora, le hará el amor a su esposa de la misma forma mediocre y dormirá en la misma posición. Al día siguiente llegará al trabajo y será su escape de la realidad. Le dirá a su paciente que van a ser una nueva técnica de terapia, algo que se está probando apenas en Europa o alguna otra mamada por el estilo: cambiarán de sitio. El paciente jugará a ser doctor y el doctor será el paciente. ¿O no es verdad, Doctor? Dígame si me equivoco.
—Excelente, Rubén. Pero es una lástima, como siempre tu tiempo se terminó. Tienes que volver a tu trabajo y dejar de jugar al asesino. No eres un asesino sin remordimientos. No tienes personalidad múltiple. Tienes tu trabajo de psiquiatra, que te encanta. Tienes una maravillosa esposa, dos hijos y un amigo que estará aquí cada que lo necesites.
—No entendió nada de lo que dije, Doctor. Es una lástima, si hubiera puesto un poco de atención sabría a lo que me refiero. Sabría en que momento dejar de apostar en la ruleta. Sabría que no existe Dr. Jekyll y Mr. Hayde. Sabría que su rutina no lo es todo. Sabría que no solamente su pluma fuente puede ser un arma. Sabría tantas cosas. Tantísimas cosas. De hecho, le dije entre líneas lo que Ud. debía decirme para evitar que lo matara al finalizar la sesión. Es una lástima, Doctor. Por lo menos ahora entiende cuando me refería a que sabía que Ud. tenía miedo. Va a ser lo único, y lo último que saque Ud. de provecho de esta sesión. Por cierto, y mire que lo estaba olvidando: su esposa y su hija lo esperan del otro lado de la puerta.


Colima, Col.
10 de Agosto de 2000.

martes, 22 de julio de 2008

Demonio


El demonio despertó, y con él un sinnúmero de pequeños diablillos. Todos ellos inquietos y juguetones. Todos traviesos. Brincaban y corrían, trepaban y caían. Papá demonio dijo: "Salgan, hijos. Vayan a destruir el mundo." Y todos ellos brotaron, destruyendo el sustrato. Mi cuerpo vibró y mis vísceras estallaron, millones de pequeños demonios salieron de mi hígado, de mi estómago, mis pulmones, mi cerebro... Felices, comenzaron a destruirme con sus trinches, picoteaban mis recuerdos, mis sentimientos, mis malos momentos. Destruían célula a célula mi agobiado organismo. Mi defensa solo produjo risas hirientes y burlonas, y me atacaron con más saña. Poco a poco fueron reduciendo mi ser a pequeñas partículas dispersas por el suelo, pequeñas e irreconocibles. No pude soportarlo y decidí morir. Un demonio enorme llegó a mí y me dijo: "Estúpido. ¿Qué haces aquí? Eres un insensato. ¿Cómo te atreves a destruir la alegría de mis hijos?" Le contesté que estaba cansado de que esos demonios me laceraran con sus pequeñas armas, que destruyeran mis carnes y dejaran al sol mis sentimientos. "Eres como todos los mortales... Imbécil." Fue entonces cuando desperté, y creí que todo había sido un sueño. Sí un sueño. Ahí estaban mis manos, mis pies, mi cuerpo completo. Pero había algo raro: eran mis manos, pero no eran mis manos. Ni mis pies, aún cuando se movían a mi voluntad. Me di cuenta que había vuelto a nacer, era de nuevo yo. Todo otra vez. Pero no fue lo peor: En la reja de mi cuna, a centímetros de mí, millones de diablillos, sonriendo, esperando, observando...

20 de Julio de 2001.
¿México, D.F?